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sábado, 11 de abril de 2015

Mentes Suspicaces - El Hombre Sin Mirada



Mentes suspicaces.


Elvis de fondo y Jean Beam en al vaso para expiar las pequeñas culpas del día. Más de un centenar de servilletas tiradas en el suelo y cuatro millones de colillas esparcidas a la puerta. Las voces y las risas aún resonando, al igual que el rastro de dolor en mis mejillas por forzar la mueca para mi gesto amble – Román el barman cordial, el amigo barman, nuestro barman amigo…  Román  –  de alcohol y axila el hedor – adiós leo, adiós… - salió desencajado, no me miro.

Recogí sillas y mesas. Pase el cepillo y recargué las neveras; bebí luego reposado mientras miraba techo, paredes y suelo del zulo bar… ¡tantos años¡ rebelde en inicio, ennoblecido ya… las doce de la noche y nadie queda; dóciles y exactos como un reloj: de cuatro a doce; del café a una gota antes de dormir, cicatera de licor. Transitan por aquí cada uno a su hora predilecta mezclándose con las nuevas y jóvenes caras, motivo de envidia y de lascivia también, pero con moderación. Hasta los locos de alcohol mantienen la compostura, borrachos para sí mismos, para nadie más. Escuadrón hacia la muerte de resignados, rehabilitados o adolecidos y achacoso… algunos ya ni están. Miro tras la barra y les sonrío con mi aire amable de cuatro a doce, y veo sus ojos que ya no ven, comidos por cataratas, velados para distinguir nunca más el horizonte. Veo las ilusiones gastadas, renunciados a los atrevidos, desparejadas las parejas eternas… los veo agotados de no llegar…  a todos los hombres sin mirada… cada noche los veo sonreír entrañables en mi bar.

Here we go again
Asking where i´ve beenyou can´t see these tears are reali´m crying
Let´s don´t let a good thing die
Lest´s don´t  let a good thing die

Nada de lo que dices es fácil por mucho que rías mientras lo largas; nada es sencillo querida. Mira como las palomas vuelven una y otra vez para comer sobre el suelo del parque, se arremolina y escapan desconfiadas siempre que alguien pasa para luego volver… quieren aquello que les tiramos, necesitan comer lo que les das, pero vuelan y vuelvan, revolotean si te acercas…  la vida las hizo así. Escuché como le decía Luis a Julia ¡caray¡ la otra noche muy cerca de su cara. Sus vidas son un ir y venir que siempre pasa por a aquí, ellos son universales, andan lejos, vienen y van pero vuelven religiosamente entorno a la barra de este bar ¡la vida es tan apretada¡ la de Luis, La de Julia,  de Leo y la de Diego, la tuya también… la de Lola y la del barman Román… mentes suspicaces. Un frontón para Leo ¡más fuerte das, más fuerte recibes¡  guarda siempre el escarabajo de oro en su bolsillo ¡unmm¡ Leo al límite, inconmovible para con el compromiso de los demás.  A Julia todo le pareció una perpetua farsa ¿qué espera del despechado Luis? Descreída  ahora creer quisiera en el amor de los tiempos del cólera y cree al fin en su eterno renunciado Luis  ¡no va más¡  salta la bolita entre los números de colores. Negros en los que en ocasiones para,  como los años negros de Diego que hoy mantiene a raya estacionados en dique seco, sabiendo que navegar saben, a raya Diego escapa cada vez que le fascina de la vida, vivir ¡Ciegos, sin mirada¡ me miran creyendo que nada ha cambiado en mi; golpeo fuerte el vaso sobre la barra y bebo con ellos pero no me ven… ni tú tampoco me ves.

        Or dry the tears from your eyes

Lola reiría como una Loca si me descubriera melancólico, aplastado sobre la mesa y escuchando esta vieja canción - ¿qué pasa Roomaaann, con la morriña? – diría – espera que cambie la música,  ya salgo – y vendría a sentarse con un vodka-naranja en la mano mientras ya sonaba reggae,  “one love”.  Deberíamos ser como ella, nunca ha hacho demasiado ruido y siempre ha visto el lado bueno que al parecer tenemos ¡analgésicos para el tiempo¡    la noche se hace tranquila ahora que de cena un vaso de bourbon y tiempo para pensar, siempre lo mismo ¡unnm¡ domingo perezoso y caduco, derrengado al fin... Inconsolable.


Algo broto o se rompió en mi esta noche, y aunque sabía que sus efectos serian irreversibles, en lugar de echarme a llorar, recogí los platos rotos con la sonrisa silenciosa de siempre, miré a Lola y brindamos ¡salud¡  abriría las puertas del Lennon aún cada noche, demasiado tarde para otra cosa, ya no podría cambiar. Y acepte mi suerte con la misma serenidad de la delicuescencia que provocó el estropicio. 

© f. buendía.




miércoles, 7 de mayo de 2014

Pareja de espaldas - El Hombre sin mirada


Pareja de espaldas.

Va a ser una noche fría, así que más vale que cojas tu abrigo, me dijo Luis. Luis es de esta manera, directo y de las dos opciones posibles, siempre elije la más tajante. Aún recuerdo aquella noche que apareció por casa en pijama, tendría unos quince años, yo algunos más; acudió a la puerta y toco al timbre, cuando abrí sonrió – mi padre, que me ha agarrao de una oreja y me ha echao a la calle - no hablamos más del tema, no le dimos ninguna importancia, pero no lo he olvidado jamás.

– ¿Me puedo quedar a dormir aquí?
– Claro que puedes pero vas a tener que acostarte con mi hermano
– ¿Con el seco? ¡Ten cuidao seco! – y se acercó al brasero.

