jueves, 11 de abril de 2013

El monstruo que alimentamos


Había una vez un país, no muy lejano, que estaba habitado por gentes de diferentes saberes y hablaban diferentes idiomas. Estas gentes, convivían felices y en cierta armonía con una despiadada e insaciable alimaña que engullía euros sin encontrar nunca hartazgo. Habían llegado a un acuerdo tácito; los hombres le llevarían cuantos euros fueran capaces de reunir, a cambio, la bestia, le prestaría unos pocos cuando alguno de ellos necesitara comprar algo. Posteriormente, los hombres devolverían lo prestado más un canon. Con esto, la bestia aseguraba su continuidad y alimento, mientras los hombres se procuraban una vida más fácil. 

Paso el tiempo y vieron los hombres que aquello era bueno, lo que hizo que se relajaran y tomaran confianza. La bestia, sabiéndose cada vez menos vigilada, comenzó a hacer y deshacer más a su antojo. Tanto fue así, que en su delirio, un día empezó a perder el control, ávida de euros, y comenzó a devorar todo cuanto encontraba a su paso, amenazaba con no dejar títere con cabeza. Como consecuencia, el tinglado que habían montado los hombres se vino abajo y, el país, sus gentes, comenzaron a sufrir todo tipo de penurias y calamidades (hambre, frío, enfermedades, atraso, abandono, deudas…). Alguna gente, los más resueltos y avispados, decidieron escapar a otros lugares en busca de mejor fortuna. No en vano, los sabios y gobernantes de estos pueblos, habían decidido que la culpa de todo era de unos díscolos e ingobernables habitantes que vivían en el sur, junto al Mediterráneo. Unos alocados e imprudentes pueblos que gastaban sin medida y gustaban de vivir siempre de fiesta, sin buscar euros para saciar a la bestia.

Ellos decían:

- ¡Gentes de mal vivir!, ¡ese no es el camino! Vosotros sois los culpables de que la fiera se haya descontrolado… ¡Hay que trabajar más! (eso sí, nadie les facilitaba trabajo). ¡Mirad las hormiguitas!; hay que gastar menos y guardar un poco.

Según decían ellos, ese era el comportamiento ejemplar, así se comportaban “los buenos” y, era a estos, a quienes había que imitar.

Entonces, para que estas gentes aprendieran la lección y esto nunca más volviera a repetirse, decidieron escarmentarlos. En adelante, no tendrían bienestar (les quitaron la educación, la sanidad, las becas para que estudiaran sus hijos, sus casas, dejaron de ayudar a los mayores, de construirles carreteras, les quitaron a sus investigadores, etc.). Todo estaba justificado, pues era necesario reunir muchos euros para calmar el apetito voraz de la fiera (un tal “Mercado” decían). Pero el plan no resulto, y la desconsiderada alimaña siempre estaba insatisfecha. Así que, nuevamente se reunieron los sabios y nuevamente se preguntaron:

- ¿Qué hacemos ahora, de dónde lo sacamos…? 

Y decidieron que el único camino era ir también a por los “los buenos”, no había más remedio. Había que sacrificar también a los que; con tesón, trabajo y una vida de dedicación, habían conseguido reunir algunos ahorros. Pero, estas gentes, no tenían deudas, no bailaban, no iban de fiesta y, eso sí, habían dado de comer puntualmente a la bestia. Incluso, se habían beneficiado de algunos de sus despojos a cambio. 

Daba igual, ya nadie estaba a salvo.

Y… este es el cuento de nunca acabar, pues la bestia aún no se ha atiborrado.

La Nebulosa - © Edy
Ilustración: Zdzislaw Beksinski

1 comentario:

  1. abrí los ojos para ver entorno a mi
    y en torno a mi giraba el mundo como siempre...

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