martes, 28 de mayo de 2013

Ladera abajo del cabezo



Suenan fuertes pisadas salidas de botas duras, reforzadas con acero y gruesas suelas. De fondo, ahogados, cañonazos, azotes y gritos deslizándose ladera abajo del cabezo. El cuerpo desnudo de una mujer joven corre, trastabillándose, buscándonos; alcanzando la verticalidad gracias a una débil línea de pequeños setos ladera abajo. Aquí, a las faldas, al abrigo de un membrillo y junto a la Fuente de la Plana, la esperamos abriendo los brazos y quedando en guardia con los músculos tensionados para sostenerla y refrenarla cuando acabe de precipitarse.

De la boca de ella parecen salir gritos de socorro, aullidos gesticulados que no nos llegan, que vienen envueltos entre el zarandeo de romeros y hierbas buenas, tascados por el precipitarse ladera abajo. A lo lejos cae el sol, por detrás de las montañas oscuras, a la vez que una brisa fresca, del norte, se anima a soplar deslizándose por entre las ramas de los olmos y las encinas. Los cerezos en flor blanquean el paisaje, allá, a lo largo de las suaves Colinas de los Tres Veneros. Remolinos de pétalos de lilas han venido a caer a mi lado, a mis pies. Nos miramos un poco tristes. Se hace de noche. Ella, la mujer joven, desnuda, sigue cayendo.

Los brazos me duelen, apenas si consigo mantenerlos con tensión, alzados y despegados de mi cuerpo, en un eterno gesto de abrazo, en espera…

Suena a ramas quebradas, a rosales cedidos, a espigas tronchadas. Sobre la ladera del cabezo se ha dibujado una franja de muerte. Jugo y esencia de matas se aúnan formando un regato que también se despeña ladera abajo. Ahora, en este instante, es cuando abrazo en un altísimo esfuerzo, con dolor, el cuerpo desnudo de la mujer joven, despavorida, que ha venido cayendo largo tiempo; precipitándose al fin sobre nosotros, que meditábamos en silencio a la sombra de este membrillo, al frescor de la Fuente de la Plana, que se amamanta con las aguas del cabezo, ahora como verdes y feas por tanto esparto y tanto hinojo cuarteado.

La Nebulosa - Leandro Bastón.

Acompañamos con: Madredeus - "Coisas pequenas".



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jueves, 9 de mayo de 2013

El Museo - El hombre sin mirada







El Museo

     Mirar un cuadro en un museo es lo más cercano a la idea que me infundieron sobre cómo sería el cielo; aséptico, muy iluminado, silencioso..., nunca se sabe si entenderás lo que vas a encontrar allí, además sospechas que desde cualquier rincón hay ojos que te vigilan. Has abandonado ya tu cuerpo y es tu alma quien viaja entre galerías observando las obras expuestas. ¡Rayos! lo del alma no lo consigo entender del todo, siempre he creído que es la parte de nosotros que piensa y que siente… Imagino a mi cerebro y mi corazón, unidos entre sí, por un… yo no sé qué, que sin necesidad de chasis, merodea por los pasillos del cielo hasta enterarse de cómo está montado aquello. En realidad, ¿qué aspecto deberíamos tener en el cielo?

     Y así es como yo funciono en los museos, me desconecto del cuerpo, es decir, mi cuerpo va pero como que no le hago mucho caso, los sentidos conectan de forma directa (emoción-corazón-cerebro), sin pagar peaje. Nada de me duele aquí, estoy oyendo esto que dice la audio guía pero además pongo atención a lo que dice el vecino, ¿dónde está el servicio?... No, uno está pendiente de lo que esta. Y, si realmente estás centrado en lo que estás, entonces se origina una verdadera comunión entre la obra y tu percepción. Has de verte muy obligado para perder la alianza establecida entre el arte y tú mismo, o tu alma, o tu cerebro, o tu corazón... El atracón no es bueno y suele sacarnos del trance ya que a menudo sucede que nos quieren enseñar o queremos ver demasiado en poco tiempo, escuchar al erudito de al lado también nos hace perder la concentración porque nos arrastra al desconsuelo… ¡En mi vida voy a ver las cosas que dice este tipo que observa en ese cuadro! ¡¿Pero dónde ve él eso?! ¡Joder! Consiguen complicarlo…  es lo malo que tienen los eruditos. Lo bueno es que saben mucho, y te dan envidia sana, lo malo es que saben mal y te dan jodido ardor.

