Estúpidamente me fui sin despedirme de ti
esta mañana. No olvidé lavarme los dientes, incluso tome el café cotidiano;
recogí las llaves, el encendedor, el sombrero y acaricié a Napoleón antes de
salir a la calle... pero, estúpido de mí, me olvide de ti.
Ahora sé que tampoco tú has venido a verme
esta tarde.
Bonito día, no hace falta que ojees tanto a tu alrededor, ni que te quejes siempre del mal tiempo; ¡Mira este día, es espléndido! El gris uniforme y tu alma cayendo sobre la hierba mojada… cae sobre la tierra, es fascinante. Bonito día, ¿no lo ves? Tu alma cae y tú eres un puto pesimista, ¿no te das cuenta? ¡Es un día espléndido joder!
Miramos tu absurdo cuerpo sujetando ridículamente el paraguas vuelto y nos ruborizamos por tu mal gusto. ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿Caer desde ahí arriba…? Levantamos las cabezas firmes y orgullosos, nadie falsía nuestro abolengo. ¡Nadie cae de esa estúpida manera! Escupimos sobre tus despojos repudiando la sustancia que dejas, con nuestras gabardinas abiertas orinamos al viento, giramos bajo el indefectible paraguas negro y te abandonamos. ¡Es un día perfecto!
Juntos ocupamos montañas, unidos somos uno, medimos la distancia que nos separa y marchamos inmutables. Percibimos la turbación de los que nos ven pasar cerca y notamos como se apartan. ¡Aleluya, damos miedo! ¡Gris, gris…! como la sombra gris, del cielo gris y la mar… En lo más profundo del hombre; plomo gris, pesado y ácido, en tus ojos grises, luceros de la noche parda, que todo lo vuelven sombra; como tu alma… cayendo desocupada sobre la hierba, incapaz de ti.
Circunspectos seres que se dirigen con solemnidad artificial y mecánica; carne y sesos con sapiencia conquistada someten su autonomía a disciplinas articuladas; piezas de la bestia comunal, conocimiento programado, musculo adiestrado, herramienta colectiva. ¿Qué órdenes obedecemos, mi vida...? Es fácil si conoces tu tiempo y te organizan la tarea, es cómodo obedecer. Soy un hombre gris con gabardina gris que porta un imponente paraguas negro, ¿dónde está el tuyo?; miembro viejo en la cuna de los hombres grises, los que dan miedo, fuertes como el acero, como mi alma fría, gris… perdida.
Sobre la mesa con los brazos apoyados y la barbilla dejada caer en el envés de mis manos entrelazadas, observo la maestría con que mamá extiende la masa. El aroma a anís, el azúcar, la harina… Se acerca la navidad y prepara sus deliciosos rosquillos rajados, fritos en aceite de oliva y espolvoreados con azúcar. ¡Exquisitos, recién salidos de la sartén! Me da uno, y esconde fuentes repletas de ellos en las partes altas de los armarios; donde nadie pueda alcanzar, donde nadie pueda hurtarlos. Mamá me enseño así la grandeza de los momentos importantes, la ansiedad de esperarlos, la excitación de vivirlos… la resignación para no malgastarlos.
Ahora marcho bajo la lluvia, aunque no me reconozcas yo soy uno de ellos. Mis pasos son firmes y sé hacia donde camino; firme voy y sé a dónde me dirijo. Caminando cruzo el mundo, “como un cuadro en su pared pegado y que nada tiene que hacer salvo seguir colgado”.
Era enérgico y era extraño, era lóbrego como un agujero de gusano; a veces éramos tres y otras parecía que fuéramos cuatro. Pero nadie socorría y, en ocasiones, resultaba esforzado abarcar tanta curvatura y tanto espacio. Sorprendentemente, todo cuanto en la proximidad comparecía esquivo o convulso, en la distancia se manifestaba dócil y sosegado. Una vez más, nos pareció estar a salvo, pero entonces la salamandra mordió el hocico de la bestia y la línea de Kàrmán confundió su equilibrio. Fuimos arrastrados hacia un porvenir incierto y, el destino, nos alcanzó sin compasión.
Echa una
moneda dentro del sombrero, atrévete ¡joder! Yo canto y tu pones monedas en mi
sombrero, así es como funciona ¡Eh, siempre ha sido así! En las
noches me meto en la cama y sueño con
cantar, tocar mi guitarra y cantar, es mi sueño; pero cuando me duermo vuelve la pesadilla, veo ese puto sombrero
vacío y te veo a ti pasar. Las horas corren, la calle es larga y por allí
transitan demasiados como tú. Luego
reúno lo que hay dentro del gorro, pago lo que necesito para vivir y sueño,
soporto esa estúpida pesadilla una vez más, duermo lo que puedo y salgo a cantar. Esta es la cuestión, ¡carajo! Sueño lo que quiero y padezco lo que hago…
¿tienes una moneda? ¡Eh tú!
