lunes, 21 de octubre de 2013

Inercia

       Estúpidamente me fui sin despedirme de ti esta mañana. No olvidé lavarme los dientes, incluso tome el café cotidiano; recogí las llaves, el encendedor, el sombrero y acaricié a Napoleón antes de salir a la calle... pero, estúpido de mí, me olvide de ti.

         Ahora sé que tampoco tú has venido a verme esta tarde. 



La Nebulosa - F. Buendía.

Pintura - Giuseppe De Nittis





miércoles, 16 de octubre de 2013

Imágenes de usted



Bonito día, no hace falta que ojees tanto a tu alrededor, ni que te quejes siempre del mal tiempo; ¡Mira este día, es espléndido! El gris uniforme y tu alma cayendo sobre la hierba mojada… cae sobre la tierra, es fascinante. Bonito día, ¿no lo ves? Tu alma cae y tú eres un puto pesimista, ¿no te das cuenta? ¡Es un día espléndido joder!

Miramos tu absurdo cuerpo sujetando ridículamente el paraguas vuelto y nos ruborizamos por tu mal gusto. ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿Caer desde ahí arriba…? Levantamos las cabezas firmes y orgullosos, nadie falsía nuestro abolengo. ¡Nadie cae de esa estúpida manera! Escupimos sobre tus despojos repudiando la sustancia que dejas, con nuestras gabardinas abiertas orinamos al viento, giramos bajo el indefectible paraguas negro y te abandonamos. ¡Es un día perfecto!

Juntos ocupamos montañas, unidos somos uno, medimos la distancia que nos separa y marchamos inmutables. Percibimos la turbación de los que nos ven pasar cerca y notamos como se apartan. ¡Aleluya, damos miedo!  ¡Gris, gris…! como la sombra gris, del cielo gris y la mar…  En lo más profundo del hombre; plomo gris, pesado y ácido, en tus ojos grises, luceros de la noche parda, que todo lo vuelven sombra;  como tu alma… cayendo desocupada sobre la hierba, incapaz de ti.

Circunspectos seres que se dirigen con solemnidad artificial y mecánica; carne y sesos con sapiencia conquistada someten su autonomía a disciplinas articuladas; piezas de la bestia comunal, conocimiento programado, musculo adiestrado, herramienta colectiva. ¿Qué órdenes obedecemos, mi vida...? Es fácil si conoces tu tiempo y te organizan la tarea, es cómodo obedecer. Soy un hombre gris con gabardina gris que porta un imponente paraguas negro, ¿dónde está el tuyo?; miembro viejo en la cuna de los hombres grises, los que dan miedo, fuertes como el acero, como mi alma fría, gris… perdida.

Sobre la mesa con los brazos apoyados y la barbilla dejada caer en el envés de mis manos entrelazadas, observo la maestría con que mamá extiende la masa. El aroma a anís, el azúcar, la harina…  Se acerca la navidad y prepara sus deliciosos rosquillos rajados, fritos en aceite de oliva y espolvoreados con azúcar. ¡Exquisitos, recién salidos de la sartén! Me da uno, y esconde fuentes repletas de ellos en las partes altas de los armarios; donde nadie pueda alcanzar, donde nadie pueda hurtarlos. Mamá me enseño así la grandeza de los momentos importantes, la ansiedad de esperarlos, la excitación de vivirlos… la resignación para no malgastarlos.

Ahora marcho bajo la lluvia, aunque no me reconozcas yo soy uno de ellos. Mis pasos son firmes y sé hacia donde camino; firme voy y sé a dónde me dirijo. Caminando cruzo el mundo, “como un cuadro en su pared pegado y que nada tiene que hacer salvo seguir colgado”.

(c) f.  buendía.









martes, 15 de octubre de 2013

La línea de Kàrmán



        Era enérgico y era extraño, era lóbrego como un agujero de gusano; a veces éramos tres y otras parecía que fuéramos cuatro. Pero nadie socorría y, en ocasiones, resultaba esforzado abarcar tanta curvatura y tanto espacio. Sorprendentemente, todo cuanto en la proximidad comparecía esquivo o convulso, en la distancia se manifestaba dócil y sosegado. Una vez más, nos pareció estar a salvo, pero entonces la salamandra mordió el hocico de la bestia y la línea de Kàrmán confundió su equilibrio. Fuimos arrastrados hacia un porvenir incierto y, el destino, nos alcanzó sin compasión.

La Nebulosa - © Jp del Río



Acompañamos con el Trailer de la película "Soylent Green", de Richard Fleischer (1973),
conocida en España como: "Cuando el destino nos alcance". 


viernes, 4 de octubre de 2013

¡Escúchame!



¡Escúchame  tú!

