No supe que decir, permanecí agarrada a la
baranda, encogida, ridículamente desorientada y sin auxilio; miré aquellos ojos que inesperadamente se
cruzaron conmigo, los que antes tanto había visto y no pude decir nada… perdida, quede callada. Mi juicio voló, los recuerdos de una memoria involuntaria se levantaron
en armas, como un ejército de viejos soldados revolucionarios organizaron la
revuelta y las manidas ideas tan guardadas renacieron insurrectas; subversiva
ya, giré la cabeza. Los mismos pasos ahora cansados se alejaban de mí una vez
más… Pude rescatarme del embeleso cuando apenas una lágrima que no consentí
asomó al talud de mis parpados nostálgicos… Y ya en mí, emprendí el camino de
regreso a casa.
De mañana abrí
las cortinas de la ventana y entró la luz, calenté agua puse te y mojé una magdalena.
De aquella taza salió todo: los pasos yéndose,
los ojos claros, mis ideas, las ilusiones, la temperatura de entonces,
en el parque por otoño pisando las hojas… acerqué la cara para oler mejor su
aroma.
Va a
ser una noche fría, así que más vale que cojas tu abrigo, me dijo Luis. Luis es
de esta manera, directo y de las dos opciones posibles, siempre elije la más
tajante. Aún recuerdo aquella noche que apareció por casa en pijama, tendría
unos quince años, yo algunos más; acudió a la puerta y toco al timbre, cuando
abrí sonrió – mi padre, que me ha agarrao de una oreja y me ha echao a la calle
- no hablamos más del tema, no le dimos ninguna importancia, pero no lo he
olvidado jamás.
– ¿Me puedo quedar a dormir aquí?
– Claro que puedes pero vas a tener que acostarte
con mi hermano
– ¿Con el seco? ¡Ten cuidao seco! – y se
acercó al brasero.
Él sabía que nos habíamos quedado a estudiar mi hermano, Agu y yo. Era fin
de curso y como siempre íbamos tarde con todo; en aquel tiempo teníamos
demasiada vida, como para prestarle a los estudios la atención que necesitaban.
Luis, ahora se había convertido en un triunfador, tenía terminada una estupenda
carrera y los negocios le iban bien; separado de su primera mujer, aún
conservaba ese porte bien parecido y fanfarrón.
El
ascensor de bajada hacia la callé se convirtió en un féretro compartido donde
los más leves sonidos, los movimientos más ínfimos, las respiraciones, los
chasquidos de los zapatos rozando en el suelo, parecían salvajes y
ensordecedores. Ni una palabra, ni una sola mirada, ningún olor, tan solo la
emergencia de llegar y dar remate a aquella eternidad intimidada. La presión en
los talones y una tímida flexión de las rodillas me sirvieron para amortiguar el deseado frenazo final, mientras mis manos de azogue morían por empujar la
puñetera puerta metálica. Impacientes, mientras se deslizaban lentas, las
pequeñas hojas batientes de seguridad. Se adelantó Luis, casi chocamos,
torpemente intercambiamos algunos gruñidos balbuceando palabras cercanas a la
disculpa o al reproche, hasta que atarantado conseguí salir. Ya en plena calle
la noche efectivamente era fría, la más fría de mi vida. Si bien la sensación
térmica implica una combinación de la temperatura ambiental y la actitud
anímica con la que nos enfrentamos a ella, este frio que ahora sentía, era
sencillamente una forma de querer parar la existencia. Julia me saludo desde la
ventanilla del coche de Luis; uno, ante estas situaciones tiene la impresión de
reconocerlas, de saber de antemano qué va a suceder, y en adelante cualquier cosa
que hagas o disposición con la que te manejes, te parecerá falsa, como
cumpliendo un guión ya predefinido. Allí estábamos, mi mujer de toda la vida,
mi amigo de siempre y yo. ¡Carajo! Cualquier cosa que hiciera daría igual,
estaba jodido; tenía el cuerpo entumecido, la sonrisa cuajada y los dedos de
los pies bailando convulsivamente dentro de mis zapatos ¡¿Y yo?! ¿Dónde estaba
yo…? Me explicaron cómo había sido todo y cómo tendría que ser a partir de
ahora, donde tendría que quedarme yo y a dónde irían ellos, y bla, bla, bla… Arguyeron
todas las razones para terminar finalmente con un: ¿lo entiendes? Asentí y nos
despedimos. Dimos toda una lección de moderno civismo.