No guardes nubes en el armario, pues cada corbata,
cada camisa que necesites, los calcetines de todas las mañanas, evocaran tus viejas tormentas… ¿Recuerdas
aquella tarde en las escaleras de la casa que hacia esquina con el colegio, en
Mágina? Las horas pasaban solo para que
las usáramos; las cigarras zumbaban cansinas,
el calor nos derretía, los viejos roncaban desde sus portales abiertos, pero
nosotros vivíamos sin importarnos las siestas. Sentados con la espalda echada sobre la columna de ladrillo rojo, nuestras
mentes bullían escapándose hacia todos
los cardinales, buscando la orientación que nos acercara a nuestra forma de
entender la cosas.
Mi amigo Barceló me dijo una vez que a una sombra, sobre todo, no le
debe faltar nunca la luz, y a tu sombra hace tanto que le faltas tú… Anoche
pase por la vieja esquina y me quise sentar, fumar un pitillo y recordar
aquellos tiempos; al acercarme descubrí
que aquel ya no era mi sitio, que ese lugar no existe más que en mi
memoria. Me sentí decepcionado,
defraudado por una parte de mi vida que creía mía por siempre y que hoy me
recibió extraña y esquiva… Mohíno huí de allí, espantado, amarga mi garganta escupí al viento desafiante
y el viento tan solo me devolvió saliva ¿Quién
guarda nuestras vidas? ¿Quién cuida tu sombra amigo? ¿Cuándo perdimos aquella
esquina?
Interferencias son vuestras caras hoy, acercándose a mí constantemente, interrumpiendo por un
instante, cada vez que emergen, mi rutina. Lo que ayer fue todo, hogaño es un mal
contacto, un parásito estacionario instalado en mi razón que, a duras penas encuentro, si es que lo necesito. Sin embargo, cuando él quiere aparece como si antes fuera ahora… “Tenéis que dejar de
producir interferencias en mi corazón”.
Una lamparilla de carburo te dejo, con la que he
cuidado tu sombra amigo.
La Nebulosa - F. Buendía
Acompañamos con: Enrique Morente, Voces Búlgaras & Lagartija Nick - Campanas por el poeta
"¿Dónde pongo lo hallado?" A veces me siento pequeño, no os preocupéis, no
pasa nada, me gusta; solo digo que a veces, me pasa. No entiendo muy bien porque
y cuando ¡yo que he sido grande!, pues a veces me pasa. Es todo a mi alrededor
tan desmesurado, tan energético, tan bravo, tan cruel es todo cuando te paras…
El mundo es como subir por las escaleras mecánicas de bajada, si eres lo
suficiente rápido y vigoroso podrías vencer su inercia y progresar sobre ellas, pero si te paras y descansas… bajas; el
mundo te traga. Es así porque así lo hemos debido querer, y porque así hemos
querido que fuera. Sin embargo, cuando me siento pequeño, me siento bien porque
me siento ajeno, no culpable, afuera, y os puedo ver.
Como un adiós en la
isla de Gorée sonó aquella despedida, volvió la cabeza desde la barcaza extendiendo la mirada rápida y furtiva, recogió los ojos
hacia el suelo y se hizo a la mar. Rumbo a un futuro lleno de agua en busca de
la otra orilla, orilla con otra vida, vida incierta endeseado futuro, futuro con toda la mar detrás
y aquella orilla y todos los recuerdos y el pasado de otra vida, más allá del
agua, allí, atrás… Dicen que llegó sonriendo mientras apretaba una ramita entre
los dientes blanquísimos; ellos le llaman Socho, la raíz de un arbusto - Tamarix
Africana - ideal para la higiene dental.
Y sonreía a la vez que se encerraba en un tímido gesto ladeando la cara hasta
chocarla contra su hombro que al mismo tiempo encogía, como queriendo,
pudoroso, ocultar lo manifiesto. En un visaje y la insinuación de una palabra,
explicaba más que mi más largo discurso. Después se irguió y caminó sobre la
arena de la playa cansado e inseguro pero digno, adentrándose en el futuro. A su espalda la
barca, la orilla, la mar y la otra orilla…su otra vida; delante todo lo demás. Aunque lo parecía, no era un dios,
pero era el segundo mejor.