     ¡Caramba! somos ridículos hasta llegar al paroxismo. ¿Por qué mezclamos todas las cosas?  ¿Qué necesidad tiene uno de estar pensando en el cielo para mirar un cuadro?... Ahora  miraba “Naturaleza muerta con cajón abierto” de  Paul Cezanne  ¿Dónde está el cielo en este cuadro?, me preguntaba  y… ¡carajo!, lo estaba tocando. Si existe el cielo está ahí, en ese pequeño lienzo de Cezanne…  ¡Uhm!, el Alma, el Corazón, el Cerebro, el Arte… el Cielo.

     Me fui al bar y pedí una copa, para aderezar el gazpacho que tenía liado, miré a los que allí habían, era gente, ¿cómo decirlo? una selección de lo selecto. Selecto en el buen sentido de la palabra… ¡Puñetas! si hay de verdad un cielo, quiero que estén todos estos cuando a mí me toque; tan bien, tan atraviesan el mundo para ver lo que sea de mérito, tan interesados, tan interesantes, tan… tan cultos. ¿Y si me toca el infierno? ¡Caray!, qué le vamos a hacer, que estén, por favor, todos también. Ya nos las arreglaremos. Uno en un museo se siente bien, a gusto, como en la cama junto a otro cuerpo caliente, cuando tan solo somos una panza que se infla y desinfla y que se engurruñe agarrando a quien tiene al lado para huir del espanto. El consuelo, invariablemente, es una cama donde se reúnen dos seres aterrados fundidos en un abrazo. El arte, como sentimiento, se origina inmediatamente después del abrazo. Y como creación, en ausencia de este, al cielo y al infierno les ocurre lo mismo. ¡Guau!, me fascina Cezanne.

     Mirar un cuadro encierra siempre un acto filantrópico, de alguna manera admiramos la esencia que nos llega de otros y esto es poco común, pero también es asomarse detrás del espejo y acertar a ver lo que esconde. Explorar en lo desconocido e indómito sin entender demasiado bien donde nace la emoción que sentimos al contemplarlo, estremecerse… el arte  debe estremecernos, de no ser así; o no es arte o no hemos sabido avizorarlo. Mirar con los ojos que nunca nadie antes lo ha mirado, ruborizarnos al descubrir que delicadezas impropias en nuestro interior coinciden a veces con lo más insólito y licencioso de lo que de él percibimos.

     Recuerdo una mañana de domingo en una galería del barrio de Chamberí, en Madrid (los domingos en la mañana son ideales para ir a un museo), quería ver una temporal sobre el pintor y fotógrafo alemán Günther förg, él suele retomar signos de los grandes pintores abstractos americanos para interpretarlos libremente. La verdad es que no estaba yo demasiado entusiasmado con lo que veía, en su mayoría manchas de colores torpemente alineadas sobre blanco, líneas, garabatos, texturas guarreadas y rectángulos de un solo color. Ante las obras de arte que no entiendo, me acude pronto la sofocante sensación de no ser capaz de interpretarlas y, de alguna manera, termino agobiado y escapo de ellas con cierta frustración. Machacando mi consciencia estaba cuando en el rincón más impreciso, mi cerebro y mi corazón, es decir: mi alma, pasaron de mi y se pusieron a mirar una composición; sobre fondo amarillo ocre, resaltaban apareadas unas grandes manchas, como puntos redondos, en colores primarios (dos azules, dos verdes, dos negros y uno naranja), y destacaba la firma, escrita en tono verdoso con un pincel sucio (entiendo), colocada atípicamente en la esquina superior derecha del lienzo: “Fórg 98”. Allí estaba yo, como un pasmarote, subiéndome la emoción.

     Estas cosas son así, creo que ese cuadro amarillo con puntos de colores no me gusta nada, sin embargo, no podía dejar de mirarlo. Al salir, compre una reproducción de la dichosa obra en “post imán” que he colocado en la puerta de la nevera. No me reconozco, cada vez que me descubro embelesado, apoyado sobre la puerta cerrada del frigorífico, agarrado a la maneta, con la mirada fija en la puñetera chapa; sin poder recordar, cuando por fin vuelvo en mí, que diablos necesitaba yo del refrigerador. Realmente no sé si existe el alma, en caso de que así fuera: ¿los objetos la atesoran también?... Si estoy seguro, de que las obras de arte tienen algo especial y misterioso, casi diabólico diría; son caprichosas y jamás se dejan elegir, son ellas las que te elijen a ti.

(c) f. buendía

Acompañamos con: Jaula en el pecho - Amancio Prada