Echa una moneda dentro del sombrero, atrévete ¡joder! Yo canto y tu pones monedas en mi sombrero, así es como funciona ¡Eh, siempre ha sido así! En las noches me meto en la cama y sueño con cantar, tocar mi guitarra y cantar, es mi sueño; pero cuando me duermo vuelve la pesadilla, veo ese puto sombrero vacío y te veo a ti pasar. Las horas corren, la calle es larga y por allí transitan demasiados como tú. Luego reúno lo que hay dentro del gorro, pago lo que necesito para vivir y sueño, soporto esa estúpida pesadilla una vez más, duermo lo que puedo y salgo a cantar. Esta es la cuestión, ¡carajo! Sueño lo que quiero y padezco lo que hago… ¿tienes una moneda? ¡Eh tú!

La Nebulosa - F. Buendía 

Interferencias



No guardes nubes en el armario, pues cada corbata, cada camisa que necesites, los calcetines de todas las mañanas, evocaran tus viejas tormentas… ¿Recuerdas aquella tarde en las escaleras de la casa que hacia esquina con el colegio, en Mágina? Las horas pasaban solo para que las usáramos; las cigarras zumbaban cansinas, el calor nos derretía, los viejos roncaban desde sus portales abiertos, pero nosotros vivíamos sin importarnos las siestas. Sentados con la espalda echada sobre la columna de ladrillo rojo, nuestras mentes bullían escapándose hacia todos los cardinales, buscando la orientación que nos acercara a nuestra forma de entender la cosas.

Mi amigo Barceló  me dijo una vez que a una sombra, sobre todo, no le debe faltar nunca la luz, y a tu sombra hace tanto que le faltas tú… Anoche pase por la vieja esquina y me quise sentar, fumar un pitillo y recordar aquellos tiempos; al acercarme descubrí que aquel ya no era mi sitio, que ese lugar no existe más que en mi memoria. Me sentí decepcionado, defraudado por una parte de mi vida que creía mía por siempre y que hoy me recibió extraña y esquiva… Mohíno huí de allí, espantado, amarga mi garganta escupí al viento desafiante y el viento tan solo me devolvió saliva ¿Quién guarda nuestras vidas? ¿Quién cuida tu sombra amigo? ¿Cuándo perdimos aquella esquina?

Interferencias son vuestras caras hoy, acercándose a mí constantemente, interrumpiendo por un instante, cada vez que emergen, mi rutina. Lo que ayer fue todo, hogaño es un mal contacto, un parásito estacionario instalado en mi razón que, a duras penas encuentro, si es que lo necesito. Sin embargo, cuando él quiere aparece como si antes fuera ahora… “Tenéis que dejar de producir interferencias en mi corazón”.

Una lamparilla de carburo te dejo, con la que he cuidado tu sombra amigo.

La Nebulosa - F. Buendía

Acompañamos con: Enrique Morente, Voces Búlgaras & Lagartija Nick - Campanas por el poeta


jueves, 3 de octubre de 2013

"¿Dónde pongo lo hallado?"


"¿Dónde pongo lo hallado?"

       A veces me siento pequeño, no os preocupéis, no pasa nada, me gusta; solo digo que a veces, me pasa. No entiendo muy bien porque y cuando ¡yo que he sido grande!, pues a veces me pasa. Es todo a mi alrededor tan desmesurado, tan energético, tan bravo, tan cruel es todo cuando te paras… El mundo es como subir por las escaleras mecánicas de bajada, si eres lo suficiente rápido y vigoroso podrías vencer su inercia y progresar sobre ellas, pero si te paras y descansas… bajas; el mundo te traga. Es así porque así lo hemos debido querer, y porque así hemos querido que fuera. Sin embargo, cuando me siento pequeño, me siento bien porque me siento ajeno, no culpable, afuera, y os puedo ver.

La Nebulosa - F. Buendía


Acompañamos con: ¿Qué hago ahora? - Silvio Rodríguez



viernes, 19 de julio de 2013

Ellos le llaman Socho.

Como un adiós en la isla de Gorée sonó aquella despedida, volvió la cabeza desde la barcaza extendiendo la  mirada rápida y furtiva, recogió los ojos hacia el suelo y se hizo a la mar. Rumbo a un futuro lleno de agua en busca de la otra orilla, orilla con otra vida, vida incierta en  deseado futuro, futuro con toda la mar detrás y aquella orilla y todos los recuerdos y el pasado de otra vida, más allá del agua, allí, atrás… Dicen que llegó sonriendo mientras apretaba una ramita entre los dientes blanquísimos; ellos le llaman Socho, la raíz de un arbusto - Tamarix Africana -  ideal para la higiene dental. Y sonreía a la vez que se encerraba en un tímido gesto ladeando la cara hasta chocarla contra su hombro que al mismo tiempo encogía, como queriendo, pudoroso, ocultar lo manifiesto. En un visaje y la insinuación de una palabra, explicaba más que mi más largo discurso. Después se irguió y caminó sobre la arena de la playa cansado e inseguro pero digno, adentrándose en el futuro. A su espalda la barca, la orilla, la mar y la otra orilla…  su otra vida; delante todo lo demás. Aunque lo parecía, no era un dios, pero era el segundo mejor. 