El
humo del tubo de escape cosquilleo en mi nariz desadormeciéndome del arrecido
letargo, ya de vuelta a casa preferí subir por las escaleras a meterme de nuevo
en el desapacible ataúd metálico. ¿Por qué? De todos los proyectos que
emprendemos en la vida, el de compartirla con otra persona es probablemente el
más importante. Es realmente la vida en si misma; cómo vives, cómo sientes, con
quien duermes, a quien te confiesas. No son dos vidas juntas si no una vida en
común. O así lo entiendo yo, y creí que Julia también así lo entendía ¿Finiquitarla, no es un fracaso…? Señor y bestia
de la decadencia del tiempo, tú hiciste que yo no fuera ya mas su caballero; Dios
del desdén y artífice de la repetición el cansancio y el aburrimiento; malvado
brujo del pasar que mudas el brillo en los ojos de cada mañana por mezquindad y
esquivez cotidiana; ¿cuándo, sin avisar cociste en tu caldero la pócima que
acabó con la pasión, la seducción y el deseo? Puñetero devenir que por ansiar ser
nosotros para siempre nos acaba molidos del esfuerzo y por querer ir juntos
hasta el fin nos cansa de estar siempre tan cerca. ¡Oh, tú que con paciencia
todo lo rindes, vuelcas y cedes, maldita seas cruel duración, impávida y
cansina letanía de la existencia! ¿Por qué? ¿Porqué con Luis? ¿En qué se parece
a mí Luis? ¿No es la antítesis de lo que yo sería? No entiendo nada…
Empuje
la maneta del giradiscos y deje caer la aguja, Lohengrin comenzó a sonar con la delicada suavidad que precede a
todos los dramas del mundo. Me recosté en el sillón ciñendo alrededor de mi
cuello las solapas del abrigo que aún mantenía enfundado, pues el frio
persistía dentro de mi alma y hundí las manos en los bolsillos. En el derecho
encontré un encendedor, sorprendido me di cuenta entonces de que llevaba puesto
un viejo chamarro que torpemente cogí del ropero al salir; esto sirvió para
recordar que cuando deje de fumar hace años, reservé un paquete de tabaco
escondido sobre el armario, por si la voluntad me quebraba. De un brinco me
levante, corrí a buscarlo y allí lo encontré. Sople fuerte apartando el polvo a
la vez que mis manos lo abrían ansiosas y la llama del mechero urgente prendió
el primer pitillo. Aspiré profundo mientras los ojos sin apenas fuerza se me
iban entornando y poco a poco zozobré en la sórdida butaca. Heme aquí, nada que conservar, nada
que ocultar, pues nada me quedaba. El caballero del cisne huía con la dama
rescatada abriéndose paso sobre el lago ¿mantendrán su ideal para siempre? O, tal
vez con el paso del tiempo, un día Julia se volverá ajena para mirar el rostro
del caballero y extrañada formulará nuevamente la desconfiada pregunta,
rompiendo así el hechizo una vez más ¿Quién eres Luis?
Ya solo en casa, ardía de frío como los
metales de Wagner y fumaba mi ducados de siempre. ¡Suerte que cogí el abrigo!
El Real siempre ha sido una calle antigua, desde La Tienda del
paso, Lope, La Viuda, Baras, La
Espartería, Espadas o el Ideal Cinema, hasta el palacete de abajo, siempre
antigua y fría; pero si tuviera que escoger una de entre todas las de esta
ciudad, es esta la que elegiría. A pesar del dueño del palacio ¡Dios mío¡ lo he
visto solo una vez pero no olvidaré jamás esas cejas y su aspecto de noble
decimonónico anclado en una gloria más
antigua aún que él mismo. Me hace gracia y siempre que lo recuerdo pienso en
que si hubiéramos de personificar la idiosincrasia de esta ciudad medieval que
un día adquirió cierta relevancia en el conjunto del territorio que luego se
llamó España; la que hoy algunos se empeñan en mantener, trasnochada y absurda,
sin sentido y en un tiempo que no le corresponde; si necesitáramos elegir un símbolo: este sería el extemporáneo ricohombre amo del palacio de
abajo y su suntuosa vivienda barrocamente ornamentada, reminiscencia de una
clase elitista que de apoco fue perdiendo los fundamentos y ganando en mascara.
Que aprovechando los restos de nobleza
que quedaron adheridos a las piedras de sus palacios e iglesias, forjaron la
marca señorial y la vendieron tan a degüello que ha llegado como un estigma
hasta nuestros días.
