Sencilla y entusiasta privanza, la que nos convocaba
domingo sí, domingo no, en Chalamera, ¿recuerdas? Una vez Don Julián, daba por finalizada su incendiaria homilía. Nosotros,
entonces jóvenes y entusiastas, no encontrábamos tiempo para escabullirnos prestos
a encaramarnos tras la vieja tapia. Según íbamos llegando, íbamos asaltando los
mejores sitios; esta era la única premisa. ¡Despreocupada liturgia! Durante los minutos previos todo era
bulla, guasas, cigarrillos… pero amigo, una vez iniciada la contienda, la
emoción secuestraba la atención de los concurrentes y, cada uno en su lugar, seguía
sin pestañear las evoluciones de aquellos tipos extraordinarios. Era
nuestra verdadera religión; el estado de ánimo podía pasar de la alegría a la
tristeza y luego otra vez a la alegría y nuevamente a la tristeza en cuestión
de segundos, mientras permanecíamos allí parapetados y sobreexcitados en un frenesí
estoico maravilloso.
Luego, si todo había ido bien, una cuartilla de
vino a escote en la taberna del “Tizne”, donde revivíamos con verdadera pasión, y algo exaltados también según se iba apurando el morapio, los más destacados momentos
del choque, y a casa. ¡Cuánta inocente verdad había en aquellas dos espléndidas horas!
Por entre
cañadas, veredas escarpadas y desfiladeros, con acostumbrado paso, se acerca el
mulero a Caín. Su tarea consiste en proveer de suministros a los vecinos del retirado
término (arroz, trigo, telas, algunos productos ciertamente exóticos y, por
supuesto, el correo). Un hombre deslustrado y más bien chico, algo nervudo y
saludable, conduce por sinuosa vereda exigua recua de mulos y jumentos rebosantes
de abastos y atavíos. La travesía comienza una vez dejado atrás el robledal; el
camino, carretero todavía, muere al pie del viejo murallón, se disipa en la planicie. En su lugar, emerge ahora una desangrada trocha. El grupo la toma y
progresa con letanía; zigzagueando sobre los derrubios de piedemonte gana altura con
prontitud. Abajo, en el barranco, acecha el río; bravo, helado y predispuesto... Desde allí, nutrias, mirlos acuáticos, salmones y un Martín pescador, saludan largos a
la comitiva. A veces, sin demorar en el ascenso, el mulero gira parvo la cabeza y, con oblicua mirada,
corresponde a los concurrentes.
Las paredes
de la garganta se elevan y estrechan según asciende el sendero, que discurre, una vez en lo alto, por reducido saliente a lo largo de la pared izquierda: suerte de derrota
indómita, hendida en el pedrusco años ha por el hierro del hombre, que se
complace en travesear con los viajeros. En ocasiones, si se le antoja, haciéndoles perder
la huella... Más arriba, un rebeco ensimismado contempla a la compañía, que con
paso lento pero inequívoco porfía en el esfuerzo; y pujan, y desarrollan…
Hasta que salen de las angosturas a ruta más desahogada. Avanzan finalmente sobre la
llanura aluvial, y con paso igual de plúmbeo se pierden en lontananza. A lo lejos,
se oye el canto del urogallo dándoles la bienvenida. No se demorarán los
vecinos que, ávidos de nuevas y provisiones, como de costumbre, escoltarán al séquito desde el bosquecillo de manzanos silvestres hasta la plazuela.
Mi hermano no sabía bien que estaba pasando, papá y mamá ya no estaban, la guerra lo había cambiado todo y ahora éramos él y yo solos; sobrevivíamos a nuestra manera, obteniendo cosas de aquí y de allá. Recuerdo que solía tranquilizarle diciéndo: – No tengas miedo Niko, yo siempre estaré a tu lado–. Y, de algún modo, era consciente de que le estaba mintiendo.