La Nebulosa - F. Buendía

Acompañamos con:  Biko - Peter Gabriel



jueves, 13 de junio de 2013

Éste es mi Reino.

Aquí, en este lugar que me ha escogido, descuento mis días. Soy el dueño, quien ordena abrevar los caballos. De oro es mi lecho y mis ropas de esmeraldas y piedras preciosas ensartadas. El mar, rendido, capituló entregándome su color que lo guardé en mis ojos. Mis cabellos morenos son engalanados con tintes áuricos que me traen del mismo sol.

Cuando yo paso ante mí se arrodillan. Cuanto yo anhelo poseo. Mis tierras se extienden mucho más allá que el horizonte. Con el trigo de mis graneros se alimentarían siete veces los pueblos de la tierra.

Me adornan, me acicalan, alrededor mío todo es lisonja. El té me lo sirven mis esposas -mujeres, las más bellas, nacidas en los oasis del desierto-; en tazas de oro macizo decoradas con rubís, llegadas a mí en ofrenda desde los confines de la Tierra. Reyes, zares, emperadores y príncipes de todo el mundo se postran ante mi caballo. Mis ejércitos, alimentados con la mejor harina y los más sabrosos corderos someten, saquean, aniquilan, derrotan…  Soy el amo.

Por ti entregaría mi Fortaleza, mis tierras, quemaría mis graneros. Dormiría en un lecho de paja y vestiría con harapos. Si me lo pidieras disolvería mis ejércitos y me arrodillaría ante mis enemigos. Toma cuanto quieras pero no te marches, no me dejes o llévame contigo.

La Nebulosa - Leandro Bastón.

Acompañamos con: Anouar Brahem, Jan Garbarek & Ustad Shaukat Hussain - "Qaws"


jueves, 9 de mayo de 2013

El Museo - El hombre sin mirada







El Museo

     Mirar un cuadro en un museo es lo más cercano a la idea que me infundieron sobre cómo sería el cielo; aséptico, muy iluminado, silencioso..., nunca se sabe si entenderás lo que vas a encontrar allí, además sospechas que desde cualquier rincón hay ojos que te vigilan. Has abandonado ya tu cuerpo y es tu alma quien viaja entre galerías observando las obras expuestas. ¡Rayos! lo del alma no lo consigo entender del todo, siempre he creído que es la parte de nosotros que piensa y que siente… Imagino a mi cerebro y mi corazón, unidos entre sí, por un… yo no sé qué, que sin necesidad de chasis, merodea por los pasillos del cielo hasta enterarse de cómo está montado aquello. En realidad, ¿qué aspecto deberíamos tener en el cielo?

     Y así es como yo funciono en los museos, me desconecto del cuerpo, es decir, mi cuerpo va pero como que no le hago mucho caso, los sentidos conectan de forma directa (emoción-corazón-cerebro), sin pagar peaje. Nada de me duele aquí, estoy oyendo esto que dice la audio guía pero además pongo atención a lo que dice el vecino, ¿dónde está el servicio?... No, uno está pendiente de lo que esta. Y, si realmente estás centrado en lo que estás, entonces se origina una verdadera comunión entre la obra y tu percepción. Has de verte muy obligado para perder la alianza establecida entre el arte y tú mismo, o tu alma, o tu cerebro, o tu corazón... El atracón no es bueno y suele sacarnos del trance ya que a menudo sucede que nos quieren enseñar o queremos ver demasiado en poco tiempo, escuchar al erudito de al lado también nos hace perder la concentración porque nos arrastra al desconsuelo… ¡En mi vida voy a ver las cosas que dice este tipo que observa en ese cuadro! ¡¿Pero dónde ve él eso?! ¡Joder! Consiguen complicarlo…  es lo malo que tienen los eruditos. Lo bueno es que saben mucho, y te dan envidia sana, lo malo es que saben mal y te dan jodido ardor.

     ¡Caramba! somos ridículos hasta llegar al paroxismo. ¿Por qué mezclamos todas las cosas?  ¿Qué necesidad tiene uno de estar pensando en el cielo para mirar un cuadro?... Ahora  miraba “Naturaleza muerta con cajón abierto” de  Paul Cezanne  ¿Dónde está el cielo en este cuadro?, me preguntaba  y… ¡carajo!, lo estaba tocando. Si existe el cielo está ahí, en ese pequeño lienzo de Cezanne…  ¡Uhm!, el Alma, el Corazón, el Cerebro, el Arte… el Cielo.