Aquí, en este lugar que me ha escogido, descuento mis días. Soy el dueño, quien ordena abrevar los caballos. De oro es mi lecho y mis ropas de esmeraldas y piedras preciosas ensartadas. El mar, rendido, capituló entregándome su color que lo guardé en mis ojos. Mis cabellos morenos son engalanados con tintes áuricos que me traen del mismo sol.
Cuando yo paso ante mí se arrodillan. Cuanto yo anhelo poseo. Mis tierras se extienden mucho más allá que el horizonte. Con el trigo de mis graneros se alimentarían siete veces los pueblos de la tierra.
Me adornan, me acicalan, alrededor mío todo es lisonja. El té me lo sirven mis esposas -mujeres, las más bellas, nacidas en los oasis del desierto-; en tazas de oro macizo decoradas con rubís, llegadas a mí en ofrenda desde los confines de la Tierra. Reyes, zares, emperadores y príncipes de todo el mundo se postran ante mi caballo. Mis ejércitos, alimentados con la mejor harina y los más sabrosos corderos someten, saquean, aniquilan, derrotan… Soy el amo.
Por ti entregaría mi Fortaleza, mis tierras, quemaría mis graneros. Dormiría en un lecho de paja y vestiría con harapos. Si me lo pidieras disolvería mis ejércitos y me arrodillaría ante mis enemigos. Toma cuanto quieras pero no te marches, no me dejes o llévame contigo.
Mirar un cuadro en un museo es lo más cercano a la idea que
me infundieron sobre cómo sería el cielo; aséptico, muy iluminado, silencioso..., nunca se sabe si entenderás lo que vas a encontrar allí, además sospechas que
desde cualquier rincón hay ojos que te vigilan. Has abandonado ya tu cuerpo y
es tu alma quien viaja entre galerías observando las obras expuestas. ¡Rayos! lo
del alma no lo consigo entender del todo, siempre he creído que es la parte de
nosotros que piensa y que siente… Imagino a mi cerebro y mi corazón, unidos
entre sí, por un… yo no sé qué, que sin necesidad de chasis, merodea por los
pasillos del cielo hasta enterarse de cómo está montado aquello. En realidad,
¿qué aspecto deberíamos tener en el cielo?
Y así es como yo funciono en los museos, me desconecto del
cuerpo, es decir, mi cuerpo va pero como que no le hago mucho caso, los sentidos
conectan de forma directa (emoción-corazón-cerebro), sin pagar peaje. Nada de me
duele aquí, estoy oyendo esto que dice la audio guía pero además pongo atención
a lo que dice el vecino, ¿dónde está el servicio?... No, uno está pendiente de
lo que esta. Y, si realmente estás centrado en lo que estás, entonces se
origina una verdadera comunión entre la obra y tu percepción. Has de verte muy
obligado para perder la alianza establecida entre el arte y tú mismo, o tu
alma, o tu cerebro, o tu corazón... El atracón no es bueno y suele sacarnos del
trance ya que a menudo sucede que nos quieren enseñar o queremos ver demasiado
en poco tiempo, escuchar al erudito de al lado también nos hace perder la
concentración porque nos arrastra al desconsuelo… ¡En mi vida voy a ver las
cosas que dice este tipo que observa en ese cuadro! ¡¿Pero dónde ve él eso?! ¡Joder!
Consiguen complicarlo… es lo malo que
tienen los eruditos. Lo bueno es que saben mucho, y te dan envidia sana, lo
malo es que saben mal y te dan jodido ardor.
¡Caramba! somos ridículos hasta llegar al paroxismo. ¿Por
qué mezclamos todas las cosas? ¿Qué
necesidad tiene uno de estar pensando en el cielo para mirar un cuadro?...
Ahora miraba “Naturaleza
muerta con cajón abierto” de Paul Cezanne
¿Dónde está el cielo en este cuadro?, me
preguntaba y… ¡carajo!, lo estaba tocando.
Si existe el cielo está ahí, en ese pequeño lienzo de Cezanne… ¡Uhm!, el Alma, el Corazón, el Cerebro, el
Arte… el Cielo.
Me
fui al bar y pedí una copa, para aderezar el gazpacho que tenía liado, miré a
los que allí habían, era gente, ¿cómo decirlo? una selección de lo selecto. Selecto
en el buen sentido de la palabra… ¡Puñetas! si hay de verdad un cielo, quiero
que estén todos estos cuando a mí me toque; tan bien, tan atraviesan el mundo
para ver lo que sea de mérito, tan interesados, tan interesantes, tan… tan
cultos. ¿Y si me toca el infierno? ¡Caray!, qué le vamos a hacer, que estén,
por favor, todos también. Ya nos las arreglaremos. Uno en un museo se siente
bien, a gusto, como en la cama junto a otro cuerpo caliente, cuando tan solo
somos una panza que se infla y desinfla y que se engurruñe agarrando a quien
tiene al lado para huir del espanto. El consuelo, invariablemente, es una cama
donde se reúnen dos seres aterrados fundidos en un abrazo. El arte, como
sentimiento, se origina inmediatamente después del abrazo. Y como creación, en
ausencia de este, al cielo y al infierno les ocurre lo mismo. ¡Guau!, me
fascina Cezanne.