Esta tarde, fui a visitar una muestra itinerante de fotografías de la Gran Guerra que por estos días se exhibe en mi ciudad. De repente, me quede petrificado; en una de aquellas instantaneas aparecíamos Nikolai y yo. ¡Eramos nostros, no había duda! Pude reconocernos enseguida. Niko llevaba puesto mi abrigo con capucha color gris que tanto me gustaba, mientras yo, marchaba a su lado asiéndole por los hombros de forma protectora. Caminábamos por delante de un edificio de vecinos de la calle Freta, cerca de la plaza del mercado de la vieja Varsovia.
Pobre Niko, al final consiguieron separarnos. Debió ser, solo unos días después de que se tomara esta foto. Aún puedo verme, llorando y pataleando de impotencia mientras me arrastraban lejos de él, que no paraba de gritar mi nombre. Desde aquel día, no he dejado de buscarlo. Mi corazón ya es viejo y, sin embargo, la pena no se ha abreviado un ápice. Imagino que tiene que ser así, a mis 78 años no perderé la esperanza.
En
el rincón de la calle Los Molinos, tras la puerta, el miedo no era mayor que la
curiosidad. Mis hermanas y yo, tentábamos la madera hirviente del grueso
portón; el jaleo que llegaba de afuera
nos hacia cosquillear por dentro como si hormigas miles subieran alegres por
nuestras piernas; imparables bullíamos hasta que empezamos a entender la
gravedad de lo que acontecía: la preocupación en el rostro de Papá y el abuelo,
el desamparo de mamá, los gritos en la callé… todo aquello configuraba para
nosotras una excitante aventura; aunque mucho mas tarde entendimos que esta
noche cambiaría para siempre la realidad de nuestras vidas. Mariana subió al
piso superior y nos chisto desde arriba, subimos de inmediato y a través del
pequeño ventanuco, apretadas las tres, pudimos ver la lonja de enfrente ¡una enorme hoguera se
levantaba en ella! Más alta que las casas, más alta que la iglesia… los hombres
saltaban endiablados arrojando a las llamas santos, cruces, ornamentos y ropas
eclesiástica; exaltados, parecían disfrutar como en una fiesta. Las mujeres de
las cuevas huían de allí con canastos abarrotados de lo que creyeron poseía
algún valor y, de repente, se escucharon tiros. Papa nos aparto de un puñado y
atranco la ventanucha mientras le decía
a madre - Juana llévate a las chiquillas al corral,
mételas en el retrete y no hagáis ruido,
cerrad la puerta y callad; si entran, les diré que estamos el abuelo y yo
solos, que la familia está en al campo y hemos subido a coger viandas para mañana.
Cuando despertamos seguíamos las
tres en el retrete abrazadas a mamá, la luz del día se colaba por las rendijas
de la tosca portezuela obligándonos a apretar los ojos; era uno de esos días radiantes
y cálidos en los que se hace difícil prever que algo grave pueda suceder. Sin
embargo durante la noche pasada, que ahora me parecía un sueño, se había
iniciado todo; los milicianos rojos contrariados y enardecidos, ofuscados por
las noticias que llegaban sobre el levantamiento fascista, se hicieron a las
calles, encarcelaron a los ricos nacionalistas, quemaron sus iglesias y les
despojaron de sus propiedades. De repente el pueblo se había dividido en dos
mitades, ¿de qué parte era yo? ¿y mis padres? ¿y mis hermanas? ¿podíamos
elegirlo?... Por el aspecto de los nacionales, se diría que mi familia y yo no
pertenecíamos a ese bando. Tardamos en salir a la vista de la calle, primero
abrimos con miedo el ventanillo y contemplamos la gran montaña de rescoldos
humeantes, después salió mi padre y hablo con los vecinos, le siguió el abuelo
y así fuimos recobrando la confianza para volver a este espacio tan cotidiano,
donde tantas veces jugamos y que ahora se nos hacía ajeno ¿Cuándo dejo de
pertenecernos? Asombrada, los ojos se me iban a las estrellas
que relucían entre las cenizas de la hoguera, dorados y platas brillaban en la
negra carbonilla. Las puertas de par en par en la iglesia, el desorden dentro,
el humo, la plaza desolada, abandonada por los que la devastaron, temida ya por
el resto…Nunca antes había entendido
ese lugar extraño, ni el misterio que se guarecía dentro, detrás de la pesada
puerta; tan oscuro y frío, por donde pasabangentes que dentro no parecían lo que eran fuera. Y no pensé jamás que
ese aciago edificio pudiera vomitar algún díaun infierno sobre la lonja de la calle de Los Molinos, frente a mi casa,
en mi pueblo… Ni que las estrellas que brillaban entre la bazofia, me pudieran
atraer de esa manera.