        Él sabía que nos habíamos quedado a estudiar mi hermano, Agu y yo. Era fin de curso y como siempre íbamos tarde con todo; en aquel tiempo teníamos demasiada vida, como para prestarle a los estudios la atención que necesitaban. Luis, ahora se había convertido en un triunfador, tenía terminada una estupenda carrera y los negocios le iban bien; separado de su primera mujer, aún conservaba ese porte bien parecido y fanfarrón.

El ascensor de bajada hacia la callé se convirtió en un féretro compartido donde los más leves sonidos, los movimientos más ínfimos, las respiraciones, los chasquidos de los zapatos rozando en el suelo, parecían salvajes y ensordecedores. Ni una palabra, ni una sola mirada, ningún olor, tan solo la emergencia de llegar y dar remate a aquella eternidad intimidada. La presión en los talones y una tímida flexión de las rodillas me sirvieron para amortiguar el deseado frenazo final, mientras mis manos de azogue morían por empujar la puñetera puerta metálica. Impacientes, mientras se deslizaban lentas, las pequeñas hojas batientes de seguridad. Se adelantó Luis, casi chocamos, torpemente intercambiamos algunos gruñidos balbuceando palabras cercanas a la disculpa o al reproche, hasta que atarantado conseguí salir. Ya en plena calle la noche efectivamente era fría, la más fría de mi vida. Si bien la sensación térmica implica una combinación de la temperatura ambiental y la actitud anímica con la que nos enfrentamos a ella, este frio que ahora sentía, era sencillamente una forma de querer parar la existencia. Julia me saludo desde la ventanilla del coche de Luis; uno, ante estas situaciones tiene la impresión de reconocerlas, de saber de antemano qué va a suceder, y en adelante cualquier cosa que hagas o disposición con la que te manejes, te parecerá falsa, como cumpliendo un guión ya predefinido. Allí estábamos, mi mujer de toda la vida, mi amigo de siempre y yo. ¡Carajo! Cualquier cosa que hiciera daría igual, estaba jodido; tenía el cuerpo entumecido, la sonrisa cuajada y los dedos de los pies bailando convulsivamente dentro de mis zapatos ¡¿Y yo?! ¿Dónde estaba yo…? Me explicaron cómo había sido todo y cómo tendría que ser a partir de ahora, donde tendría que quedarme yo y a dónde irían ellos, y bla, bla, bla… Arguyeron todas las razones para terminar finalmente con un: ¿lo entiendes? Asentí y nos despedimos. Dimos toda una lección de moderno civismo.

El humo del tubo de escape cosquilleo en mi nariz desadormeciéndome del arrecido letargo, ya de vuelta a casa preferí subir por las escaleras a meterme de nuevo en el desapacible ataúd metálico. ¿Por qué? De todos los proyectos que emprendemos en la vida, el de compartirla con otra persona es probablemente el más importante. Es realmente la vida en si misma; cómo vives, cómo sientes, con quien duermes, a quien te confiesas. No son dos vidas juntas si no una vida en común. O así lo entiendo yo, y creí que Julia también así lo entendía  ¿Finiquitarla, no es un fracaso…? Señor y bestia de la decadencia del tiempo, tú hiciste que yo no fuera ya mas su caballero; Dios del desdén y artífice de la repetición el cansancio y el aburrimiento; malvado brujo del pasar que mudas el brillo en los ojos de cada mañana por mezquindad y esquivez cotidiana; ¿cuándo, sin avisar cociste en tu caldero la pócima que acabó con la pasión, la seducción y el deseo? Puñetero devenir que por ansiar ser nosotros para siempre nos acaba molidos del esfuerzo y por querer ir juntos hasta el fin nos cansa de estar siempre tan cerca. ¡Oh, tú que con paciencia todo lo rindes, vuelcas y cedes, maldita seas cruel duración, impávida y cansina letanía de la existencia! ¿Por qué? ¿Porqué con Luis? ¿En qué se parece a mí Luis? ¿No es la antítesis de lo que yo sería?  No entiendo nada…

Empuje la maneta del giradiscos y deje caer la aguja, Lohengrin comenzó a sonar con la delicada suavidad que precede a todos los dramas del mundo. Me recosté en el sillón ciñendo alrededor de mi cuello las solapas del abrigo que aún mantenía enfundado, pues el frio persistía dentro de mi alma y hundí las manos en los bolsillos. En el derecho encontré un encendedor, sorprendido me di cuenta entonces de que llevaba puesto un viejo chamarro que torpemente cogí del ropero al salir; esto sirvió para recordar que cuando deje de fumar hace años, reservé un paquete de tabaco escondido sobre el armario, por si la voluntad me quebraba. De un brinco me levante, corrí a buscarlo y allí lo encontré. Sople fuerte apartando el polvo a la vez que mis manos lo abrían ansiosas y la llama del mechero urgente prendió el primer pitillo. Aspiré profundo mientras los ojos sin apenas fuerza se me iban entornando y poco a poco zozobré en la sórdida  butaca. Heme aquí, nada que conservar, nada que ocultar, pues nada me quedaba. El caballero del cisne huía con la dama rescatada abriéndose paso sobre el lago ¿mantendrán su ideal para siempre? O, tal vez con el paso del tiempo, un día Julia se volverá ajena para mirar el rostro del caballero y extrañada formulará nuevamente la desconfiada pregunta, rompiendo así el hechizo una vez más ¿Quién eres Luis?

 Ya solo en casa, ardía de frío como los metales de Wagner y fumaba mi ducados de siempre. ¡Suerte que cogí el abrigo!


La Nebulosa - © F. Buendía.