Mirar un cuadro encierra siempre un acto
filantrópico, de alguna manera admiramos la esencia que nos llega de otros y
esto es poco común, pero también es asomarse detrás del espejo y acertar a ver
lo que esconde. Explorar en lo desconocido e indómito sin entender demasiado
bien donde nace la emoción que sentimos al contemplarlo, estremecerse… el arte debe estremecernos, de no ser así; o no es
arte o no hemos sabido avizorarlo. Mirar con los ojos que nunca nadie antes lo
ha mirado, ruborizarnos al descubrir que delicadezas impropias en nuestro
interior coinciden a veces con lo más insólito y licencioso de lo que de él
percibimos.
Recuerdo una mañana de domingo en una
galería del barrio de Chamberí, en Madrid (los domingos en la mañana son
ideales para ir a un museo), quería ver una temporal sobre el pintor y
fotógrafo alemán Günther förg, él suele retomar signos de los grandes pintores
abstractos americanos para interpretarlos libremente. La verdad es que no
estaba yo demasiado entusiasmado con lo que veía, en su mayoría manchas de
colores torpemente alineadas sobre blanco, líneas, garabatos, texturas
guarreadas y rectángulos de un solo color. Ante las obras de arte que no
entiendo, me acude pronto la sofocante sensación de no ser capaz de
interpretarlas y, de alguna manera, termino agobiado y escapo de ellas con
cierta frustración. Machacando mi consciencia estaba cuando en el rincón más
impreciso, mi cerebro y mi corazón, es decir: mi alma, pasaron de mi y se
pusieron a mirar una composición; sobre fondo amarillo ocre, resaltaban apareadas unas
grandes manchas, como puntos redondos, en colores primarios (dos azules, dos
verdes, dos negros y uno naranja), y destacaba la firma, escrita en tono
verdoso con un pincel sucio (entiendo), colocada atípicamente en la esquina
superior derecha del lienzo: “Fórg 98”. Allí
estaba yo, como un pasmarote, subiéndome la emoción.
Estas
cosas son así, creo que ese cuadro amarillo con puntos de colores no me gusta
nada, sin embargo, no podía dejar de mirarlo. Al salir, compre una reproducción
de la dichosa obra en “post imán” que
he colocado en la puerta de la nevera. No me reconozco, cada vez que me
descubro embelesado, apoyado sobre la puerta cerrada del frigorífico, agarrado
a la maneta, con la mirada fija en la puñetera chapa; sin poder recordar, cuando
por fin vuelvo en mí, que diablos necesitaba yo del refrigerador. Realmente no
sé si existe el alma, en caso de que así fuera: ¿los objetos la atesoran
también?... Si estoy seguro, de que las obras de arte tienen algo especial y
misterioso, casi diabólico diría; son caprichosas y jamás se dejan elegir, son
ellas las que te elijen a ti.
(c) f. buendía
Acompañamos con: Jaula en el pecho - Amancio Prada
Doce horas más tarde, una nave Lone Fighter con un solo tripulante,
partía del hangar táctico de la Galactic Voyager, en vuelo programado, con
dirección a Coleria; un pequeño planeta localizado en NGC-2403, una galaxia
espiral perteneciente a la constelación de Camelopardalis.
Ramiro, plácidamente acomodado en la carlinga de la Lone Fighter, por fin
se sentía a sus anchas. Disfrutaba de una magistral e inigualable visión del cosmos,
y estaba solo. El viaje duraría unas 14 horas, indicaba el display del
ordenador de navegación, pero enseguida comprendió que merecería la pena hasta
el último minuto. Pocos eran los hombres que, procedentes de mundos inferiores habían
tenido la oportunidad de contemplar tanta enormidad y belleza, tanta verdad y
fundamento. Parecía imposible estar más cerca del cielo.
