Mostrando entradas con la etiqueta El hombre analógico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El hombre analógico. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de abril de 2013

El hombre analógico (3ª entrega)




Doce horas más tarde, una nave Lone Fighter con un solo tripulante, partía del hangar táctico de la Galactic Voyager, en vuelo programado, con dirección a Coleria; un pequeño planeta localizado en NGC-2403, una galaxia espiral perteneciente a la constelación de Camelopardalis.

Ramiro, plácidamente acomodado en la carlinga de la Lone Fighter, por fin se sentía a sus anchas. Disfrutaba de una magistral e inigualable visión del cosmos, y estaba solo. El viaje duraría unas 14 horas, indicaba el display del ordenador de navegación, pero enseguida comprendió que merecería la pena hasta el último minuto. Pocos eran los hombres que, procedentes de mundos inferiores habían tenido la oportunidad de contemplar tanta enormidad y belleza, tanta verdad y fundamento. Parecía imposible estar más cerca del cielo.

Ramiro tenía una teoría; así como era posible la coexistencia simultánea de varios universos en un mismo espacio, los multiversos. De la misma forma, era posible la existencia de mundos superpuestos. Habitados por personas, aparentemente iguales, pero calidad diferente; con formas de pensar, de vivir y de hacer diferentes. Y no era lo mismo, claro que no, aseguraba Ramiro, pertenecer a unos u otros; todos hacemos nuestras necesidades por semejantes partes y, casi con toda seguridad, de la misma manera, eso es un axioma. Pero esto no nos convierte en iguales, ¡para nada! Que puede importarle a alguien que se desplaza por el universo a bordo de su particular y superexclusiva nave interestelar, se desayuna en la Tierra, almuerza en Europa (una de las cuatro principales lunas de Júpiter, se entiende), y toma el té con su concubina en cualquier microplaneta exclusivo de Alpha Centauri, mientras cierra negocios de millones de euros a través de su conexión personal de entrelazamientos cuánticos, un pobre y miserable descontado de la telúrica New World City, sin oficio ni beneficio, y que sobrevive, merodeando a diario, junto con su madre y hermano en una oscura y reducida casa-contenedor de renta concertada. 

Embelesado, la cabeza apoyada sobre el cristal de una de las ventanas de la nave y regocijado en su melancolía, Ramiro saboreaba satisfecho la totalidad del espacio y del tiempo, y se admiraba complacido flotando sobre la propia materia y energía que había dado origen a todo lo conocido y nos acompañaba desde el mismísimo Big Bang. Le sorprendió que, contrariamente a lo que había interpretado de pequeño, cuando aún era posible escrutar el firmamento desde la tierra; el universo no era negro, sino de un color café-cortado cósmico maravilloso. Y le dio que pensar, como, al observar el universo desde dentro, la conclusión primera a que se podía llegar, era que estaba incomprensiblemente vacío, es decir; que estaba compuesto por muy poca materia. Miríadas de estrellas, rutilantes, acudían a su encuentro auxiliadas por el impulso excepcional del reactor CSTR que propulsaba la nave. Y celebraba y aplaudía la luminosidad reflectante, el colorido y las caprichosas formas de cúmulos, nubes de gas y cuerpos celestes, fantásticos, que refulgían con ímpetu por sobre la lobreguez extraordinaria de la antimateria. Y…  se felicitaba por estar allí.