El
tiempo y la confianza se apoderaron de la bestia, los días pasaban y las tardes
las echábamos los niños escarbando en
los restos de la hoguera, expoliándola codiciosamente de sus pequeños tesoros.
La normalidad es una referencia mucho mas variable de lo que creemos pues nos
adaptamos al cambio con gran facilidad; así, lo que ayer nos parecía un abismo
hoy es nuestro valle ideal y al año justo de caer en el infierno, somos capaces
de montar un festín para celebrar el aniversario de nuestra llegada. El caos en
las calle se había instalado de una manera igualmente cotidiana, exaltados y
despavoridos convivían con plena naturalidad…
Las escenas más esperpénticas se vivían con absoluta llaneza de a
diario: el trasiego en las casas de los señores abiertas de par en par y de
donde sabanas, vajillas, ropas y muebles, salían desfilando aceras arriba en
manos de las familias más humildes; las cuadrillas de milicianos gritando sus
máximas, las noticias en las radios, el odio, la sed de violencia en espiral
creciente… La mayoría fuimos meros
espectadores que pretendíamos
estúpidamente pasar desapercibidos, como no queriendo tomar el aire en medio
del huracán.
Luego
pasaron muchas cosas y al final los vencedores se ensañaron en una despiadada represalia pero hoy este es mi recuerdo, en mi memoria
habita desde entonces, es una de esas imágenes que viajan conmigo sin ser mala
compañera. Lo he contado miles de veces
a mis hijos, ellos callan siempre y escuchan como si fuera la primera vez que
lo cuento; sabemos que es así como nos
gusta, como si fuera la primera vez... Maldita sea, una a esa edad no puede
entender que necesidad había de todo aquello, es ahora cuando trato de comprender
la situación y que el cansancio, el hambre, la injusticia y la sin razón,
provocaron el enfrentamiento; más siempre, cuando termino de plantearme este
argumento que me ayuda a entender al ser humano y que en extremas
circunstancias podemos caer en la barbarie;
acuden a mi memoria el rostro de mi padre y de mi abuelo y pienso en
cuantos grandes hombres se pierden por ser prudentes, pues teniendo mejor
criterio callan.
No
sabría explicar mejor el porqué, fue así, sin más nada “la libertad solo significaba, no tener nada
que perder” y en el aquel tiempo de las estrellas reluciendo dentro de las
hogueras, casi todo el mundo lo tenía ya todo perdido, de manera que buscaban a tiros su libertad.
La Nebulosa - F. Buendía
Acompañamos con: "Papá cuentame otra vez" - Ismael Serrano
Ocurrió una noche, que es cuando suelen tener lugar estas cosas; ella era la bella del lupanar de la esquina. Él, el guacho malevo del barrio viejo. Apenas necesitaron hablarse; la mujer acorto distancias, su saber y el perfume hicieron el resto. Caníbal, el amor que respiraba la alcoba y se dilató hasta bien entrada la mañana. Como a las nueve, dos milicos con pistola tumbaron la puerta y el cacho, ni de alcanzar los zapatos tuvo tiempo. Silencio, silencio, silencio… sobre la mesa unos pesos. – ¡Tengo un hijito, mi guapo! –acertó a gritar ella finalmente desde el balcón, mientras le sacaban esposado. – ¡Adiós bella Gala!