     Me fui al bar y pedí una copa, para aderezar el gazpacho que tenía liado, miré a los que allí habían, era gente, ¿cómo decirlo? una selección de lo selecto. Selecto en el buen sentido de la palabra… ¡Puñetas! si hay de verdad un cielo, quiero que estén todos estos cuando a mí me toque; tan bien, tan atraviesan el mundo para ver lo que sea de mérito, tan interesados, tan interesantes, tan… tan cultos. ¿Y si me toca el infierno? ¡Caray!, qué le vamos a hacer, que estén, por favor, todos también. Ya nos las arreglaremos. Uno en un museo se siente bien, a gusto, como en la cama junto a otro cuerpo caliente, cuando tan solo somos una panza que se infla y desinfla y que se engurruñe agarrando a quien tiene al lado para huir del espanto. El consuelo, invariablemente, es una cama donde se reúnen dos seres aterrados fundidos en un abrazo. El arte, como sentimiento, se origina inmediatamente después del abrazo. Y como creación, en ausencia de este, al cielo y al infierno les ocurre lo mismo. ¡Guau!, me fascina Cezanne.

     Mirar un cuadro encierra siempre un acto filantrópico, de alguna manera admiramos la esencia que nos llega de otros y esto es poco común, pero también es asomarse detrás del espejo y acertar a ver lo que esconde. Explorar en lo desconocido e indómito sin entender demasiado bien donde nace la emoción que sentimos al contemplarlo, estremecerse… el arte  debe estremecernos, de no ser así; o no es arte o no hemos sabido avizorarlo. Mirar con los ojos que nunca nadie antes lo ha mirado, ruborizarnos al descubrir que delicadezas impropias en nuestro interior coinciden a veces con lo más insólito y licencioso de lo que de él percibimos.

     Recuerdo una mañana de domingo en una galería del barrio de Chamberí, en Madrid (los domingos en la mañana son ideales para ir a un museo), quería ver una temporal sobre el pintor y fotógrafo alemán Günther förg, él suele retomar signos de los grandes pintores abstractos americanos para interpretarlos libremente. La verdad es que no estaba yo demasiado entusiasmado con lo que veía, en su mayoría manchas de colores torpemente alineadas sobre blanco, líneas, garabatos, texturas guarreadas y rectángulos de un solo color. Ante las obras de arte que no entiendo, me acude pronto la sofocante sensación de no ser capaz de interpretarlas y, de alguna manera, termino agobiado y escapo de ellas con cierta frustración. Machacando mi consciencia estaba cuando en el rincón más impreciso, mi cerebro y mi corazón, es decir: mi alma, pasaron de mi y se pusieron a mirar una composición; sobre fondo amarillo ocre, resaltaban apareadas unas grandes manchas, como puntos redondos, en colores primarios (dos azules, dos verdes, dos negros y uno naranja), y destacaba la firma, escrita en tono verdoso con un pincel sucio (entiendo), colocada atípicamente en la esquina superior derecha del lienzo: “Fórg 98”. Allí estaba yo, como un pasmarote, subiéndome la emoción.

     Estas cosas son así, creo que ese cuadro amarillo con puntos de colores no me gusta nada, sin embargo, no podía dejar de mirarlo. Al salir, compre una reproducción de la dichosa obra en “post imán” que he colocado en la puerta de la nevera. No me reconozco, cada vez que me descubro embelesado, apoyado sobre la puerta cerrada del frigorífico, agarrado a la maneta, con la mirada fija en la puñetera chapa; sin poder recordar, cuando por fin vuelvo en mí, que diablos necesitaba yo del refrigerador. Realmente no sé si existe el alma, en caso de que así fuera: ¿los objetos la atesoran también?... Si estoy seguro, de que las obras de arte tienen algo especial y misterioso, casi diabólico diría; son caprichosas y jamás se dejan elegir, son ellas las que te elijen a ti.

(c) f. buendía

Acompañamos con: Jaula en el pecho - Amancio Prada



viernes, 26 de abril de 2013

El hombre analógico (3ª entrega)




Doce horas más tarde, una nave Lone Fighter con un solo tripulante, partía del hangar táctico de la Galactic Voyager, en vuelo programado, con dirección a Coleria; un pequeño planeta localizado en NGC-2403, una galaxia espiral perteneciente a la constelación de Camelopardalis.

Ramiro, plácidamente acomodado en la carlinga de la Lone Fighter, por fin se sentía a sus anchas. Disfrutaba de una magistral e inigualable visión del cosmos, y estaba solo. El viaje duraría unas 14 horas, indicaba el display del ordenador de navegación, pero enseguida comprendió que merecería la pena hasta el último minuto. Pocos eran los hombres que, procedentes de mundos inferiores habían tenido la oportunidad de contemplar tanta enormidad y belleza, tanta verdad y fundamento. Parecía imposible estar más cerca del cielo.