Había quedado con Miguel Angel en el Paseo Mercao junto a la estatua, faltaríamos a clase
porque teníamos cosas más importantes que tratar. Ella bajaba también temprano
justo delante de mí Real abajo, ni nos miramos; la noche anterior habíamos
discutido. Somos así de estúpidos
narices y a veces el orgullo vence al deseo, en ocasiones incluso al destino.
Por la tarde, en la Villa Alta me esperaban para ensayar los compañeros
y amigos de “En Un Tris Teatro”; por
entonces se nos ocurrió montar la obra maestra del absurdo y símbolo del
antihéroe femenino, la boba, débil y fea princesa burlada por el príncipe
aburrido “Yvonne Princesa de Borgoña” – Su presencia en la corte supone un
factor de descomposición en el orden establecido, lo que hace aflorar sin
comedimiento, las deficiencias, vicios, e indignidades propias de cada uno de
los personajes –. Llegué con un poco de
retrasado y sin mí, habían dado comienzo al ensayo. Alrededor de una larga mesa, simulada con algunos
tableros que de mala manera habían colocado, se sentaban los miembros de la
corte: Cecilio - El Rey contrariado, Barceló - La Reina histérica, Pedro - El Príncipe guasón, Agú - El sobreactuado y apuesto Chambelán, Paco M,
Beba, Manolo y otros pocos, el resto de cortesanos. Como los propios The Lord
Chamberlain's Men en The Globe, todos los personajes del reparto estaban
interpretados por actores, es decir, las actrices también eran hombres. Señor T
– Yvonne, se retorcía sobre la mesa con las manos agarradas al cuello; torpe,
agonizaba atragantada por una espina de
pescado atravesada en su frágil garganta ¡sublime¡ la fea cara de Señor T descompuesta, interpretando a la pávida
princesa. No hube de corregir nada, Gombrowicz no lo habría imaginado más
peripatético, lo grotesco superaba al esperpento. ¡Genial!
Miguel Angel es un tipo seco y directo,
intransigente con la ambigüedad, si estas, estas; si no ¿para qué has
venido? Nos vimos después de mi ensayo a
la puerta del Chinarrale, cuando abrió la puerta de la tasca el olor a tabaco y
alcohol fermentado suscitaba al Vómito y a la envidia por no haber estado la
noche anterior en este local tan de actualidad en plena transición; nido de
barbudos, artistas y comunistas. Miguel Ángel se ayudaba económicamente echando
unas horas los fines de semana poniendo copas en “El Chinarrale”, y yo portaba
el aparato de música con una flamante cassette crome para grabar la Jam Session
de la noche del viernes; un cantante local, que ahora sé que después tendría
mucho éxito, venia por la ciudad este finde y se esperaba, como siempre, tocata
en la tasca. Hoy me pregunto dónde está todo aquello ¡carajo! Nos comíamos el
mundo, íbamos a cambiarlo todo, y lo cambiamos…
Acomodados y exactos, perdimos fuelle y nos hemos dedicado a contar
nuestros sueldos, ahorros o beneficios hasta retornar a un lugar muy cercano al
que nos encontrábamos; profesionales de la política nos han usurpado.
Hay algo en la
política que tiene que ver con las desproporciones y la falta de armonía, justo
al contrario que en el arte. Es lo que me cautiva de uno de estos dos
axiomas y me exaspera en el otro
Regreso a casa como cada noche y observo sorprendido que
alguien espera al otro lado de la calle, alguien que me mira fijamente. ¡Pijo, …en
Dios! –mastico sobresaltado–. El me mira y yo le miro, y por alguna extraña
razón, me resulta del todo imposible apartar la mirada. Su estatismo me
traspasa, hace que en mi cabeza se disparen todas
las alarmas. Sin embargo, sigo inmóvil como un pedrusco, paralizado. Debería correr
y ponerme a salvo –no dejo de repetirme–, pero mi cuerpo no obedece y mis pies,
pesados como el plomo, se adhieren incomprensiblemente al asfalto. ¡No puedo
moverme! Comprendo que es imposible escapar, algo extraño me retiene. Reparo de
nuevo en mi adusto invitado, y el tipo no se ha movido un milímetro. “El pasado
siempre vuelve” – evoco resignado–, y sé que, de forma inminente, algo va a
ocurrir. Se precipitara sobre mí y me descerrajara dos tirosIpso facto o, me hundirá repetidas veces su navaja. ¡Ahí viene, Dios!