Se fueron todos… me quede un rato para
repasar mis cosas y sucedió. Nunca he sabido por qué el destino me buscó a mí que no soy nada, ni
por qué no lo supe aprovechar… El brillo
de la pantalla del ordenador portátil aturdía mis ojos agotados de un largo día de trabajo mientras su reflejo
azulado iluminaba mi cara; la penumbra fue ganando el espacio sin apenas darme
cuenta y el pitido incesante del teléfono cesó al final de la tarde; la
ausencia del resto… el silencio, yo… aquella habitación. Realmente me pilló
desprevenido este lunes otoñal, primero después del cambio horario en el fin de
semana. Odio este atraso de hora; si los otoños sirven para robarte el verano e
introducirte melancólicamente al invierno;
este lunes, de todos es el más traicionero, te empuja
desconsideradamente al frío y la oscuridad. Después encontraremos de estas
estaciones lúgubres sus encantos, pero espanta verlas llegar.
Pulsé
sobre inicio y apagué el equipo, apenas sin tiempo para encontrar el
interruptor de la luz junto a la puerta e irremediablemente el oscuro se hizo
más grande. Contrariado, me sentí por un momento perdido en el vacío… errante,
un cosmonauta a la deriva. Y… ¡buaaahi
¡demonios¡ sonó ahora la alarma programada en mi celular para indicar fin de jornada y que debía iniciar el camino
de regreso a casa. Sobresaltado giré la cabeza
y a lo lejos, como una estrella que marca el buen camino, su display iluminado
me sirvió de guía.
La
estela de mi estrella me llevó hasta el interruptor, encendí y recogí todo para
disponerme a salir, escuche entonces la voz de Siri advirtiéndome del mal
tiempo afuera, agradecido rodeé mi cuello con la bufanda y abotoné la chaqueta
hasta arriba. Le pregunté dónde podría encontrar un taxi y me dio el número de
la central; quise saber cómo llegar a casa sin atascos y me indico los nombres
de las calles por las que me debía dirigir, un lugar para pedir comida china,
saber si el dinero me alcanzaría hasta final de mes, el teléfono de Julia; y de
inmediato me conecto con su terminal
- Llegaré en un momento, no prepares nada de cena cielo
porque ya la he encargado yo, chao, chao
- colgué.
Amable, la
voz irrumpió finalmente para despedirse deseándome una buena noche, sonreí y
antes de bloquear el aparato para guardarlo en la cartera, miré reflexivo
aquella luz… e inevitablemente pregunté
- Dime una cosa Siri, ¿cuál es
el sentido que tiene la vida? –
“A
veces me tiro de la cama a media noche y paro todos los relojes para escuchar
solo el silencio” planeo una hoguera en
el patio de casa donde quemar todo cacharro con pilas, cuerda o cualquier otro origen
que le provea de función autónoma alguna. Apago las luces y conecto la
aplicación… dejo que ella me hable, y le
hablo yo; descubro como con el paso del tiempo logra entender mis debilidades.
Mucho más joven que yo como la imagino Siri me guía.
Estúpidamente me fui sin despedirme de ti
esta mañana. No olvidé lavarme los dientes, incluso tome el café cotidiano;
recogí las llaves, el encendedor, el sombrero y acaricié a Napoleón antes de
salir a la calle... pero, estúpido de mí, me olvide de ti.
Ahora sé que tampoco tú has venido a verme
esta tarde.
Bonito día, no hace falta que ojees tanto a tu alrededor, ni que te quejes siempre del mal tiempo; ¡Mira este día, es espléndido! El gris uniforme y tu alma cayendo sobre la hierba mojada… cae sobre la tierra, es fascinante. Bonito día, ¿no lo ves? Tu alma cae y tú eres un puto pesimista, ¿no te das cuenta? ¡Es un día espléndido joder!
Miramos tu absurdo cuerpo sujetando ridículamente el paraguas vuelto y nos ruborizamos por tu mal gusto. ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿Caer desde ahí arriba…? Levantamos las cabezas firmes y orgullosos, nadie falsía nuestro abolengo. ¡Nadie cae de esa estúpida manera! Escupimos sobre tus despojos repudiando la sustancia que dejas, con nuestras gabardinas abiertas orinamos al viento, giramos bajo el indefectible paraguas negro y te abandonamos. ¡Es un día perfecto!