Ramiro tenía una teoría; así como era posible la coexistencia simultánea de varios universos en un mismo espacio, los multiversos. De la misma forma, era posible la existencia de mundos superpuestos. Habitados por personas, aparentemente iguales, pero calidad diferente; con formas de pensar, de vivir y de hacer diferentes. Y no era lo mismo, claro que no, aseguraba Ramiro, pertenecer a unos u otros; todos hacemos nuestras necesidades por semejantes partes y, casi con toda seguridad, de la misma manera, eso es un axioma. Pero esto no nos convierte en iguales, ¡para nada! Que puede importarle a alguien que se desplaza por el universo a bordo de su particular y superexclusiva nave interestelar, se desayuna en la Tierra, almuerza en Europa (una de las cuatro principales lunas de Júpiter, se entiende), y toma el té con su concubina en cualquier microplaneta exclusivo de Alpha Centauri, mientras cierra negocios de millones de euros a través de su conexión personal de entrelazamientos cuánticos, un pobre y miserable descontado de la telúrica New World City, sin oficio ni beneficio, y que sobrevive, merodeando a diario, junto con su madre y hermano en una oscura y reducida casa-contenedor de renta concertada. 

Embelesado, la cabeza apoyada sobre el cristal de una de las ventanas de la nave y regocijado en su melancolía, Ramiro saboreaba satisfecho la totalidad del espacio y del tiempo, y se admiraba complacido flotando sobre la propia materia y energía que había dado origen a todo lo conocido y nos acompañaba desde el mismísimo Big Bang. Le sorprendió que, contrariamente a lo que había interpretado de pequeño, cuando aún era posible escrutar el firmamento desde la tierra; el universo no era negro, sino de un color café-cortado cósmico maravilloso. Y le dio que pensar, como, al observar el universo desde dentro, la conclusión primera a que se podía llegar, era que estaba incomprensiblemente vacío, es decir; que estaba compuesto por muy poca materia. Miríadas de estrellas, rutilantes, acudían a su encuentro auxiliadas por el impulso excepcional del reactor CSTR que propulsaba la nave. Y celebraba y aplaudía la luminosidad reflectante, el colorido y las caprichosas formas de cúmulos, nubes de gas y cuerpos celestes, fantásticos, que refulgían con ímpetu por sobre la lobreguez extraordinaria de la antimateria. Y…  se felicitaba por estar allí.

Sumergido en esta quietud extraordinaria, y dejándose llevar por tan fantástico espectáculo, Ramiro se dejó vencer por una placentera modorra, su cabeza iba de un lugar a otro, y necesito acordarse de su casa y de su gente. Se acordó primero de su madre que debió quedar esperándolo el día en que se marchó improvisadamente, hace ya casi una semana. Pobre mujer –reflexiono–, abandonada, ajena, combatida… ¿quedaría esperando serena, como Penélope?, o ¿buscaría consuelo en su otro hijo?, que era todo cuanto aun le anclaba a tan desconsiderada existencia. Entonces, se acordó también de su hermano, algunos años menor, para el que, de alguna manera, había ejercido de protector y custodia, y siempre había llevado de reata cuando eran pequeños. Porque cuando Ramiro era pequeño, el mundo también era pequeño, y diferente y las cosas eran distintas, y su familia, como otras, había disfrutado de un cálido y armonioso hogar… Otros tiempos, en definitiva, que de pronto acudían a su memoria en una transitoria sucesión de imágenes que se negaban, no obstante, a detenerse el tiempo suficiente que permitiera fijarlas y consolidarlas. Como pájaros, que revolotean erráticos, atrapados en un confinado lugar, sin encontrar escapatoria. Incapaces, en su desesperado afán de sosegarse, posarse un segundo y ponderar… y continúan así indómitos hasta que caen fatigados o noqueados. Tan imposible como intentar dominar un sueño. …padre regresa pronto del trabajo; grande y fuerte, zalamero y colmado de requiebros para mamá. Y trae algo escondido a su espalda, algo que después de besarnos y saludarnos nos descubre; un pequeño ingenio de madera que el mismo ha construido para nosotros. La lluvia, vertical y generosa, riega los campos de un mundo verde todavía, y los ríos recorren la tierra ávidos de océano… no muy lejos de casa transita uno, lento a veces, otros menos, y se complace componiendo eventuales meandros. Es por la tarde y padre nos lleva a bañar, junto a los sauces, como otras veces. Y allí estamos, entusiasmados, mi hermano y yo, con nuestros trajes de baño preferidos; rojo el suyo, azul el mío, amarrados ambos por la cintura a sendos cabos de una misma cuerda, adentrándonos confiados desde la orilla, pues al otro extremo, él vigila la corriente...