Sumergido en esta quietud extraordinaria, y dejándose llevar por tan fantástico espectáculo, Ramiro se dejó vencer por una placentera modorra, su cabeza iba de un lugar a otro, y necesito acordarse de su casa y de su gente. Se acordó primero de su madre que debió quedar esperándolo el día en que se marchó improvisadamente, hace ya casi una semana. Pobre mujer –reflexiono–, abandonada, ajena, combatida… ¿quedaría esperando serena, como Penélope?, o ¿buscaría consuelo en su otro hijo?, que era todo cuanto aun le anclaba a tan desconsiderada existencia. Entonces, se acordó también de su hermano, algunos años menor, para el que, de alguna manera, había ejercido de protector y custodia, y siempre había llevado de reata cuando eran pequeños. Porque cuando Ramiro era pequeño, el mundo también era pequeño, y diferente y las cosas eran distintas, y su familia, como otras, había disfrutado de un cálido y armonioso hogar… Otros tiempos, en definitiva, que de pronto acudían a su memoria en una transitoria sucesión de imágenes que se negaban, no obstante, a detenerse el tiempo suficiente que permitiera fijarlas y consolidarlas. Como pájaros, que revolotean erráticos, atrapados en un confinado lugar, sin encontrar escapatoria. Incapaces, en su desesperado afán de sosegarse, posarse un segundo y ponderar… y continúan así indómitos hasta que caen fatigados o noqueados. Tan imposible como intentar dominar un sueño. …padre regresa pronto del trabajo; grande y fuerte, zalamero y colmado de requiebros para mamá. Y trae algo escondido a su espalda, algo que después de besarnos y saludarnos nos descubre; un pequeño ingenio de madera que el mismo ha construido para nosotros. La lluvia, vertical y generosa, riega los campos de un mundo verde todavía, y los ríos recorren la tierra ávidos de océano… no muy lejos de casa transita uno, lento a veces, otros menos, y se complace componiendo eventuales meandros. Es por la tarde y padre nos lleva a bañar, junto a los sauces, como otras veces. Y allí estamos, entusiasmados, mi hermano y yo, con nuestros trajes de baño preferidos; rojo el suyo, azul el mío, amarrados ambos por la cintura a sendos cabos de una misma cuerda, adentrándonos confiados desde la orilla, pues al otro extremo, él vigila la corriente...

Una relumbrante luz azulada, comenzó a parpadear en un dispositivo de "grafeno" que Ramiro portaba en su muñeca izquierda, formaba parte del equipamiento personal con el que había sido dotado instantes antes de su partida. La luz, unida a una machacona y acompasada alarma acústica increíblemente infame, consiguieron sacar a Ramiro del marasmo en el que se encontraba sumergido. Se trataba de una conexión cuántica, que procedente del planeta Génova, solicitaba conformidad. Ramiro, aturdido todavía, se incorporó sobre el asiento, se froto los ojos con los nudillos y procedió a soltar el artilugio de su muñeca, tal y como le habían explicado. Una vez en sus manos, comprobó que aquel invento, estaba fabricado con un material extraordinariamente delgado y flexible, lo desplegó y, sin dificultad, el cacharro adopto la forma de una pantalla plana y transparente de 15”. Perplejo, apretó el botón “enter” que no dejaba de parpadear y voila; un tipo flemático y de cara circunspecta apareció ante sus narices. En realidad, se trataba de un holograma de González uno de los consejeros principales de Aguirre. El mismo que, algunas horas antes, le había despedido en el hangar táctico de la Galactic, deseándole buen viaje e indicándole que no intentara adelantar acontecimientos, que en breve tendría noticias suyas. Y… efectivamente, de una u otra manera, el tipo había cumplido su palabra.

González transmitía instrucciones precisas a Ramiro acerca del trabajo que este debería realizar, una vez, su nave se hubiera posado sobre el planeta Coleria. Cosa que ocurriría en unos 35 minutos, según indicaba el display de navegación.

–Sr. Spoleta, esperamos que el viaje haya sido de su agrado –González, siempre sobrio, hablaba en plural mayestático.

– ¡Gracias!, es usted muy amable, González  ¡El viaje ha sido fantástico! No obstante, hay que decir que tengo un poco de hambre. La comida deshidratada no es mala, ¿sabe? Pero…  como que no me deja satisfecho.

– ¡Ya! En 30 minutos aproximadamente, usted estará en Coleria y tendrá oportunidad de reponerse de la travesía, no tenga cuidado. Sin embrago, una vez saciadas sus necesidades primarias, le recuerdo que estamos aquí por razones de trabajo.

– ¡Disculpe, González! Soy todo oído.

– ¡Mucho mejor! Vamos a ver, es esta una cuestión cabal y delicada, ¿sabe usted...? Pongamos que se trata de un asunto de higiene –dijo González utilizando un eufemismo–, ¡ya me entiende! Su trabajo, por tanto, consistirá en una operación de erradicación y limpieza. Por supuesto, Sr. Spoleta, esperamos actúe de forma resuelta y contundente. Creo que de esto, entiende usted algo...