Acompañamos con:  Lohengrin - Richard Wagner


martes, 22 de abril de 2014

Mil gracias derramando - El hombre sin mirada



Mil gracias derramando

               El Real siempre ha sido una calle antigua, desde La Tienda del paso,  Lope, La Viuda, Baras, La Espartería, Espadas o el Ideal Cinema, hasta el palacete de abajo, siempre antigua y fría; pero si tuviera que escoger una de entre todas las de esta ciudad, es esta la que elegiría. A pesar del dueño del palacio ¡Dios mío¡ lo he visto solo una vez pero no olvidaré jamás esas cejas y su aspecto de noble decimonónico anclado en una gloria  más antigua aún que él mismo. Me hace gracia y siempre que lo recuerdo pienso en que si hubiéramos de personificar la idiosincrasia de esta ciudad medieval que un día adquirió cierta relevancia en el conjunto del territorio que luego se llamó España; la que hoy algunos se empeñan en mantener, trasnochada y absurda, sin sentido y en un tiempo que no le corresponde;  si necesitáramos  elegir un símbolo:  este sería el  extemporáneo ricohombre amo del palacio de abajo y su suntuosa vivienda barrocamente ornamentada, reminiscencia de una clase elitista que de apoco fue perdiendo los fundamentos y ganando en mascara. Que aprovechando  los restos de nobleza que quedaron adheridos a las piedras de sus palacios e iglesias, forjaron la marca señorial y la vendieron tan a degüello que ha llegado como un estigma hasta nuestros días.
 
            Había quedado con Miguel Angel en el Paseo Mercao  junto a la estatua, faltaríamos a clase porque teníamos cosas más importantes que tratar. Ella bajaba también temprano justo delante de mí Real abajo, ni nos miramos; la noche anterior habíamos discutido.  Somos así de estúpidos narices y a veces el orgullo vence al deseo, en ocasiones incluso al destino.

              Por la tarde, en la Villa Alta me esperaban para ensayar los compañeros y amigos de  “En Un Tris Teatro”; por entonces se nos ocurrió montar la obra maestra del absurdo y símbolo del antihéroe femenino, la boba, débil y fea princesa burlada por el príncipe aburrido “Yvonne Princesa de Borgoña” – Su presencia en la corte supone un factor de descomposición en el orden establecido, lo que hace aflorar sin comedimiento, las deficiencias, vicios, e indignidades propias de cada uno de los personajes –.  Llegué con un poco de retrasado y sin mí, habían dado comienzo al ensayo.  Alrededor de una larga mesa, simulada con algunos tableros que de mala manera habían colocado, se sentaban los miembros de la corte: Cecilio - El Rey contrariado, Barceló - La Reina histérica,  Pedro -  El Príncipe guasón,  Agú -  El sobreactuado y apuesto Chambelán,  Paco M, Beba,  Manolo y otros pocos, el resto de cortesanos. Como los propios The Lord Chamberlain's Men en The Globe, todos los personajes del reparto estaban interpretados por actores, es decir, las actrices también eran hombres. Señor T – Yvonne, se retorcía sobre la mesa con las manos agarradas al cuello; torpe, agonizaba  atragantada por una espina de pescado atravesada en su frágil garganta  ¡sublime¡  la fea cara de Señor T  descompuesta, interpretando a la pávida princesa. No hube de corregir nada, Gombrowicz no lo habría imaginado más peripatético, lo grotesco superaba al esperpento. ¡Genial! 

            Miguel Angel es un tipo seco y directo, intransigente con la ambigüedad, si estas, estas; si no ¿para qué has venido?  Nos vimos después de mi ensayo a la puerta del Chinarrale, cuando abrió la puerta de la tasca el olor a tabaco y alcohol fermentado suscitaba al Vómito y a la envidia por no haber estado la noche anterior en este local tan de actualidad en plena transición; nido de barbudos, artistas y comunistas. Miguel Ángel se ayudaba económicamente echando unas horas los fines de semana poniendo copas en “El Chinarrale”, y yo portaba el aparato de música con una flamante cassette crome para grabar la Jam Session de la noche del viernes; un cantante local, que ahora sé que después tendría mucho éxito, venia por la ciudad este finde y se esperaba, como siempre, tocata en la tasca. Hoy me pregunto dónde está todo aquello ¡carajo! Nos comíamos el mundo, íbamos a cambiarlo todo, y lo cambiamos…  Acomodados y exactos, perdimos fuelle y nos hemos dedicado a contar nuestros sueldos, ahorros o beneficios hasta retornar a un lugar muy cercano al que nos encontrábamos; profesionales de la política nos han usurpado.

Hay algo en la política que tiene que ver con las desproporciones y la falta de armonía, justo al contrario que en el arte. Es lo que me cautiva de uno de estos dos axiomas  y me exaspera en el otro

     “Mil gracias derramando,
             pasó por estos sotos con presura,
             y yéndolos mirando…”
                     (S. Juan de la Cruz)


© F. Buendía

Acompañamos con: "La computadora" - Joaquín Sabina.


jueves, 9 de mayo de 2013

El Museo - El hombre sin mirada







El Museo

     Mirar un cuadro en un museo es lo más cercano a la idea que me infundieron sobre cómo sería el cielo; aséptico, muy iluminado, silencioso..., nunca se sabe si entenderás lo que vas a encontrar allí, además sospechas que desde cualquier rincón hay ojos que te vigilan. Has abandonado ya tu cuerpo y es tu alma quien viaja entre galerías observando las obras expuestas. ¡Rayos! lo del alma no lo consigo entender del todo, siempre he creído que es la parte de nosotros que piensa y que siente… Imagino a mi cerebro y mi corazón, unidos entre sí, por un… yo no sé qué, que sin necesidad de chasis, merodea por los pasillos del cielo hasta enterarse de cómo está montado aquello. En realidad, ¿qué aspecto deberíamos tener en el cielo?