Una relumbrante luz azulada, comenzó a parpadear en un dispositivo de "grafeno" que Ramiro portaba en su muñeca izquierda, formaba parte del equipamiento personal con el que había sido dotado instantes antes de su partida. La luz, unida a una machacona y acompasada alarma acústica increíblemente infame, consiguieron sacar a Ramiro del marasmo en el que se encontraba sumergido. Se trataba de una conexión cuántica, que procedente del planeta Génova, solicitaba conformidad. Ramiro, aturdido todavía, se incorporó sobre el asiento, se froto los ojos con los nudillos y procedió a soltar el artilugio de su muñeca, tal y como le habían explicado. Una vez en sus manos, comprobó que aquel invento, estaba fabricado con un material extraordinariamente delgado y flexible, lo desplegó y, sin dificultad, el cacharro adopto la forma de una pantalla plana y transparente de 15”. Perplejo, apretó el botón “enter” que no dejaba de parpadear y voila; un tipo flemático y de cara circunspecta apareció ante sus narices. En realidad, se trataba de un holograma de González uno de los consejeros principales de Aguirre. El mismo que, algunas horas antes, le había despedido en el hangar táctico de la Galactic, deseándole buen viaje e indicándole que no intentara adelantar acontecimientos, que en breve tendría noticias suyas. Y… efectivamente, de una u otra manera, el tipo había cumplido su palabra.

González transmitía instrucciones precisas a Ramiro acerca del trabajo que este debería realizar, una vez, su nave se hubiera posado sobre el planeta Coleria. Cosa que ocurriría en unos 35 minutos, según indicaba el display de navegación.

–Sr. Spoleta, esperamos que el viaje haya sido de su agrado –González, siempre sobrio, hablaba en plural mayestático.

– ¡Gracias!, es usted muy amable, González  ¡El viaje ha sido fantástico! No obstante, hay que decir que tengo un poco de hambre. La comida deshidratada no es mala, ¿sabe? Pero…  como que no me deja satisfecho.

– ¡Ya! En 30 minutos aproximadamente, usted estará en Coleria y tendrá oportunidad de reponerse de la travesía, no tenga cuidado. Sin embrago, una vez saciadas sus necesidades primarias, le recuerdo que estamos aquí por razones de trabajo.

– ¡Disculpe, González! Soy todo oído.

– ¡Mucho mejor! Vamos a ver, es esta una cuestión cabal y delicada, ¿sabe usted...? Pongamos que se trata de un asunto de higiene –dijo González utilizando un eufemismo–, ¡ya me entiende! Su trabajo, por tanto, consistirá en una operación de erradicación y limpieza. Por supuesto, Sr. Spoleta, esperamos actúe de forma resuelta y contundente. Creo que de esto, entiende usted algo...

– ¿Hablamos de descontados, o nos referimos a gente y armatostes? –quiso puntualizar Ramiro.

No era frecuente, en estos días, encontrar grupos humanos que supusieran un riesgo real para la organización. Exceptuando, naturalmente, a traidores y conspiradores afectos a las grandes oligarquías dominantes, la mayor parte de humanos que aún subsistían, lo hacían en unas condiciones pésimas de salubridad y sustento. Mal alimentados, dispersos y sin formación, vagabundeaban mansamente esparcidos por toda la confederación planetaria, siendo objeto de todo tipo de abusos y arbitrariedades. Niños, adultos y viejos –los menos–, sucumbían a diario en la vía pública, y sus cadáveres, retirados por unidades de reciclado de residuos M-PO, eran conducidos a plantas de biomasa de alto rendimiento donde eran incinerados.


– Eso, a nuestro parecer, Sr. Spoleta, no tiene mayor trascendencia. ¡Por favor! Céntrese y ponga atención, estas son sus instrucciones: en Coleria, existe un movimiento activista y de agitación conocido como los “Indignati”, que han hecho del lugar su baluarte y santuario. Amparados en una legislación laxa y autónoma, consecuencia del estatus marginal de este planeta –Coleria es miembro agregado, pero no de hecho, de la Organización de Planetas Unidos y Solventes (OPUS), y por extensión, exento de tratado de extradición con la Confederación Planetaria–, y bendecidos por una más que interesada condescendencia de sus dirigentes, estos perroflauticos activistas, que salen, golpean y se guarecen de nuevo con total impunidad y confianza, han llegado a convertirse en un verdadero grano en el culo para el sistema. En fin, lo que usted debe hacer es infiltrarse en el grupo y ganarse la amistad y confianza de algunos de sus miembros. Una vez conseguido esto, su misión será exacta; localizar y eliminar a “Mecánico”, líder del movimiento. ¿Todo claro hasta aquí?