– ¿Hablamos de descontados, o nos referimos a gente y armatostes? –quiso puntualizar Ramiro.

No era frecuente, en estos días, encontrar grupos humanos que supusieran un riesgo real para la organización. Exceptuando, naturalmente, a traidores y conspiradores afectos a las grandes oligarquías dominantes, la mayor parte de humanos que aún subsistían, lo hacían en unas condiciones pésimas de salubridad y sustento. Mal alimentados, dispersos y sin formación, vagabundeaban mansamente esparcidos por toda la confederación planetaria, siendo objeto de todo tipo de abusos y arbitrariedades. Niños, adultos y viejos –los menos–, sucumbían a diario en la vía pública, y sus cadáveres, retirados por unidades de reciclado de residuos M-PO, eran conducidos a plantas de biomasa de alto rendimiento donde eran incinerados.


– Eso, a nuestro parecer, Sr. Spoleta, no tiene mayor trascendencia. ¡Por favor! Céntrese y ponga atención, estas son sus instrucciones: en Coleria, existe un movimiento activista y de agitación conocido como los “Indignati”, que han hecho del lugar su baluarte y santuario. Amparados en una legislación laxa y autónoma, consecuencia del estatus marginal de este planeta –Coleria es miembro agregado, pero no de hecho, de la Organización de Planetas Unidos y Solventes (OPUS), y por extensión, exento de tratado de extradición con la Confederación Planetaria–, y bendecidos por una más que interesada condescendencia de sus dirigentes, estos perroflauticos activistas, que salen, golpean y se guarecen de nuevo con total impunidad y confianza, han llegado a convertirse en un verdadero grano en el culo para el sistema. En fin, lo que usted debe hacer es infiltrarse en el grupo y ganarse la amistad y confianza de algunos de sus miembros. Una vez conseguido esto, su misión será exacta; localizar y eliminar a “Mecánico”, líder del movimiento. ¿Todo claro hasta aquí?

– ¡Cristalino! –respondió Ramiro que no salía de su asombro–. ¿En serio, alguien había  organizado algo así?  –se interrogó fascinado.

– Una vez se encuentre en la plataforma de atraque de Coleria –prosiguió González , uno de nuestros colaboradores, le estará esperando. Él le facilitara cuanto precise y le ayudara a insertarse en el entorno. A partir de aquí, estará solo, ¡ya lo sabe! Confiamos en que sea capaz de llevar a cabo un trabajo limpio y elegante. El precio que pagamos por él, no es para menos.

– ¡Quédese tranquilo, González! Seguro que será de su agrado.


Continuara…



La Nebulosa - © Edy



Never - Orbital




jueves, 14 de marzo de 2013

El hombre analógico (2ª entrega)




¡Mec!, ¡mec!, ¡mec!… ¡Atención! ¡Sellando dispositivos de acceso! Por favor, diríjanse a sus asientos de maniobra. ¡Mec!, ¡mec!, ¡mec!… ¡Atención! ¡Sellando dispositivos de acceso! Por favor, ocupen sus asientos de maniobra. ¡Mec!, ¡mec!, ¡mec!…

¡Bienvenidos a la Galactic Voyager! El comandante y toda la tripulación les damos las gracias por elegir la Aguirre Enterprise para este vuelo interestelar con destino al planeta Génova. La duración estimada del vuelo será de 29 horas, 15 minutos, y viajaremos a una velocidad de un millón de veces la velocidad de la luz, que alcanzaremos gracias a nuestro reactor de materia oscura de última generación. No tengan cuidado, ustedes no advertirán la más mínima turbulencia. Por motivos de seguridad, les recordamos que los dispositivos electrónicos portátiles deberán permanecer desconectados desde el cierre de puertas, hasta su apertura en la terminal de destino. Ahora, ¡por favor!, abróchense el cinturón y permanezcan sentados en sus asientos hasta que nos hallemos en gravedad artificial. Disculpen las molestias, gracias por su atención y feliz vuelo.