     Y así es como yo funciono en los museos, me desconecto del cuerpo, es decir, mi cuerpo va pero como que no le hago mucho caso, los sentidos conectan de forma directa (emoción-corazón-cerebro), sin pagar peaje. Nada de me duele aquí, estoy oyendo esto que dice la audio guía pero además pongo atención a lo que dice el vecino, ¿dónde está el servicio?... No, uno está pendiente de lo que esta. Y, si realmente estás centrado en lo que estás, entonces se origina una verdadera comunión entre la obra y tu percepción. Has de verte muy obligado para perder la alianza establecida entre el arte y tú mismo, o tu alma, o tu cerebro, o tu corazón... El atracón no es bueno y suele sacarnos del trance ya que a menudo sucede que nos quieren enseñar o queremos ver demasiado en poco tiempo, escuchar al erudito de al lado también nos hace perder la concentración porque nos arrastra al desconsuelo… ¡En mi vida voy a ver las cosas que dice este tipo que observa en ese cuadro! ¡¿Pero dónde ve él eso?! ¡Joder! Consiguen complicarlo…  es lo malo que tienen los eruditos. Lo bueno es que saben mucho, y te dan envidia sana, lo malo es que saben mal y te dan jodido ardor.

     ¡Caramba! somos ridículos hasta llegar al paroxismo. ¿Por qué mezclamos todas las cosas?  ¿Qué necesidad tiene uno de estar pensando en el cielo para mirar un cuadro?... Ahora  miraba “Naturaleza muerta con cajón abierto” de  Paul Cezanne  ¿Dónde está el cielo en este cuadro?, me preguntaba  y… ¡carajo!, lo estaba tocando. Si existe el cielo está ahí, en ese pequeño lienzo de Cezanne…  ¡Uhm!, el Alma, el Corazón, el Cerebro, el Arte… el Cielo.

     Me fui al bar y pedí una copa, para aderezar el gazpacho que tenía liado, miré a los que allí habían, era gente, ¿cómo decirlo? una selección de lo selecto. Selecto en el buen sentido de la palabra… ¡Puñetas! si hay de verdad un cielo, quiero que estén todos estos cuando a mí me toque; tan bien, tan atraviesan el mundo para ver lo que sea de mérito, tan interesados, tan interesantes, tan… tan cultos. ¿Y si me toca el infierno? ¡Caray!, qué le vamos a hacer, que estén, por favor, todos también. Ya nos las arreglaremos. Uno en un museo se siente bien, a gusto, como en la cama junto a otro cuerpo caliente, cuando tan solo somos una panza que se infla y desinfla y que se engurruñe agarrando a quien tiene al lado para huir del espanto. El consuelo, invariablemente, es una cama donde se reúnen dos seres aterrados fundidos en un abrazo. El arte, como sentimiento, se origina inmediatamente después del abrazo. Y como creación, en ausencia de este, al cielo y al infierno les ocurre lo mismo. ¡Guau!, me fascina Cezanne.

     Mirar un cuadro encierra siempre un acto filantrópico, de alguna manera admiramos la esencia que nos llega de otros y esto es poco común, pero también es asomarse detrás del espejo y acertar a ver lo que esconde. Explorar en lo desconocido e indómito sin entender demasiado bien donde nace la emoción que sentimos al contemplarlo, estremecerse… el arte  debe estremecernos, de no ser así; o no es arte o no hemos sabido avizorarlo. Mirar con los ojos que nunca nadie antes lo ha mirado, ruborizarnos al descubrir que delicadezas impropias en nuestro interior coinciden a veces con lo más insólito y licencioso de lo que de él percibimos.

     Recuerdo una mañana de domingo en una galería del barrio de Chamberí, en Madrid (los domingos en la mañana son ideales para ir a un museo), quería ver una temporal sobre el pintor y fotógrafo alemán Günther förg, él suele retomar signos de los grandes pintores abstractos americanos para interpretarlos libremente. La verdad es que no estaba yo demasiado entusiasmado con lo que veía, en su mayoría manchas de colores torpemente alineadas sobre blanco, líneas, garabatos, texturas guarreadas y rectángulos de un solo color. Ante las obras de arte que no entiendo, me acude pronto la sofocante sensación de no ser capaz de interpretarlas y, de alguna manera, termino agobiado y escapo de ellas con cierta frustración. Machacando mi consciencia estaba cuando en el rincón más impreciso, mi cerebro y mi corazón, es decir: mi alma, pasaron de mi y se pusieron a mirar una composición; sobre fondo amarillo ocre, resaltaban apareadas unas grandes manchas, como puntos redondos, en colores primarios (dos azules, dos verdes, dos negros y uno naranja), y destacaba la firma, escrita en tono verdoso con un pincel sucio (entiendo), colocada atípicamente en la esquina superior derecha del lienzo: “Fórg 98”. Allí estaba yo, como un pasmarote, subiéndome la emoción.

     Estas cosas son así, creo que ese cuadro amarillo con puntos de colores no me gusta nada, sin embargo, no podía dejar de mirarlo. Al salir, compre una reproducción de la dichosa obra en “post imán” que he colocado en la puerta de la nevera. No me reconozco, cada vez que me descubro embelesado, apoyado sobre la puerta cerrada del frigorífico, agarrado a la maneta, con la mirada fija en la puñetera chapa; sin poder recordar, cuando por fin vuelvo en mí, que diablos necesitaba yo del refrigerador. Realmente no sé si existe el alma, en caso de que así fuera: ¿los objetos la atesoran también?... Si estoy seguro, de que las obras de arte tienen algo especial y misterioso, casi diabólico diría; son caprichosas y jamás se dejan elegir, son ellas las que te elijen a ti.