Ramiro tenía una teoría; así como era posible la coexistencia simultánea
de varios universos en un mismo espacio, los multiversos. De la misma forma, era
posible la existencia de mundos superpuestos. Habitados por personas,
aparentemente iguales, pero calidad diferente; con formas de pensar, de vivir y de hacer diferentes. Y no era lo mismo, claro que no, aseguraba Ramiro, pertenecer
a unos u otros; todos hacemos nuestras
necesidades por semejantes partes y, casi con toda seguridad, de la misma
manera, eso es un axioma. Pero esto no nos convierte en iguales, ¡para nada! Que
puede importarle a alguien que se desplaza por el universo a bordo de su particular
y superexclusiva nave interestelar, se desayuna en la Tierra, almuerza en Europa
(una de las cuatro principales lunas de Júpiter, se entiende), y toma el té con
su concubina en cualquier microplaneta exclusivo de Alpha Centauri, mientras cierra
negocios de millones de euros a través de su conexión personal de
entrelazamientos cuánticos, un pobre y miserable descontado de la telúrica New
World City, sin oficio ni beneficio, y que sobrevive, merodeando a diario, junto
con su madre y hermano en una oscura y reducida casa-contenedor de renta concertada.
Embelesado, la cabeza apoyada sobre el cristal de una de las ventanas de
la nave y regocijado en su melancolía, Ramiro saboreaba satisfecho la totalidad
del espacio y del tiempo, y se admiraba complacido flotando sobre la propia materia
y energía que había dado origen a todo lo conocido y nos acompañaba desde el
mismísimo Big Bang. Le sorprendió que, contrariamente a lo que había interpretado
de pequeño, cuando aún era posible escrutar el firmamento desde la tierra; el
universo no era negro, sino de un color café-cortado cósmico maravilloso. Y le
dio que pensar, como, al observar el universo desde dentro, la conclusión primera a que se podía llegar, era que estaba
incomprensiblemente vacío, es decir; que estaba compuesto por muy poca materia. Miríadas de estrellas, rutilantes, acudían a su encuentro auxiliadas por
el impulso excepcional del reactor CSTR que propulsaba la nave. Y celebraba y
aplaudía la luminosidad reflectante, el colorido y las caprichosas formas de cúmulos,
nubes de gas y cuerpos celestes, fantásticos, que refulgían con ímpetu por
sobre la lobreguez extraordinaria de la antimateria. Y… se felicitaba por estar allí.
Sumergido en esta quietud extraordinaria, y dejándose llevar por tan
fantástico espectáculo, Ramiro se dejó vencer por una placentera modorra, su
cabeza iba de un lugar a otro, y necesito acordarse de su casa y de su gente.
Se acordó primero de su madre que debió quedar esperándolo el día en que se marchó
improvisadamente, hace ya casi una semana. Pobre
mujer –reflexiono–, abandonada, ajena,
combatida… ¿quedaría esperando serena, como Penélope?, o ¿buscaría consuelo en
su otro hijo?, que era todo cuanto aun le anclaba a tan desconsiderada existencia.
Entonces, se acordó también de su hermano, algunos años menor, para el que, de
alguna manera, había ejercido de protector y custodia, y siempre había llevado
de reata cuando eran pequeños. Porque cuando Ramiro era pequeño, el mundo también era pequeño, y diferente y las cosas eran distintas, y su familia, como otras, había disfrutado
de un cálido y armonioso hogar… Otros tiempos, en definitiva, que de pronto acudían
a su memoria en una transitoria sucesión de imágenes que se negaban, no obstante,
a detenerse el tiempo suficiente que permitiera fijarlas y consolidarlas. Como
pájaros, que revolotean erráticos, atrapados en un confinado lugar, sin
encontrar escapatoria. Incapaces, en su desesperado afán de sosegarse, posarse
un segundo y ponderar… y continúan así indómitos hasta que caen fatigados o noqueados. Tan imposible como intentar dominar un sueño. …padre regresa pronto del trabajo; grande y fuerte, zalamero y colmado de
requiebros para mamá. Y trae algo escondido a su espalda, algo que después de besarnos
y saludarnos nos descubre; un pequeño ingenio de madera que el mismo ha
construido para nosotros. La lluvia, vertical y generosa, riega los campos de
un mundo verde todavía, y los ríos recorren la tierra ávidos de océano… no muy
lejos de casa transita uno, lento a veces, otros menos, y se complace componiendo
eventuales meandros. Es por la tarde y padre nos lleva a bañar, junto a los sauces,
como otras veces. Y allí estamos, entusiasmados, mi hermano y yo, con nuestros
trajes de baño preferidos; rojo el suyo, azul el mío, amarrados ambos por la
cintura a sendos cabos de una misma cuerda, adentrándonos confiados desde la
orilla, pues al otro extremo, él vigila la corriente...