Nada más posarse en el planeta Génova, la Galactic Voyager abrió su compuerta de desembarco y dio comienzo una actividad frenética; paquetería, equipajes, aparejos, maquinaria pesada, suministros, víveres, pasajeros, etc., todo era conducido de un lugar a otro con una sincronía perfecta y asombrosa organización. Autómatas, androides, ciborg y computadoras llevaban a cabo la tarea con total eficacia. Ramiro aprovecho la agitación para dejar su escondite y escabullirse por entre los dispositivos de la plataforma; encontró un lugar velado tras unos contenedores de suministro y decidió esperar acontecimientos. Desde allí, la visión de cuanto ocurría en la terminal de pasajeros era completa, y lo sospechado no tardó en llegar. Tras unos minutos de espera, el mismo Aguirre y su séquito, irrumpían charlando de forma distendida al fondo del portal de desembarco reservado para el personal de la corporación.

– ¡Caramba!, el Capo en persona –no se le escapó que la chica iba con ellos–. ¡Linda! –pudo confirmar nuevamente.

– ¡Alarma, intruso! ¡Atención! ¡Alarma, intruso! Hay un descontado oculto tras los contenedores de suministro...

Inoportunamente, justo detrás de él, una voz metálica y aflautada alertaba de su presencia. Se trataba de un CNP-ONE que estaba haciendo la ronda.

– ¡Me cago en… to!  –maldecía Ramiro para sus adentros, mientras maquinaba con urgencia como sortear el marronazo.

– ¡Escúcheme! ¡Atención descontado! ¡Atienda mis instrucciones! Levántese lentamente, y salga con las manos en alto. –instaba el androide.

Al llegar, Ramiro había tenido que apartar una pequeña botella de oxígeno que sobresalía por debajo del fondo del contenedor donde se encontraba agazapado. Se trataba de un cilindro de repuesto de un equipo de respiración autónomo que alguien debió dejar olvidado. Lo agarro con disimulo, y comenzó a incorporarse con mucha corrección.

– ¡Está bien! ¡Está bien! Tranquilo…, ya me levanto. ¡No pasa nada, mos! ¡No estaba haciendo nada malo! Solo necesitaba aliviarme un poco, ya sabes… me meaba espantosamente y… en fin. ¿Quién es el guapo que es capaz de llegar hasta la cabina de eliminación de residuos en estas condiciones, verdad? Ya sé que esto no es lo más correcto, pero vamos, que…

Elocuencia y palabrería con la que Ramiro, de forma socarrona, trataba de relajar la atención del androide. De repente, sin decir siquiera agua va, se giró cilindro en mano y le dio una hostia que le arranco la cabeza.

– ¡Laminilla! –musito–, mientras el CNP-ONE chisporroteaba tirado en el suelo.

–Y ahora… ¿Cómo hacemos, tron? –se interpelaba vacilante; el factor sorpresa se había roto y, una vez más, todo se precipitaba cuesta abajo–. Pues… ¡Con dos cojones! –prorrumpió insuflándose valor, mientras ponía rumbo a la comitiva.

– ¡Eh! ¡Cabezas de bote! –increpo tirando de cacharra.

En un suspiro, los tres CNP-ONE y el Leonardo que acompañaban a la comitiva, yacían en el suelo reducidos a un aparatoso montón de chatarra.

– ¡Coooño! –alucinaba. El primer sorprendido era él–. ¡Y sin despeinarme! Esta escupidora es acojonante.

Los asesores y consejeros que constituían el séquito, aterrados no eran capaces de articular palabra. La chica, paralizada, no salía de su asombro. La plataforma entera se estremeció con el estruendo de los disparos. La actividad se interrumpió y, durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse. Un espeluznante silencio se adueñó del lugar, solo Aguirre era capaz de mantener la compostura. Ante tan indecorosa escena, el protegido, que siempre acompañaba a su mentor, miraba a derecha e izquierda con gravedad y un poco angustiado –es que nadie va a hacer nada–, parecía reclamar con la mirada. Finalmente, resignado, trago saliva y dio un tímido paso adelante.