(c) f. buendía

Acompañamos con: Jaula en el pecho - Amancio Prada



lunes, 15 de abril de 2013

La tienda de ultramarinos - El hombre sin mirada



 La tienda de ultramarinos

Mis recuerdos son antiguos, de cuando apenas era un adolescente, llevaba el pelo largo y el signo de la paz grabado sobre una rodaja de hueso que colgaba de mi cuello; trabajaba en la tienda de ultramarinos que había en la esquina, bajando la calle, y las marujas siempre me confundían con una chica.  El bacalao se cortaba a guillotina con la bacaladera y las legumbres a granel venían en sacos de arpillera que apilábamos juntando los unos con los otros en el suelo, abiertos, con la boca remangada; para después  despacharlos  ayudados  de una pequeña pala de metal que vaciábamos sobre un papel de estraza encima de la balanza. No olvidare el fuerte olor a vino y a vinagre fermentado que rezumaba de las cubas en la trastienda, mezclado  con el aroma del pimentón y la acidez de los productos de limpieza. Lo que nunca entendí es porque escaseaba tanto el azúcar, los sacos llegaban con cuentagotas y teníamos orden expresa del encargado para disimular cincuenta gramos de menos en cada pesada de a kilo, ya que el margen era muy escaso. Entonces, era tan antes como para que todas estas cosas aún existieran, pero no tan antiguo como para que los fundamentos de la modernidad que hoy conocemos, no hubieran irrumpido. Así, se daban divertidos contrastes entre las antiguas y nuevas maneras de despachar los artículos: las especias se servían a granel, pero la leche, condensada y en latas; las arenques eran exhibidas al público en cajas abiertas, más el café se consumía soluble e impecablemente envasado al vacío; los yogures y el pan Bimbo disponían de rigurosa fecha de caducidad, sin embargo los embutidos y chacinas prescribían cuando no quedaba más remedio, porque estaban demasiado secos u olían mal. Es así como era aquel tiempo ¡Caray!…

Cuando subí aquel día para comer a casa mis padres, ya conocían la noticia. La calle, prudente y asustada era un clamor callado; el dinosaurio, enfermo, por fin de viejo había muerto…  Muy cerca  en  la maquina gramófono del Bar Martos, sonaba la negra voz de metal de Roberta Flack -“Suavemente me mata con su canción”– Mientras, en el parque, un tipo acurrucaba el mechero encendido entre las cuencas de sus manos, los operarios podaban los arboles ya desnudos de hojas aligerándolos para el invierno, y una profunda zanja se abría paso calle abajo para embutir el nuevo alcantarillado. La vida seguía mientras la muerte cumplió su fin; aquellos serian los primeros cambios de una serie infinita que nos alejarían de la pesadilla adentrándonos en un vasto futuro y sin embargo nada había pasado. Los inviernos serían fríos siempre, los vientos tumbarían las mieses cada primavera, y el mármol de los portales nos refrescaría en los calurosos veranos…  el  mundo, rum, rum… seguía girando. La eterna agonía del exasperante final nos dejo tiempo para delinear nuestros anhelos y soñar con lo que vendría después, albergando una idea tal vez demasiado romántica sobre la libertad. Pero en aquel instante, era Imposible no estar expectantes ante el tenso silencio donde “todos los violinistas mantenían levantados sus arcos”.

“Un ligero ademán del director, un leve cabezazo” y el forte, súbito, nos atropellaría irremediablemente hasta el centro de la acción. El presente es como el punto de fuga de una perspectiva, es un punto impropio, situado en el infinito y que solo tiene sentido como referente para recrear la realidad, el pasado y el futuro constituyen las aristas que conforman la figura. Siempre estamos en el punto de fuga impropio, situado en el infinito, pero siempre huyendo hacia cualquier rincón de nuestra vida, la que fue o la que será. Volví por la tarde a la tienda, el mismo olor, las mismas tareas y aquel hombrecillo insignificante que lo sabía todo sobre el arte del mostrador, estúpido hasta la desesperación. Todo seguía igual en aquel rincón de mi vida, pero también allí algo había empezado a cambiar; mire a aquel necio que a fuerza de ser siempre tendero, logró ser tendero encargado al fin, y comprendí que no había más, que mi destino allí ya estaba escrito, del inminente cambio que se anunciaba en las calles yo solo podría apreciar su evolución en los embasados de los productos y la moda a través del peinado que lucirían las marujas. Las cosas pasarían en el mundo mientras yo hacia un doctorado en ultramarinos…  Arroje el cepillo de barrer al suelo y salí, gire a la izquierda y encarrilé calle arriba camino del Martos, el hombrecillo desde la esquina gritaba - ¡eh chico, ¿estás loco…? ¿Dónde vas?!  Pensé en retomar mis estudios, pensé en participar en todo aquello, el tren pasaba y no quería perderlo.

     En la maquina de discos del bar seguía la misma cantinela “Killing Me Softly With His Song”  y yo respiré aliviado… ¡carajo¡
 

     “Pedazos de mi vida narraba su canción”

La Nebulosa - F.  Buendía.