– ¡Cristalino! –respondió Ramiro que no salía de su asombro–. ¿En serio, alguien había  organizado algo así?  –se interrogó fascinado.

– Una vez se encuentre en la plataforma de atraque de Coleria –prosiguió González– , uno de nuestros colaboradores, le estará esperando. Él le facilitara cuanto precise y le ayudara a insertarse en el entorno. A partir de aquí, estará solo, ¡ya lo sabe! Confiamos en que sea capaz de llevar a cabo un trabajo limpio y elegante. El precio que pagamos por él, no es para menos.

– ¡Quédese tranquilo, González! Seguro que será de su agrado.


Continuara…



La Nebulosa - © Edy



Never - Orbital




lunes, 15 de abril de 2013

La tienda de ultramarinos - El hombre sin mirada



 La tienda de ultramarinos

Mis recuerdos son antiguos, de cuando apenas era un adolescente, llevaba el pelo largo y el signo de la paz grabado sobre una rodaja de hueso que colgaba de mi cuello; trabajaba en la tienda de ultramarinos que había en la esquina, bajando la calle, y las marujas siempre me confundían con una chica.  El bacalao se cortaba a guillotina con la bacaladera y las legumbres a granel venían en sacos de arpillera que apilábamos juntando los unos con los otros en el suelo, abiertos, con la boca remangada; para después  despacharlos  ayudados  de una pequeña pala de metal que vaciábamos sobre un papel de estraza encima de la balanza. No olvidare el fuerte olor a vino y a vinagre fermentado que rezumaba de las cubas en la trastienda, mezclado  con el aroma del pimentón y la acidez de los productos de limpieza. Lo que nunca entendí es porque escaseaba tanto el azúcar, los sacos llegaban con cuentagotas y teníamos orden expresa del encargado para disimular cincuenta gramos de menos en cada pesada de a kilo, ya que el margen era muy escaso. Entonces, era tan antes como para que todas estas cosas aún existieran, pero no tan antiguo como para que los fundamentos de la modernidad que hoy conocemos, no hubieran irrumpido. Así, se daban divertidos contrastes entre las antiguas y nuevas maneras de despachar los artículos: las especias se servían a granel, pero la leche, condensada y en latas; las arenques eran exhibidas al público en cajas abiertas, más el café se consumía soluble e impecablemente envasado al vacío; los yogures y el pan Bimbo disponían de rigurosa fecha de caducidad, sin embargo los embutidos y chacinas prescribían cuando no quedaba más remedio, porque estaban demasiado secos u olían mal. Es así como era aquel tiempo ¡Caray!…

Cuando subí aquel día para comer a casa mis padres, ya conocían la noticia. La calle, prudente y asustada era un clamor callado; el dinosaurio, enfermo, por fin de viejo había muerto…  Muy cerca  en  la maquina gramófono del Bar Martos, sonaba la negra voz de metal de Roberta Flack -“Suavemente me mata con su canción”– Mientras, en el parque, un tipo acurrucaba el mechero encendido entre las cuencas de sus manos, los operarios podaban los arboles ya desnudos de hojas aligerándolos para el invierno, y una profunda zanja se abría paso calle abajo para embutir el nuevo alcantarillado. La vida seguía mientras la muerte cumplió su fin; aquellos serian los primeros cambios de una serie infinita que nos alejarían de la pesadilla adentrándonos en un vasto futuro y sin embargo nada había pasado. Los inviernos serían fríos siempre, los vientos tumbarían las mieses cada primavera, y el mármol de los portales nos refrescaría en los calurosos veranos…  el  mundo, rum, rum… seguía girando. La eterna agonía del exasperante final nos dejo tiempo para delinear nuestros anhelos y soñar con lo que vendría después, albergando una idea tal vez demasiado romántica sobre la libertad. Pero en aquel instante, era Imposible no estar expectantes ante el tenso silencio donde “todos los violinistas mantenían levantados sus arcos”.