– ¡Mala hora, pimpollo! –Entonó Ramiro enardecido, y le partió la nariz de un culatazo–. ¿Alguien más quiere hacerse el héroe…?

Súbitamente, comenzaron a sonar las alarmas. El molesto y desagradable silbido, acabo de inmediato con la quietud y la atmosfera gélida de la escena anterior. Ramiro fue derribado por un cañón de ondas sónicas que le dejo medio lerdo y un palmo de lengua y, en menos que canta un gallo, los ciborg se habían hecho con la situación. Como si tal cosa, la plataforma reinicio su maquinal movimiento.

El iracundo desafío, además de amedrentar y dejar pasmados a los presentes, derivó en sorprendentes resultados. Aguirre, conocido popularmente como “El implacable”, que en semejantes circunstancias no habría dejado títere con cabeza, en esta ocasión, insólitamente, prefirió dejarlo estar. Lo que de facto, equivalía a una autorización expresa para salvar el pellejo. Asimismo, instantes antes de ser abatido, Ramiro quiso ver una sutil complacencia en el rostro diáfano de la muchacha.

– ¡Maldita se a mi estampa! –fueron sus últimas palabras.

En esto continuaba su atolondrada cabeza, cuando volvía en sí en brazos de un Leonardo irreverente, que le cacheteaba intentando traerlo de regreso.

– ¡Esta bien, está bien…! ¡Ya basta, joder! ¡Ya!, ¡yaaaa! –el Leonardo le dejo caer de malas maneras y Ramiro se golpeó la cabeza contra el suelo–. ¡Puto pendejo de mierda! –refunfuño. 

– Desarmadlo, higienizadlo y, finalizada la cena, escoltadlo hasta mi despacho –decreto Aguirre con urgencia, luego se giró y continúo camino.

Tras la cena, Ramiro fue conducido ante el sátrapa tal y como este había ordenado. Había tenido la oportunidad de comer, hacía más de 48 horas que no probaba bocado; había sido fumigado y esterilizado y, como colofón, había sido embutido en un grotesco y apretado traje de color banana y butano, emblema y signo de la compañía.


Al entrar, una sala diáfana, fría, de compelidas aristas y relumbrante iluminación, sobrecogió a Ramiro que tuvo que entrecerrar los ojos para no ser deslumbrado. Sin embargo, tras el desconcierto inicial, con equilibrio y picardía pudo echar una rápida mirada al frente, espalda y ambos lados, haciendose una esmerada composición del lugar: Aguirre, ligeramente recostado sobre su asiento, ocupaba el lado principal y más alejado de una mesa ovalada de cristal de roca gigantesca. A su derecha, nariz vendada, ligero hematoma ocular y cara de pocos amigos, el favorito. Cinco de sus asesores les flanqueaban; tres por la derecha y dos por la izquierda. Todos ellos, acomodados sobre confortables sillones de microfibras de carbono, iban ataviados de impecable indumentaria inteligente “Digital Pullwear” color gris. El vestuario inteligente, de rabiosa actualidad entre lo más cult de la jet planetaria, equipaba sensores, GPS, microcámaras, micrófonos, y otros dispositivos, tan pequeños como poderosos, que suministraban información, a tiempo real, basada en el contexto físico y virtual del individuo que lo portaba: ¿se te olvido el nombre del último conocido? ¡No problem! Aparecerá acompañado de otros datos de interés sobre esa persona, en la pantalla habilitada para tal efecto en el cristal de tus gafas. Un poco más cerca en la distancia, y escorada un tanto al lado izquierdo de la habitación; ¡la Bella!, que engalanada con un largo y ajustado vestido de color blanco, emergía rutilante, posada apenas, sobre un dilatado sillón de tafetán rojo. Para finalizar, un robot domestico tipo Dynamics, hacía las veces de asistente atendiendo las necesidades de los invitados, y dos unidades CNP-ONE bloqueaban la entrada.

– ¡Disculpad Amigos…! Clin, clin, clin… ¡Silencio, por favor! –interrumpió Aguirre, golpeando su copa con una cucharilla de café–. ¡Ha llegado nuestro bravo invitado! Gracias, eso es todo, pueden retirarse –dijo, dirigiéndose a las unidades CNP-ONE que le acompañaban–. Pero… ¡Pase, hombre de Dios! Pase y tome asiento...  –Ramiro se acercó con prudencia– ¿Le apetecería tomar alguna cosa? 