Acompañamos con:  Killing Me Softly -Roberta Flack


miércoles, 27 de marzo de 2013

Losing My Religion - El hombre sin mirada






   
Losing My Religion
         
            La deslealtad es algo que no deja a nadie satisfecho, al traicionado por razones obvias y al traidor porque siente vergüenza de su propio acto, de alguna manera cuando un individuo traiciona, se reconoce a sí mismo como un piojo.  Todos los días padecemos alguna traición pero también cada día somos piojos ¡capullos¡ pues a diario traicionamos a nuestros principios. Salí airado de su casa, me había pasado joder, pero es que me saca de quicio; él que había movido tanto, que nos hizo soñar… callado ahora, dejando que el tiempo pase, vencido… ¡Uhmm¡ renunciando ya a todo… Maldecía como un perro rabioso huyendo, renegando sin rumbo, colérico y desesperado porque no sabía si era yo el piojo o yo el traicionado. ¡Demonios¡ un tipo debe ser firme y coherente en lo que explica, fiel a quien contamina y generoso con quien cree en ti.

            Me sentía una rata por haberle dicho todo aquello y necesitaba un trago: No bebo desde la noche en que Irache me recogió deshecho de la calle y me llevo a su casa; después tuve que asistir mucho tiempo a ese puñetero programa. Fue cuando llegue de Londres, digamos que los doce años en esta ciudad no sentaron bien a mi salud. Ahora vivo con Irache y su marido, tienen una niña pequeña y me encuentro bien allí. Siempre he tenido buena mano para buscarme la vida, aunque realmente no sé hacer nada, mi facilidad con el inglés me dota de cierta utilidad para los demás. De esta manera conseguí trabajo en el centro de negocios de la Gran Vía, donde llevo un par de años; aunque no sé muy bien cuál es mi puesto real allí y me tratan como una pelandusca de aquí para allá todo el tiempo; pero al menos pagan puntualmente, no tengo que hacer concesiones al sistema y me muevo a mi aire.

            La gente es la polla, menudos valores de mierda son sus referencias, los que nunca tuvieron luces, siguen sin tenerlas; con títulos universitarios más títulos a necios. Y los que las tuvieron, se han acomodado, cediendo a los placeres y al refinamiento, son anarco-burgueses ilustrados; ahora viajan como turistas por Europa y se alojan en hoteles de lujo, asisten a la opera con ropa sport de marca que cuesta más que un traje a medida y discuten en voz alta con los sumilleres en los restaurantes ¡Damn it¡ Pensamos que la cultura y el saber nos harían libres y mejores pero ¡¿Qué ha pasado?¡ Planteamos órganos educativos extremadamente academizados que se pierden en sus propios sistemas. Dotan, en el mejor de los casos, de ciertos conocimientos que en un disco duro adicional, almacenan los universitarios en algún lugar de sus cerebros, para simplemente usarlos después como herramientas especializadas; reduciendo así la razón a un mero instrumento profesional. Insertamos datos en los cerebros, pero no formamos almas totales y libres. De manera que el que tonto fue a la guerra, tonto vuelve de ella, pero con un poco más de RAM.

            Los tradicionalismos, las costumbres, las cofradías, peñas y clubes deportivos; la estupidez y el pádel, son las bibliotecas del futuro, las pinacotecas actuales. De intenso y transcendental te acusan si decides enfocar el tema desde la emoción, o si tu opinión nace del sentimiento... Sentado junto a la barra en estas estaba cuando llego y me dijo:

            ¿Qué pasa Leo ¿todo bien?
            Si tío, disculpa lo de antes en tu casa
            ¿Lo de cuándo? Y sonrió

            Todo sucedió muy deprisa, Román puso tres vasitos sobre la barra para brindar como antes, lo empuñe sin saber qué hacía, bebimos de un golpe subiendo mucho la cabeza… Y ¡joder¡ por mi garganta entro el diablo: Cerré fuerte el puño y mantuve el tipo mientras dos placas tectónicas crujían en mis entrañas, la de siempre dormida que empezaba a rugir y la de esta misma noche viva como piedra de mechero para la yesca; apreté los ojos para no despedir fuego por ellos… ¡rediós¡ - Se despidió

Hasta luego, cuídate Leo.

     Le respondí con algún gesto que no puedo recordar, desde la puerta se giró, para mirarme y volvió a sonreír. Quede solo, Román, perro viejo, quito la botella de la barra antes de respirar, y yo en erupción salí atropellado del bar, doble la esquina como pude y estrellé mi puño aún cerrado contra la pared, más tarde supe que con el vaso todavía agarrado; comenzó a sangrarme la mano y la refugié en el bolsillo de la sudadera. Anduve no sé cuánto ni hacia donde hasta terminar en un parque en el que había otros como yo, me senté y encendí un pitillo; la sangre me hervía, rebusque en los bolsillos donde encontré algún dinero en billetes que miré sobre la mano temblorosa; mataba por una copa, los arrojé lejos hechos un arrugón y aparte enloquecido las hormigas que me corrían por la cara; saqué el cigarrillo de entre los labios y apreté con rabia su ascua contra mi tobillo desnudo, sujetándolo fuerte Allí... Como el choque de dos incendios que ahogan el oxígeno que les alimenta, se fue sofocando aquel infierno, las lágrimas apagaron mis ojos  y mi sangre se pudo  enfriar….

     Irache bajo como loca las escaleras al oírme llegar en la madrugada, se abrazó a mí sin decir nada, quise apretarla con mis manos y las abrí, en la que hasta entonces había permanecido cerrada, encontré los trozos de cristal del vaso lacerando mi carne y el coraje de aquella noche que no olvidaré jamás.

            “Ahí estoy en la esquina
            Ese soy yo en el centro de atención,
            Perdiendo mi religión” 


© f. buendía.