Juntos ocupamos montañas, unidos somos uno, medimos la distancia que nos separa y marchamos inmutables. Percibimos la turbación de los que nos ven pasar cerca y notamos como se apartan. ¡Aleluya, damos miedo! ¡Gris, gris…! como la sombra gris, del cielo gris y la mar… En lo más profundo del hombre; plomo gris, pesado y ácido, en tus ojos grises, luceros de la noche parda, que todo lo vuelven sombra; como tu alma… cayendo desocupada sobre la hierba, incapaz de ti.
Circunspectos seres que se dirigen con solemnidad artificial y mecánica; carne y sesos con sapiencia conquistada someten su autonomía a disciplinas articuladas; piezas de la bestia comunal, conocimiento programado, musculo adiestrado, herramienta colectiva. ¿Qué órdenes obedecemos, mi vida...? Es fácil si conoces tu tiempo y te organizan la tarea, es cómodo obedecer. Soy un hombre gris con gabardina gris que porta un imponente paraguas negro, ¿dónde está el tuyo?; miembro viejo en la cuna de los hombres grises, los que dan miedo, fuertes como el acero, como mi alma fría, gris… perdida.
Sobre la mesa con los brazos apoyados y la barbilla dejada caer en el envés de mis manos entrelazadas, observo la maestría con que mamá extiende la masa. El aroma a anís, el azúcar, la harina… Se acerca la navidad y prepara sus deliciosos rosquillos rajados, fritos en aceite de oliva y espolvoreados con azúcar. ¡Exquisitos, recién salidos de la sartén! Me da uno, y esconde fuentes repletas de ellos en las partes altas de los armarios; donde nadie pueda alcanzar, donde nadie pueda hurtarlos. Mamá me enseño así la grandeza de los momentos importantes, la ansiedad de esperarlos, la excitación de vivirlos… la resignación para no malgastarlos.
Ahora marcho bajo la lluvia, aunque no me reconozcas yo soy uno de ellos. Mis pasos son firmes y sé hacia donde camino; firme voy y sé a dónde me dirijo. Caminando cruzo el mundo, “como un cuadro en su pared pegado y que nada tiene que hacer salvo seguir colgado”.
Era enérgico y era extraño, era lóbrego como un agujero de gusano; a veces éramos tres y otras parecía que fuéramos cuatro. Pero nadie socorría y, en ocasiones, resultaba esforzado abarcar tanta curvatura y tanto espacio. Sorprendentemente, todo cuanto en la proximidad comparecía esquivo o convulso, en la distancia se manifestaba dócil y sosegado. Una vez más, nos pareció estar a salvo, pero entonces la salamandra mordió el hocico de la bestia y la línea de Kàrmán confundió su equilibrio. Fuimos arrastrados hacia un porvenir incierto y, el destino, nos alcanzó sin compasión.
Echa una
moneda dentro del sombrero, atrévete ¡joder! Yo canto y tu pones monedas en mi
sombrero, así es como funciona ¡Eh, siempre ha sido así! En las
noches me meto en la cama y sueño con
cantar, tocar mi guitarra y cantar, es mi sueño; pero cuando me duermo vuelve la pesadilla, veo ese puto sombrero
vacío y te veo a ti pasar. Las horas corren, la calle es larga y por allí
transitan demasiados como tú. Luego
reúno lo que hay dentro del gorro, pago lo que necesito para vivir y sueño,
soporto esa estúpida pesadilla una vez más, duermo lo que puedo y salgo a cantar. Esta es la cuestión, ¡carajo! Sueño lo que quiero y padezco lo que hago…
¿tienes una moneda? ¡Eh tú!
