viernes, 26 de diciembre de 2014

Una última cosa


– ¡Hola John! Pasa, por favor. ¿Has venido para matarme, verdad?
– ¡Joder Brian! Siempre tan palmario.
– ¡Te estuve esperando ayer!
– No me gustan los lunes, ya lo sabes. Además, necesitaba pensar un poco.
– ¡No me jodas! ¿Tú debatiéndote entre el bien y el mal? No te hago yo... profundizando en las convenciones sociales, haciendo cábalas e intentando dar argumentos a lo que has venido a hacer. ¡Qué más da, hombre! Siempre fueron los mismos, ya los hemos oído antes.
– ¡Es triste equivocarse!
– ¡Que te follen Johnny! Lo que es triste es acertar.
– La certeza corre siempre pareja a la verdad, se fundamenta en la propia conciencia... Eso dicen.
– ¡La verdad no existe Johnny, no seas ingenuo! ¡La verdad es una entelequia! Los individuos observamos el mundo y, a través de nuestras impresiones, reconstruimos y manipulamos los hechos según nuestros propios deseos. La falsedad y la verdad no se dan pues en las cosas como si lo bueno fuera siempre verdadero y lo malo, irremediablemente falso. Ya deberías saberlo. Pero… ¡Apúrate Bastardo! Yo en tu lugar ya habría matado por lo menos a diez.
– Es cierto ¡Basta ya de cháchara!
– ¿Podría pedirte una última cosa?
– Adelante, Brian
– ¡Bésame el culo, cabrón!
– ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!


La Nebulosa - © Jp del Río


LHDM- La vida no vale nada (Camino de Guanajuato)

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jueves, 25 de diciembre de 2014

Tan claro




Me han parecido más recargadas las luces de navidad este año, con demasiados colores, filigraneras y faltas de gusto pero deslumbrantes; ¡caray¡ barrocos somos siempre en la decadencia. El bullicio, las idas y venidas en el paseo, los niños con sus regalos flamantes, la actitud decidida de sus padres, los nuevos propósitos, el balance del año… ¡joder¡ que claro lo tienen.

Nunca he conseguido tener nada tan claro, más dudo si es virtud o defecto ¿no es prejuiciar? ¿tener la respuesta antes que la pregunta? ¿simplificar tal vez demasiado? ¿crear patrones, clichés para no dudar? Pobres de los que piensan y dudan, quieren y no pueden, desean y no van; sin determinar tampoco su renuncia a nada porque querer quisieran y de desear no se cansan.

No ha sacado para mi ningún sobre el camarero, uno veinte fue su sentencia dándome la vuelta mientras retiraba el servicio. Cruzando la calle me he unido al río humano y girado como una noria bajo el abigarrado alumbrado del paseo, ahora de vuelta a casa con el espíritu renovado sé, tengo claro que nada es mejor y que lo mejor puede pasar.



© f. buendía


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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Time


El abuelo Buendía 


Si a mi abuelo, frente al pelotón de fusilamiento, le hubieran explicado que muchos años después, en una biznieta suya correría sangre negra… habría sonreído y muerto reconfortado aunque perdiendo toda importancia los principios por los que caía.

Es curioso, el domingo en la sobremesa reparé en el detalle de que mi madre,  mi hija, mi nieta mulata y yo; convivíamos en la más natural escena costumbrista. Fue en el segundo café y superado el sopor de después de la comida cuando hice la cuenta: mi madre nació en 1927 y mi nieta según la esperanza de vida media actual, podría alcanzar a vivir hasta el año 2095 ¡diablos¡ ninguna de ellas, ni mi madre ni mi nieta podrían entender las épocas de principio de una y de fin de la otra, imposible hacerse  siquiera la idea. Sin embargo una tarde de primavera, en mi casa, todas juntas tomamos café mientras la chiquilla  jugaba con su “Denadoor” personal a error o acierto  ¡casi dos siglos de existencia¡       

He salido a pasear con Sultán ya tarde a la puesta del sol, por este pequeño camino que rodea al cerro alto y he mirado al valle ¿Cuántos otros lo habrán mirado? ¿nos reconoce el valle?  ¿hay consciencia en el río del tiempo? ¿y de a quién moja? …¿qué somos para el tiempo, y para esta tierra? ¿Cómo habríamos sido de tocarnos vivir otro momento? ¿Qué tipo de impresionista  hubiese sido Leonardo en el Paris de finales del XIX o Cézanne en pleno Cinquecento? ¿Quién yo “con ojos neutros como los de  Norma Jean”? …somos esclavos de nuestro tiempo.

Es cierto que el paisaje se deja hacer y ya no se ven campos, si no parcelas delineadas, vemos el paisaje del trabajo, de hileras de olivos, y de pantanos, de luces y caminos que llevan a todas partes.

El abuelo Buendía era demasiado viejo para ir al frente y demasiado joven para morir pero sin embargo murió, encarcelado después de la guerra, un rápido juicio sumarísimo y fusilado en el paredón del cementerio. Nadie ha contado nunca porqué, para nosotros es un misterio, silencio siempre al respecto; sabemos de él porque mi padre debió de tener también un padre y por el retrato absurdamente colocado en el dormitorio grande, que cuelga aún de la pared entre el pequeño hueco de apenas treinta centímetros frente al costado del armario ¡bárbaro¡ Es una de esas fotos en las que se manifiesta la imagen al centro de un óvalo difuminado en su borde y que predice al retratado ya difunto; camisa blanca sin corbata abotonada hasta el cuello, chaqueta gris, la cara ligeramente girada con respecto al cuerpo y una marca longitudinal sobre las arrugas frontales divide claramente la tez oscura y soleada  de la calavera pálida ya casi calva… de días de labor.

Sultán tira tozudo con fuerza de la cadena y he tenido que aligerar el paso de vuelta a casa, perro de costumbres obsesionado con la vuelta como con la salida, se diría que un reloj también mide su tiempo, que le corre prisa lo por venir.  Algún día heredaré supongo ese cuadro de un hombre silenciado y escondido al que no conozco y del que nada se, pero del que seguramente algo de lo que en él hubo, llegó a mí.

  

© Edith Lasal