Una relumbrante luz azulada, comenzó a parpadear en un dispositivo de "grafeno" que Ramiro portaba en su muñeca izquierda, formaba parte del equipamiento
personal con el que había sido dotado instantes antes de su partida. La luz, unida
a una machacona y acompasada alarma acústica increíblemente infame,
consiguieron sacar a Ramiro del marasmo en el que se encontraba sumergido. Se
trataba de una conexión cuántica, que procedente del planeta Génova, solicitaba
conformidad. Ramiro, aturdido todavía, se incorporó sobre el asiento, se froto
los ojos con los nudillos y procedió a soltar el artilugio de su muñeca, tal y
como le habían explicado. Una vez en sus manos, comprobó que aquel invento,
estaba fabricado con un material extraordinariamente delgado y flexible, lo desplegó y, sin dificultad, el cacharro adopto la forma de una pantalla plana y transparente
de 15”. Perplejo, apretó el botón “enter” que no dejaba de parpadear y voila; un tipo flemático y de cara circunspecta apareció ante
sus narices. En realidad, se trataba de un holograma de González uno de los consejeros
principales de Aguirre. El mismo que, algunas horas antes, le había despedido
en el hangar táctico de la Galactic, deseándole buen viaje e indicándole que no
intentara adelantar acontecimientos, que en breve tendría noticias suyas. Y…
efectivamente, de una u otra manera, el tipo había cumplido su palabra.
Gonzáleztransmitía instrucciones precisas a Ramiro acerca del trabajo
que este debería realizar, una vez, su nave se hubiera posado sobre el planeta
Coleria. Cosa que ocurriría en unos 35 minutos, según indicaba el display de
navegación.
–Sr. Spoleta, esperamos que el viaje haya sido de su agrado –González,
siempre sobrio, hablaba en plural mayestático.
– ¡Gracias!, es usted muy amable, González ¡El viaje ha sido fantástico!
No obstante, hay que decir que tengo un poco de hambre. La comida deshidratada
no es mala, ¿sabe? Pero…como que no me
deja satisfecho.
– ¡Ya! En 30 minutos aproximadamente, usted estará en Coleria y tendrá
oportunidad de reponerse de la travesía, no tenga cuidado. Sin embrago, una vez
saciadas sus necesidades primarias, le recuerdo que estamos aquí por razones de
trabajo.
– ¡Disculpe, González! Soy todo oído.
– ¡Mucho mejor! Vamos a ver, es esta una cuestión cabal y delicada, ¿sabe usted...? Pongamos que se trata de un asunto de higiene –dijo González utilizando un
eufemismo–, ¡ya me entiende! Su trabajo, por tanto, consistirá en una operación de erradicación
y limpieza. Por supuesto, Sr. Spoleta, esperamos actúe de forma resuelta y
contundente. Creo que de esto, entiende usted algo...
– ¿Hablamos de descontados, o nos referimos a gente y armatostes? –quiso puntualizar
Ramiro.
No era frecuente, en estos días, encontrar grupos humanos que supusieran
un riesgo real para la organización. Exceptuando, naturalmente, a traidores y
conspiradores afectos a las grandes oligarquías dominantes, la mayor parte de
humanos que aún subsistían, lo hacían en unas condiciones pésimas de salubridad
y sustento. Mal alimentados, dispersos y sin formación, vagabundeaban mansamente esparcidos por toda la confederación planetaria, siendo objeto de todo tipo de abusos y arbitrariedades.
Niños, adultos y viejos –los menos–, sucumbían a diario en la vía pública, y
sus cadáveres, retirados por unidades de reciclado de residuos M-PO, eran
conducidos a plantas de biomasa de alto rendimiento donde eran incinerados.
– Eso, a nuestro parecer, Sr. Spoleta, no tiene mayor trascendencia. ¡Por
favor! Céntrese y ponga atención, estas son sus instrucciones: en Coleria, existe un
movimiento activista y de agitación conocido como los “Indignati”, que han
hecho del lugar su baluarte y santuario. Amparados en una legislación laxa y
autónoma, consecuencia del estatus marginal de este planeta –Coleria es miembro
agregado, pero no de hecho, de la Organización de Planetas Unidos y Solventes
(OPUS), y por extensión, exento de tratado de extradición con la Confederación Planetaria–,
y bendecidos por una más que interesada condescendencia de sus dirigentes, estos
perroflauticos activistas, que salen, golpean y se guarecen de nuevo con total impunidad
y confianza, han llegado a convertirse en un verdadero grano en el culo para el
sistema. En fin, lo que usted debe hacer es infiltrarse en el grupo y ganarse
la amistad y confianza de algunos de sus miembros. Una vez conseguido esto, su
misión será exacta; localizar y eliminar a “Mecánico”, líder del movimiento. ¿Todo
claro hasta aquí?