Acompañamos con: "Losing My Religion" - R.E.M



sábado, 16 de marzo de 2013

Flashback - El hombre sin mirada





Flashback

            Me levante tarde, el único contacto que tuve aquél día con la creación, fue cuando salí para recoger el pan a la llamada del repartidor. Era uno de esos días, cortos e interiores, ignorados; que te sobran todo el tiempo pero que por fin al irte a la cama, sientes haber perdido. Cerré la puerta con brío más intenso que mi propia intención, y resonó  un crujido metálico como telón de acero entre el mundo y yo. Entonces dudé si subir al baño para mantener un acto de autocomplacencia delírica y salvaje o abrir “Crimen y Castigo” por la página 457, donde anoche solté exánime el separador, y cerré el libro mientras Raskolnikov se preguntaba: ¿Soy un piojo como todos los demás o soy un hombre extraordinario? -  Ni siquiera el ánimo me daba para resolver la triste encrucijada planteada por el joven cismático. Me recosté sobre  el respaldo del sofá y encendí el quinto cigarrillo.

Los pasos de ella, ya con tacones, resonaban ágiles en el piso de arriba… demasiado ligera, demasiado autosuficiente… ¡Carajo! era una tormenta. Cuando hablaba, con una dicción exquisita y la mejor técnica vocal;  usaba todos los resonadores naturales posibles y cada uno de ellos en el momento más adecuado. Su voz clara se convertía en una cansina letanía  que mi cabeza no soportaba. Su naturalidad, su efectividad, esa efervescente resolución capaz de superar cualquier obstáculo con súbitas maniobras irrefrenables… apabullaba mi tremenda indolencia. Julia siempre hacia todas esas cosas que yo nunca necesitaba pero…  que en su ausencia,   tanto añoré.

Con la cabeza reposada sobre el respaldo del sofá y el cigarrillo entre  los acecinados corazón  e índice, mitad cigarrillo mitad ceniza, fui perdiendo el sentido de la realidad y terciándome hacia ese duermevela donde, cada vez más débil la banda sonora de mi vida que ella siempre interpretaba, se  desvanecía dulce y lejana… en favor de una complaciente sensación; de luz primero, luego temperatura, mas tarde  olor y.... ya estaba allí.  Real, verdadero ¡tan preciso¡  sin imágenes, sin caras, sin nombres y sin nadie, solo sentidos… el sentido de vivir por un instante todos aquellos años atrás; intenso como un Déjá vu que apenas dura… Esta grieta en lo material, este pequeño doblez en el tiempo, me asomó vertiginosamente a ese entonces que hoy recuerdo como la felicidad... Cierto como un sueño, efímero como la verdad. 

Noté una leve presión húmeda en la frente y despegué apenas los ojos para ver el rostro de Julia:

– Vuelvo tarde, hoy tengo jornada de puertas abiertas, adiós.

El teléfono sonó pero no lo descolgué. Quise regresar a mi letargo para recuperar de nuevo el extraordinario episodio y decidí tomar las riendas del asunto. Arrogante y empírico, presumí que todo suceso es gobernable, de manera que cerré los ojos dispuesto a volver al trance. Encendí otro cigarrillo mientras me reclinaba forzando la relajación, procuré concentrarme para dejar la mente en blanco… pero no pudo ser. Obnubilado entendí que todo lo extraordinario lo es, porque no lo podemos dominar. Desde entonces, el día menos pensado, quizá cuando el azar quiere, por un momento, casi siempre en la modorra de la sobremesa… vuelvo a sentir la felicidad sentado en mi salón. Mientras tanto, espero por si sucede y me afano obsesivamente buscando sensaciones parecidas: Repaso viejos escritos, miro fotografías antiguas, llamo a los amigos de antes… más nada ni nadie me brinda una copita del puñetero elixir de aquel entonces.  

Sonó de nuevo el teléfono y lo descolgué rápido para ahogar el timbre, al otro lado Diego me habló demasiado rápido, quería que repasáramos el proyecto de iluminación con el que andábamos ocupados. Le dije que no era día para iluminar nada y colgué mientras aún terminaba una frase…

– Mañana Diego, mañana…



©  f. buendía


Acompañamos con: Time de Pink Floid





viernes, 15 de febrero de 2013

Contra plano azul - El hombre sin mirada


Contra plano azul.

Se me hacía  tarde y llovía, llovía aquel martes. Desesperada, luchaba para avanzar entre la niebla que el viento movía a su antojo. Sesgada la lluvia, garreaba en mi contra, convirtiendo en una indómita fierecilla aquel puñetero paraguas azul imposible de gobernar. Mis ojos entornados, trataban de orientarse entre la nada, castigados por la intermitente luz amarillenta de un cartel que reflejada, sobre el brillante suelo mojado de la calle, ¡schweppes¡, ¡schweppes¡, camino del Lennon,

Lo vi nada más entrar, estaba junto a la ventana baboseando a aquella chiquilla morena, Luis  me saludo desde la barra y sonaba aquella manida canción. 

- ¿Por qué hemos quedado en este sitio Luis? Te dije que no me gusta, aquí no hay término medio o viejos o niños, la música es antigua y huele mal -saludé a Román-, zumo de piña, solo eso, gracias Román.

Tenía el pelo mojado, las medias empapadas y deshecha la pintura de la cara. ¡A la mierda las dos horas en casa arreglándome!, y además estaba histérica. A todos los hombres les gustan las mismas gilipolleces; garitos lúgubres, música espesa y venga hablar del ayer. 

Me lo tropecé cuando fui al baño para componerme un poco, ni siquiera se dio cuenta, iba como perdido, desencajado, tuve que apartarme para no ser atropellada. 