– ¡Un Gin Tonic estaría bien, gracias! –apuntó mientras ocupaba un sillón vacío a este lado de la mesa.

– ¡Perfecto! Uno también para mí. –dijo Aguirre dirigiéndose al Dynamics, que se puso manos a la obra.

– Bueno, bueno, bueno…, amigo. ¡Amigo, usted es… la hostia! ¡Usted es dinamita! ¡Explosivo! ¡Fascinante! –explicaba Aguirre con exagerados aspavientos y grandes dosis de sarcasmo–. ¡Oiga, amigo! –más aplacado– Con horizontalidad y franqueza. ¿Qué clase de persona es usted?

– ¿Perdón? –la saliva hacía rato que no corría por la garganta de Ramiro.

– Si, bueno… ¡Quiero decir! ¿Qué tipo osado y sin cerebro, es capaz de acometer semejante temeridad?; sortear los controles de embarque de una nave estelar, evadir los obligatorios controles epidemiológicos de una migración interplanetaria, desafiar a mí escolta personal de forma tan…, tan…

– ¿Temeraria, señor? –apunto un adelantado asesor situado a su izquierda.

– ¡Temeraria!, esta es la palabra. ¡Gracias González! Eliminarla brutalmente, ante mis propias narices, y… lo más importante. ¡Lo más importante, mire usted! ¿Por qué?, ¿por qué…?

– ¡Con todos los respetos, señor Aguirre! Permítame decirle que su sistema de seguridad es un poco… distraído. –objetó Ramiro intentando salir del aprieto.

– ¿Quiere decir… malo?

  Malo no, ¡lo siguiente!

  ¡Vaya…! ¡Un humorista! ¿Y eso lo dice…?

– ¡Spoleta señor! Ramiro Spoleta, alguien que sabe de lo que habla. –atajó tirándose un farol.

– ¡Fantástico…! ¡Fantástico! –dijo el otro recostándose sobre su asiento–. Eso me gusta, un tipo con recursos. Me di cuenta nada más verlo. ¡Señores! ¿No era esto lo que estábamos buscando?

De sobra era conocida la querencia que Aguirre profesaba a las preguntas retoricas. Por supuesto, nadie contesto.

– ¡Me cae usted bien! Ni que decir tiene que, de otra manera, ya no estaría aquí –acompaño esta última frase con una sutil elevación de la ceja izquierda–. ¿Lo comprende, verdad?

– ¡Siii, papa! –balbuceo Ramiro, asintiendo para sus adentros.

Aguirre hizo entonces una pausa cuidadosamente estudiada; se incorporó, apoyo ambos codos sobre la mesa y agarro el Gin Tonic que el robot Dynamics acababa de traerle. Con ensayada indiferencia, comenzó a juguetear empujando los cubitos de hielo con el dedo índice de la mano derecha. Hasta que, en un determinado momento, levanto la cabeza, y su mirada honda y escrutadora, busco clavarse inmisericorde en la mirada limpia y desahogada de nuestro amigo. Permanecieron así durante unos instantes, tan intensos, que parecieron interminables. La inacción era aterradora, el trance habría puesto el bello como escarpias al más templado. Sin embargo, Ramiro supo aguantar con empaque. Pasados 20 o 30 segundos, el Capo debió pensar que era suficiente y desistió. Los presentes relajaron sus esfínteres, y Aguirre entonces, elevo el vaso en un contenido gesto…  – ¡A tu salud! –, debería haber dicho, pero no lo hizo. Se lo acerco a los labios y bebió un largo trago. 

–Señor Spoleta, ¡usted y yo deberíamos hablar en serio!