No guardes nubes en el armario, pues cada corbata,
cada camisa que necesites, los calcetines de todas las mañanas, evocaran tus viejas tormentas… ¿Recuerdas
aquella tarde en las escaleras de la casa que hacia esquina con el colegio, en
Mágina? Las horas pasaban solo para que
las usáramos; las cigarras zumbaban cansinas,
el calor nos derretía, los viejos roncaban desde sus portales abiertos, pero
nosotros vivíamos sin importarnos las siestas. Sentados con la espalda echada sobre la columna de ladrillo rojo, nuestras
mentes bullían escapándose hacia todos
los cardinales, buscando la orientación que nos acercara a nuestra forma de
entender la cosas.
Mi amigo Barceló me dijo una vez que a una sombra, sobre todo, no le
debe faltar nunca la luz, y a tu sombra hace tanto que le faltas tú… Anoche
pase por la vieja esquina y me quise sentar, fumar un pitillo y recordar
aquellos tiempos; al acercarme descubrí
que aquel ya no era mi sitio, que ese lugar no existe más que en mi
memoria. Me sentí decepcionado,
defraudado por una parte de mi vida que creía mía por siempre y que hoy me
recibió extraña y esquiva… Mohíno huí de allí, espantado, amarga mi garganta escupí al viento desafiante
y el viento tan solo me devolvió saliva ¿Quién
guarda nuestras vidas? ¿Quién cuida tu sombra amigo? ¿Cuándo perdimos aquella
esquina?
Interferencias son vuestras caras hoy, acercándose a mí constantemente, interrumpiendo por un
instante, cada vez que emergen, mi rutina. Lo que ayer fue todo, hogaño es un mal
contacto, un parásito estacionario instalado en mi razón que, a duras penas encuentro, si es que lo necesito. Sin embargo, cuando él quiere aparece como si antes fuera ahora… “Tenéis que dejar de
producir interferencias en mi corazón”.
Una lamparilla de carburo te dejo, con la que he
cuidado tu sombra amigo.
La Nebulosa - F. Buendía
Acompañamos con: Enrique Morente, Voces Búlgaras & Lagartija Nick - Campanas por el poeta
"¿Dónde pongo lo hallado?" A veces me siento pequeño, no os preocupéis, no
pasa nada, me gusta; solo digo que a veces, me pasa. No entiendo muy bien porque
y cuando ¡yo que he sido grande!, pues a veces me pasa. Es todo a mi alrededor
tan desmesurado, tan energético, tan bravo, tan cruel es todo cuando te paras…
El mundo es como subir por las escaleras mecánicas de bajada, si eres lo
suficiente rápido y vigoroso podrías vencer su inercia y progresar sobre ellas, pero si te paras y descansas… bajas; el
mundo te traga. Es así porque así lo hemos debido querer, y porque así hemos
querido que fuera. Sin embargo, cuando me siento pequeño, me siento bien porque
me siento ajeno, no culpable, afuera, y os puedo ver.
Como un adiós en la
isla de Gorée sonó aquella despedida, volvió la cabeza desde la barcaza extendiendo la mirada rápida y furtiva, recogió los ojos
hacia el suelo y se hizo a la mar. Rumbo a un futuro lleno de agua en busca de
la otra orilla, orilla con otra vida, vida incierta endeseado futuro, futuro con toda la mar detrás
y aquella orilla y todos los recuerdos y el pasado de otra vida, más allá del
agua, allí, atrás… Dicen que llegó sonriendo mientras apretaba una ramita entre
los dientes blanquísimos; ellos le llaman Socho, la raíz de un arbusto - Tamarix
Africana - ideal para la higiene dental.
Y sonreía a la vez que se encerraba en un tímido gesto ladeando la cara hasta
chocarla contra su hombro que al mismo tiempo encogía, como queriendo,
pudoroso, ocultar lo manifiesto. En un visaje y la insinuación de una palabra,
explicaba más que mi más largo discurso. Después se irguió y caminó sobre la
arena de la playa cansado e inseguro pero digno, adentrándose en el futuro. A su espalda la
barca, la orilla, la mar y la otra orilla…su otra vida; delante todo lo demás. Aunque lo parecía, no era un dios,
pero era el segundo mejor.