– ¡Cristalino! –respondió Ramiro que no salía de su asombro–. ¿En serio,
alguien había organizado algo así? –se
interrogó fascinado.
– Una vez se encuentre en la plataforma de atraque de Coleria –prosiguió González– , uno de nuestros colaboradores, le estará esperando. Él le facilitara
cuanto precise y le ayudara a insertarse en el entorno. A partir de aquí,
estará solo, ¡ya lo sabe! Confiamos en que sea capaz de llevar a cabo un trabajo limpio
y elegante. El precio que pagamos por él, no es para menos.
– ¡Quédese tranquilo, González! Seguro que será de su agrado.
Mis
recuerdos son antiguos, de cuando apenas era un adolescente, llevaba el pelo
largo y el signo de la paz grabado sobre una rodaja de hueso que colgaba de mi
cuello; trabajaba en la tienda de ultramarinos que había en la esquina, bajando
la calle, y las marujas siempre me confundían con una chica. El bacalao se cortaba a guillotina con la
bacaladera y las legumbres a granel venían en sacos de arpillera que apilábamos
juntando los unos con los otros en el suelo, abiertos, con la boca remangada;
para después despacharlos ayudados de una pequeña pala de metal que vaciábamos sobre
un papel de estraza encima de la balanza. No olvidare el fuerte olor a vino y a
vinagre fermentado que rezumaba de las cubas en la trastienda, mezclado con el aroma del pimentón y la acidez de los
productos de limpieza. Lo que nunca entendí es porque escaseaba tanto el azúcar,
los sacos llegaban con cuentagotas y teníamos orden expresa del encargado para
disimular cincuenta gramos de menos en cada pesada de a kilo, ya que el margen
era muy escaso. Entonces, era tan antes como para que todas estas cosas aún
existieran, pero no tan antiguo como para que los fundamentos de la modernidad que
hoy conocemos, no hubieran irrumpido. Así, se daban divertidos contrastes entre
las antiguas y nuevas maneras de despachar los artículos: las especias se
servían a granel, pero la leche, condensada y en latas; las arenques eran
exhibidas al público en cajas abiertas, más el café se consumía soluble e
impecablemente envasado al vacío; los yogures y el pan Bimbo disponían de
rigurosa fecha de caducidad, sin embargo los embutidos y chacinas prescribían cuando
no quedaba más remedio, porque estaban demasiado secos u olían mal. Es así como
era aquel tiempo ¡Caray!…
Cuando
subí aquel día para comer a casa mis padres, ya conocían la noticia. La calle,
prudente y asustada era un clamor callado; el dinosaurio, enfermo, por fin de
viejo había muerto… Muy cerca en la
maquina gramófono del Bar Martos, sonaba la negra voz de metal de Roberta Flack
-“Suavemente me mata con su canción”– Mientras, en el parque, un tipo
acurrucaba el mechero encendido entre las cuencas de sus manos, los operarios
podaban los arboles ya desnudos de hojas aligerándolos para el invierno, y una
profunda zanja se abría paso calle abajo para embutir el nuevo alcantarillado.
La vida seguía mientras la muerte cumplió su fin; aquellos serian los primeros
cambios de una serie infinita que nos alejarían de la pesadilla adentrándonos
en un vasto futuro y sin embargo nada había pasado. Los inviernos serían fríos
siempre, los vientos tumbarían las mieses cada primavera, y el mármol de los
portales nos refrescaría en los calurosos veranos… el mundo, rum, rum… seguía girando. La eterna
agonía del exasperante final nos dejo tiempo para delinear nuestros anhelos y
soñar con lo que vendría después, albergando una idea tal vez demasiado
romántica sobre la libertad. Pero en aquel instante, era Imposible no estar expectantes
ante el tenso silencio donde “todos los violinistas mantenían levantados sus
arcos”.