Continuara…

Ilustración encabezado: Shigueru Komatsuzaki
La Nebulosa - © Edy  



Frontline - OMD








viernes, 15 de febrero de 2013

El Hombre Analógico (1ª entrega)




¡Maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!… Space jumper one enviando llamada de Socorro; ¡maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!… ¿Alguien puede escucharme…? ¿Hay alguien ahí…? ¡Maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!… Space jumper one…

Ramiro era un tipo corriente y correoso, algo hermético quizás, pero un auténtico superviviente. Operario montador de propulsores de ondas gravitacionales en la Aguirre Enterprise con más de diez años de experiencia, fue uno de los últimos afectados por el ERE que llevo a cabo la compañía cinco años atrás. Hoy, es un reconvertido estibador de fortuna; un descontado y anacrónico habitante más de la evolucionada New World City del S. II, año 102, después del gran cataclismo.

La mañana era una de esas mañanas húmedas, calurosas y grises, tan habituales en los últimos tiempos; la alta radiación infrarroja, producida por la práctica inexistencia de ozono en la atmósfera, el efecto invernadero y la creciente contaminación industrial, habían hecho de la tierra un lugar difícilmente habitable. Los humanos, antaño paradigma y esplendor de la evolución de las especies, eran hoy un extemporáneo vestigio biológico cada vez más diezmado e insignificante, en un universo despiadado y cruel, que no hacia concesiones. El cielo ya no era azul, ni transparente; el sol hacía años que no iluminaba la tierra, todo era bruma, una densa y soporífera niebla resplandeciente cubría el planeta. Como consecuencia, la cobertura vegetal estaba arruinada y las explotaciones agrícolas hidropónicas, habían sustituido a la agricultura tradicional. No era prudente exponerse de forma continuada al exterior. Es por esto, que las comunicaciones y la mayor parte de la vida se hacían “underground”: complejos industriales multi-factoriales, donde, cada día era más difícil encontrar una ocupación que los robots, ordenadores o autómatas, no estuvieran realizando ya; sórdidos y contaminantes vehículos y convoyes de transporte que se sucedían, sin solución de continuidad, en un infatigable movimiento pendular de ir y venir; paradas para transeúntes equipadas con elegantes y solícitos espacios lúdico-comerciales, capaces de recaudar hasta el último euro disponible que se atreviera a llegar a manos de la gente decente; también en casa, si se tenía la suerte de contar con una, o lo que era más frecuente: merodeando y rebuscando algo que llevarse a la boca, entre los residuos y los despojos que un mundo, exhausto y empobrecido, generaba profusamente.

Como todas las mañanas, Ramiro manejaba distraídamente su primitiva unidad eléctrica de desplazamiento personal, MTEO-POF camino de la plataforma de atraque de la Galáctica Express, cuando, de sopetón, como si de una aparición se tratase, tres androides tipo CNP-ONE capitaneados por una unidad directora Cyborg CSI-PO humanos con implantes cibernéticos, más conocidos como “Leonardos”, conduciendo a la más hermosa y delicada de las criaturas que Ramiro hubiera visto nunca, se le empotraron en el parabrisas. En un extraordinario alarde de habilidad y reflejos, Ramiro fue capaz de hacerse con el control del vehículo, minimizando los efectos de la colisión. Pero, así y todo, había sido imposible evitar aplastar la cabeza a una de las unidades CNP-ONE.

¡Mala hora, joder…! –Balbuceo Ramiro imaginando las consecuencias.

La unidad Cyborg, que estaba al mando del equipo, se acercó hasta él. Con una sola mano, lo agarró por el pecho y lo elevo como un metro sobre el suelo.

¿Qué crees que estás haciendo, descontado de mierda? –inquirió el Leonardo.

Y diciendo esto, le introdujo el dedo por el culo hasta el muñón. Ramiro gritaba, maldecía y pataleaba inútilmente, sentado a horcajadas sobre el apéndice del Leonardo, mientras se le caían dos lagrimones como dos puños. En realidad, el dolor físico era lo que menos le importaba. Su dignidad estaba siendo pisoteada… ¡El mismo aliento le dolía! Estaba siendo ultrajado y vilipendiado de forma humillante y arbitraria, por un pedazo de carne con escaso cerebro. Sin razonar, sin justificar, sin oportunidad de explicarse, ¿qué había pasado con los justos…? Y luego estaba ella.