“Un ligero ademán del director, un leve cabezazo” y el forte, súbito, nos atropellaría irremediablemente hasta el centro de la acción. El presente es como el punto de fuga de una perspectiva, es un punto impropio, situado en el infinito y que solo tiene sentido como referente para recrear la realidad, el pasado y el futuro constituyen las aristas que conforman la figura. Siempre estamos en el punto de fuga impropio, situado en el infinito, pero siempre huyendo hacia cualquier rincón de nuestra vida, la que fue o la que será. Volví por la tarde a la tienda, el mismo olor, las mismas tareas y aquel hombrecillo insignificante que lo sabía todo sobre el arte del mostrador, estúpido hasta la desesperación. Todo seguía igual en aquel rincón de mi vida, pero también allí algo había empezado a cambiar; mire a aquel necio que a fuerza de ser siempre tendero, logró ser tendero encargado al fin, y comprendí que no había más, que mi destino allí ya estaba escrito, del inminente cambio que se anunciaba en las calles yo solo podría apreciar su evolución en los embasados de los productos y la moda a través del peinado que lucirían las marujas. Las cosas pasarían en el mundo mientras yo hacia un doctorado en ultramarinos…  Arroje el cepillo de barrer al suelo y salí, gire a la izquierda y encarrilé calle arriba camino del Martos, el hombrecillo desde la esquina gritaba - ¡eh chico, ¿estás loco…? ¿Dónde vas?!  Pensé en retomar mis estudios, pensé en participar en todo aquello, el tren pasaba y no quería perderlo.

     En la maquina de discos del bar seguía la misma cantinela “Killing Me Softly With His Song”  y yo respiré aliviado… ¡carajo¡
 

     “Pedazos de mi vida narraba su canción”

La Nebulosa - F.  Buendía.

Acompañamos con:  Killing Me Softly -Roberta Flack


jueves, 11 de abril de 2013

El monstruo que alimentamos


Había una vez un país, no muy lejano, que estaba habitado por gentes de diferentes saberes y hablaban diferentes idiomas. Estas gentes, convivían felices y en cierta armonía con una despiadada e insaciable alimaña que engullía euros sin encontrar nunca hartazgo. Habían llegado a un acuerdo tácito; los hombres le llevarían cuantos euros fueran capaces de reunir, a cambio, la bestia, le prestaría unos pocos cuando alguno de ellos necesitara comprar algo. Posteriormente, los hombres devolverían lo prestado más un canon. Con esto, la bestia aseguraba su continuidad y alimento, mientras los hombres se procuraban una vida más fácil. 

Paso el tiempo y vieron los hombres que aquello era bueno, lo que hizo que se relajaran y tomaran confianza. La bestia, sabiéndose cada vez menos vigilada, comenzó a hacer y deshacer más a su antojo. Tanto fue así, que en su delirio, un día empezó a perder el control, ávida de euros, y comenzó a devorar todo cuanto encontraba a su paso, amenazaba con no dejar títere con cabeza. Como consecuencia, el tinglado que habían montado los hombres se vino abajo y, el país, sus gentes, comenzaron a sufrir todo tipo de penurias y calamidades (hambre, frío, enfermedades, atraso, abandono, deudas…). Alguna gente, los más resueltos y avispados, decidieron escapar a otros lugares en busca de mejor fortuna. No en vano, los sabios y gobernantes de estos pueblos, habían decidido que la culpa de todo era de unos díscolos e ingobernables habitantes que vivían en el sur, junto al Mediterráneo. Unos alocados e imprudentes pueblos que gastaban sin medida y gustaban de vivir siempre de fiesta, sin buscar euros para saciar a la bestia.

Ellos decían:

- ¡Gentes de mal vivir!, ¡ese no es el camino! Vosotros sois los culpables de que la fiera se haya descontrolado… ¡Hay que trabajar más! (eso sí, nadie les facilitaba trabajo). ¡Mirad las hormiguitas!; hay que gastar menos y guardar un poco.

Según decían ellos, ese era el comportamiento ejemplar, así se comportaban “los buenos” y, era a estos, a quienes había que imitar.

Entonces, para que estas gentes aprendieran la lección y esto nunca más volviera a repetirse, decidieron escarmentarlos. En adelante, no tendrían bienestar (les quitaron la educación, la sanidad, las becas para que estudiaran sus hijos, sus casas, dejaron de ayudar a los mayores, de construirles carreteras, les quitaron a sus investigadores, etc.). Todo estaba justificado, pues era necesario reunir muchos euros para calmar el apetito voraz de la fiera (un tal “Mercado” decían). Pero el plan no resulto, y la desconsiderada alimaña siempre estaba insatisfecha. Así que, nuevamente se reunieron los sabios y nuevamente se preguntaron:

- ¿Qué hacemos ahora, de dónde lo sacamos…? 

Y decidieron que el único camino era ir también a por los “los buenos”, no había más remedio. Había que sacrificar también a los que; con tesón, trabajo y una vida de dedicación, habían conseguido reunir algunos ahorros. Pero, estas gentes, no tenían deudas, no bailaban, no iban de fiesta y, eso sí, habían dado de comer puntualmente a la bestia. Incluso, se habían beneficiado de algunos de sus despojos a cambio. 

Daba igual, ya nadie estaba a salvo.

Y… este es el cuento de nunca acabar, pues la bestia aún no se ha atiborrado.

La Nebulosa - © Edy
Ilustración: Zdzislaw Beksinski