“Un
ligero ademán del director, un leve cabezazo” y el forte, súbito, nos atropellaría
irremediablemente hasta el centro de la acción. El presente es como el punto de
fuga de una perspectiva, es un punto impropio, situado en el infinito y que
solo tiene sentido como referente para recrear la realidad, el pasado y el
futuro constituyen las aristas que conforman la figura. Siempre estamos en el
punto de fuga impropio, situado en el infinito, pero siempre huyendo hacia
cualquier rincón de nuestra vida, la que fue o la que será. Volví por la tarde
a la tienda, el mismo olor, las mismas tareas y aquel hombrecillo
insignificante que lo sabía todo sobre el arte del mostrador, estúpido hasta la
desesperación. Todo seguía igual en aquel rincón de mi vida, pero también allí
algo había empezado a cambiar; mire a aquel necio que a fuerza de ser siempre
tendero, logró ser tendero encargado al fin, y comprendí que no había más, que
mi destino allí ya estaba escrito, del inminente cambio que se anunciaba en las
calles yo solo podría apreciar su evolución en los embasados de los productos y
la moda a través del peinado que lucirían las marujas. Las cosas pasarían en el
mundo mientras yo hacia un doctorado en ultramarinos… Arroje el cepillo de barrer al suelo y salí,
gire a la izquierda y encarrilé calle arriba camino del Martos, el hombrecillo
desde la esquina gritaba - ¡eh chico, ¿estás loco…? ¿Dónde vas?! Pensé en retomar mis estudios, pensé en
participar en todo aquello, el tren pasaba y no quería perderlo.
En la maquina de discos del bar
seguía la misma cantinela “Killing Me Softly
With His Song” y yo respiré aliviado… ¡carajo¡
Había una vez un país, no muy lejano, que estaba habitado por gentes de
diferentes saberes y hablaban diferentes idiomas. Estas gentes, convivían
felices y en cierta armonía con una despiadada e insaciable alimaña que engullía euros sin encontrar
nunca hartazgo. Habían llegado a un acuerdo tácito; los hombres le llevarían
cuantos euros fueran capaces de reunir, a cambio, la bestia, le prestaría
unos pocos cuando alguno de ellos necesitara comprar algo. Posteriormente, los
hombres devolverían lo prestado más un canon. Con esto, la bestia aseguraba su
continuidad y alimento, mientras los hombres se procuraban una vida más fácil.
Paso el tiempo y vieron los hombres que aquello era
bueno, lo que hizo que se relajaran y tomaran confianza. La bestia, sabiéndose cada vez
menos vigilada, comenzó a hacer y deshacer más a su antojo. Tanto fue así, que
en su delirio, un día empezó a perder el control, ávida de euros, y comenzó a
devorar todo cuanto encontraba a su paso, amenazaba con no dejar títere con
cabeza. Como consecuencia, el tinglado que habían montado los hombres se vino
abajo y, el país, sus gentes, comenzaron a sufrir todo tipo de penurias y
calamidades (hambre, frío, enfermedades, atraso, abandono, deudas…). Alguna
gente, los más resueltos y avispados, decidieron escapar a otros lugares en
busca de mejor fortuna. No en vano, los sabios y gobernantes de estos pueblos,
habían decidido que la culpa de todo era de unos díscolos e ingobernables
habitantes que vivían en el sur, junto al Mediterráneo. Unos alocados e
imprudentes pueblos que gastaban sin medida y gustaban de vivir siempre de
fiesta, sin buscar euros para saciar a la bestia.
Ellos decían:
- ¡Gentes de mal vivir!, ¡ese no es el camino!
Vosotros sois los culpables de que la fiera se haya descontrolado… ¡Hay que
trabajar más! (eso sí, nadie les facilitaba trabajo). ¡Mirad las hormiguitas!;
hay que gastar menos y guardar un poco.
Según decían ellos, ese era el comportamiento
ejemplar, así se comportaban “los buenos” y, era a estos, a quienes había que
imitar.
Entonces, para que estas gentes aprendieran la
lección y esto nunca más volviera a repetirse, decidieron escarmentarlos. En
adelante, no tendrían bienestar (les quitaron la educación, la sanidad, las
becas para que estudiaran sus hijos, sus casas, dejaron de ayudar a los
mayores, de construirles carreteras, les quitaron a sus investigadores, etc.).
Todo estaba justificado, pues era necesario reunir muchos euros para calmar el
apetito voraz de la fiera (un tal “Mercado” decían). Pero el plan no resulto, y
la desconsiderada alimaña siempre estaba insatisfecha. Así que, nuevamente se
reunieron los sabios y nuevamente se preguntaron:
- ¿Qué hacemos ahora, de dónde lo sacamos…?
Y decidieron que el único camino era ir también
a por los “los buenos”, no había más remedio. Había que sacrificar también a
los que; con tesón, trabajo y una vida de dedicación, habían conseguido reunir
algunos ahorros. Pero, estas gentes, no tenían deudas, no bailaban, no iban de
fiesta y, eso sí, habían dado de comer puntualmente a la bestia. Incluso, se
habían beneficiado de algunos de sus despojos a cambio.
Daba igual, ya nadie estaba a salvo.
Y… este es el cuento de nunca acabar, pues la
bestia aún no se ha atiborrado.