Las unidades útiles CNP-ONE se pusieron en marcha. Su cometido no admitía demora. Apartaron a un lado de la calle a la unidad siniestrada y continuaron camino. Escoltaban a la chica hasta el acceso de pasajeros de la “Galactic Voyager”conocida como “El Planeta Errante”–. la Galactic, era una gigantesca nave espacial tipo planetoide, completamente autónoma. Un transporte interestelar propiedad de la saga “Aguirre-Cacciatore”, a la sazón, parientes en grado lejano de la muy honrada y reverenciada Dorothea Kirchner, Varonesa y actual mandataria universal de la Organización de Planetas Unidos y Solventes (OPUS).

El Leonardo, que se había entretenido un par de minutos todavía, haciendo que Ramiro mordiera el polvo nuevamente, se encaminaba ahora hacia la plataforma de embarque siguiendo los pasos de sus gregarios.

Quebrantado, deshonrado y desesperadamente cabreado, Ramiro se dirigió de forma instintiva al receptáculo dispuesto bajo el asiento de su vehículo, allí guardaba una vieja Hudson Desert Eagle de 50 mm con cargador extraíble de siete cartuchos y algo de munición –una antigualla que había recibido como pago de un trabajo que no pudo cobrar, que guardaba ajustada y perfectamente engrasada–. Una pistola semiautomática de grueso calibre capaz de perforar una placa de acero de 12 mm, diseñada por Magnum y fabricada en Israel. Monto el arma y sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia el Leonardo que marchaba rezagado.

¡Eh, capullo…! El ciborg, se giró con saboreada arrogancia, no podía imaginar que Ramiro, sin mediar palabra alguna, le metiera dos tiros en el pecho que le dejaran seco en el acto.

¡Perro de mierda!  imprecó Ramiro, y escupió sobre el cadáver.

Echo un vistazo en derredor y comprobó que no había nadie. Afortunadamente, nadie había advertido nada, –pensó–. Y sin saber muy bien por qué, resolvió seguir a los androides y a la chica hasta el interior de la nave.

No fue difícil eludir los controles de acceso de la nave interestelar, los CNP-ONE no destacaban por su sagacidad y eficiencia precisamente. Eso sí, una vez dentro, resultaba complicado saber qué hacer y dónde dirigirse. Decidido, pensó adentrarse en la bodega de carga; era uno de los lugares más desguarnecidos y seguros para refugiarse. Según iba avanzando, entre la negrura, le pareció reconocer una familiar forma que emergía de entre las sombras. Se acercó con cautela y, efectivamente. Aislada y un tanto descuidada, una veterana nave de avituallamiento tipo Serenity, reposaba sobre un dique de carena parcialmente desmantelada. Salto al interior y busco acomodo sobre uno de los asientos de la cabina.

¡Joooder! –dijo mientras se sentaba notablemente excitado, empezaba a tomar conciencia de lo ocurrido–. ¡Sosiégate, sosiegate...! Necesitas procesar lo que ha pasado.

Todo había transcurrido de forma tan absurda y vertiginosa que, como en otras ocasiones, se le había mudado el carácter y sin tiento ya para medir y calcular, el arrojo y la testosterona habían dispuesto sobre la lógica. Una cosa había llevado a la otra, y… el hecho es que era un "Crack" para complicarse la vida.

– ¿Por qué siempre, tienen que pasarme a mí estas cosas? ¡Mierda…!  ¡Joder! –dijo golpeando reiteradamente con el puño sobre el brazo del asiento.

Entonces trato de serenarse; respiro profundamente hasta en tres o cuatro ocasiones, descanso la cabeza sobre el respaldo del sillón, y sus mandíbulas se aflojaron. Cerró los ojos lentamente y sucumbió a un placentero silencio. Transcurridos unos minutos... abrió los ojos de nuevo y sentencio:

¡A la mierda! –en una urgente decisión que despachaba de una tacada, toda su desafortunada existencia–. ¡A cantar igual no aprendo, pero no voy a dejar de cantar por eso, joder! 

Continuara...

La Nebulosa - © Edy
Ilustraciones: Ian McQue y Frank Quitely



Acompañamos con: Space Oddity - David Bowie, 1969