     ¡Caramba¡… una se pasa la adolescencia detrás del culo de un chico y la juventud pegada como una lapa a él, sin conseguir jamás la atención que necesitas, pero cuando por fin decides machar, resulta que no sabe vivir sin ti… “¿de qué nos sirve haber logrado nuestros deseos, si no alcanzamos placer ni reposo?” ¡Uff¡, la sangre me hervía. ¿Por qué quiso quedar allí el condenado Luis? y, ¿por qué yo acepté?. Soy un caso, trato de poner tierra de por medio, de dar fin a todo e iniciar un camino nuevo, pero vuelvo siempre al mismo lugar, ¿es así como somos?, ...damos vueltas en torno a nosotros mismos, siempre el mismo círculo, como seres endémicos... Yo quisiera una vida nueva en la que no representara una lacra mi vida anterior, un renacer, otra oportunidad; pero es tan difícil todo… ¡demonios¡ …solo hay un vivir y en evaluación continua, no podemos volver a empezar, debemos seguir: Y tal vez sea mejor así, solo un camino, un nuevo paso es posible gracias a todos los anteriores. 

Nos fuimos. Sin saber a dónde, no me encontraba a gusto allí, mire y vi como se tambaleaba camino de la barra, también vi que por fin me vio, cruzamos la puerta y abrí el paraguas bajo la lluvia. Hacía una noche de perros entre la que comenzamos a andar calle adelante alejándonos del Lennon. ¡Schweppes¡, ¡schweppes¡, ¡schweppes¡, …amarillo como el azufre.“Las Brujas me salieron al encuentro… su ciencia es superior a la de los mortales, quise preguntarles más, pero se deshicieron en la niebla”…  Supe entonces que me observaba desde la ventana, mantuve el paso firme, no miré atrás, me partía el corazón que se lo pudiera partir a él, sonreí y agarre el brazo de Luis. 

(c) f. buendía


Acompañamos con:  Love's away (El amor esta lejos) Ben webster







martes, 5 de febrero de 2013

El paraguas azul - El hombre sin mirada


El paraguas azul.

     Como un inglés reivindicándose a si mismo andaba yo aquella tarde. Desganao  y harto de revolotear por  casa,  baje a tomar café. Gin tonic, un dedo de Gin, después del café y dispare los malditos dardos sobre el tablero de colores trapezoidales; ¡En mi vida había yo jugado al jodido juego y heme aquí!,  me volví a la barra y le dije a Román: uno más,  llena uno más, cortito de Gin, ya sabes Román y ponla otra vez, pon otra vez Rock ´n` Roll Suicide. Me senté junto a la ventana empañada, la restregué y observe el exterior del Lennon vacio aquel martes.

     “¡Oh no amor! no estás solo,
     no importa qué o quién hayas sido,
     no importa cuando o donde has sido visto,
     todos los cuchillos parecen lacerar tu cerebro….”


     Llovía a mares ¡joder! y estaba oscureciendo, la calle gris se percibía distorsionada, irisada en amarillo por  el reflejo  de la intermitente  luz de  un cartel, ¡schweppes¡, ¡schweppes¡...  sobresaltado, me volví porque alguien a mi espalda  inquiría ¿tiene usted fuego?,  ¡¿perdón?¡,  una jovencísima chica morena me miraba muy cerca sujetando un cigarrillo entre los dedos  que apoyaba sobre sus labios apretados, a la vez que  repetía entre dientes ¿Qué si tiene usted fuego?, rasgue rápido una cerilla y se la ofrecí , gracias me dijo; no pude respirar, tenía los ojos perdidos en el culo de la morocha irreverente que ahora se alejaba, hasta que las yemas de mis dedos me hicieron respingar castigadas por la llama del fósforo que había llegado a su fin. ¡¿tiene?!…. ¡¿usted?!…. ¡pero!, ¡¿Qué pasa?!, corrí al retrete para mirarme en el espejo, ¿me ve viejo?, ¿no soy de ellos?, ¿soy un intruso en mi propio garito de to la vida?. Me dieron ganas de quitarme la ropa y salir a gritar bajo la tempestad: ¿Hay alguien que me reconozca?,  ¿soy yo este?, ¿acaso no soy yo el que anda?, ¿quién os habla?, ¿tenéis abiertos los ojos?, ¿alguien puede decirme quién soy?.... En cambio me giré hacia la barra, dame ese bourbon que por siete veces me he negado esta tarde, un Four Roses, grande, Román.

     A aquel local, que ya se me hacía extraño, lleno hasta las trancas, no acudió nadie esa tarde, ni Agu, ni Leo, ni Diego… nadie y a nadie conocía de los que estaban allí, entendí entonces que las tardes de los viernes en las que nos reuníamos tradicionalmente todos en aquel sitio, nuestra segunda casa, tan solo eran nuestras tardes de los viernes, nada más, el Lennon acogía a más moradores y Román el anfitrión, nuestro barman particular, cómplice, sonreía a otros también. ¿Todo bien? Me pregunto aquel tránsfuga cuando tropecé camino de la barra para pedir más hielos; Si, todo controlao, respondí;  y en este giro, que mis ojos, acompasando el movimiento de mi cabeza, necesitaron producir para recomponer el equilibrio, note un gesto familiar entre el tumulto que poco a poco desalojaba el bar, aquellos hombros que cruzaban la puerta colocándose el abrigo, esa decidida forma de andar que no he olvidado, el gesto de su cuello ladeando ligeramente la cabeza…  corrí a la ventana para mirar…   si, era Julia esa turbia figura  que bajo un paraguas azul, iba del brazo de otro que no era yo.  
   
     ¡Oh no amor! No estás solo. 
     Te juzgas a ti mismo, pero eres tan injusto...

(c) f. buendía


Para acompañar: David Bowie - Rock ´n` Roll Suicide