Todo eso que a ti te parece esencial a mí me parecen gilipolleces, asistir esta
noche a esa cena, la reunión de los sábados, la escuela bilingüe de los chicos,
la casa residencial a cuya hipoteca no puedes hacer frente, el coche nuevo, tu
puto trabajo y las tetas de tu mujer; para mí no son nada. Antaño tus naderías
me provocaron desasosiego y más tarde resignación, ahora ya nada, si acaso lasitud y la certeza de entender que nada quedará de mí en
ti más que esa barbilla heredada y que como un estigma llevaras para siempre.
Eres un estúpido y no has entendido nada, venderás al trapero todos los libros
que hay en mi biblioteca cuando yo muera y aunque apenas cubrirás el sepelio
con lo que te den, los venderás porque te estorban, porque no sabes lo que
valen, porque necesitas el espacio que ocupan. Yo traté de darte lo que no tuve
y tú entendiste que lo merecías, por encima de ti, por encima de tu
esfuerzo.
Hoy miro a mi alrededor y veo que poco importa y lo que importa no está
cerca y lo cercano es baldío. Todas las cosas que me gustan le gustan a pocos y
lo que le gusta a todos poco me importa a mí. Más no creo en la reencarnación y
en mi hijo nada quedará de mí, salvo esa ridícula barbilla. Limpio cada mañana
los dientes que me quedan frente al espejo y miro a quien hay allí, levanto los
brazos y miro… y encuentro el mundo en mi axila, como un roll-on que trata de
paliar su mal olor.
Sencilla y entusiasta privanza, la que nos convocaba
domingo sí, domingo no, en Chalamera, ¿recuerdas? Una vez Don Julián, daba por finalizada su incendiaria homilía. Nosotros,
entonces jóvenes y entusiastas, no encontrábamos tiempo para escabullirnos prestos
a encaramarnos tras la vieja tapia. Según íbamos llegando, íbamos asaltando los
mejores sitios; esta era la única premisa. ¡Despreocupada liturgia! Durante los minutos previos todo era
bulla, guasas, cigarrillos… pero amigo, una vez iniciada la contienda, la
emoción secuestraba la atención de los concurrentes y, cada uno en su lugar, seguía
sin pestañear las evoluciones de aquellos tipos extraordinarios. Era
nuestra verdadera religión; el estado de ánimo podía pasar de la alegría a la
tristeza y luego otra vez a la alegría y nuevamente a la tristeza en cuestión
de segundos, mientras permanecíamos allí parapetados y sobreexcitados en un frenesí
estoico maravilloso.
Luego, si todo había ido bien, una cuartilla de
vino a escote en la taberna del “Tizne”, donde revivíamos con verdadera pasión, y algo exaltados también según se iba apurando el morapio, los más destacados momentos
del choque, y a casa. ¡Cuánta inocente verdad había en aquellas dos espléndidas horas!
Por entre
cañadas, veredas escarpadas y desfiladeros, con acostumbrado paso, se acerca el
mulero a Caín. Su tarea consiste en proveer de suministros a los vecinos del retirado
término (arroz, trigo, telas, algunos productos ciertamente exóticos y, por
supuesto, el correo). Un hombre deslustrado y más bien chico, algo nervudo y
saludable, conduce por sinuosa vereda exigua recua de mulos y jumentos rebosantes
de abastos y atavíos. La travesía comienza una vez dejado atrás el robledal; el
camino, carretero todavía, muere al pie del viejo murallón, se disipa en la planicie. En su lugar, emerge ahora una desangrada trocha. El grupo la toma y
progresa con letanía; zigzagueando sobre los derrubios de piedemonte gana altura con
prontitud. Abajo, en el barranco, acecha el río; bravo, helado y predispuesto... Desde allí, nutrias, mirlos acuáticos, salmones y un Martín pescador, saludan largos a
la comitiva. A veces, sin demorar en el ascenso, el mulero gira parvo la cabeza y, con oblicua mirada,
corresponde a los concurrentes.
Las paredes
de la garganta se elevan y estrechan según asciende el sendero, que discurre, una vez en lo alto, por reducido saliente a lo largo de la pared izquierda: suerte de derrota
indómita, hendida en el pedrusco años ha por el hierro del hombre, que se
complace en travesear con los viajeros. En ocasiones, si se le antoja, haciéndoles perder
la huella... Más arriba, un rebeco ensimismado contempla a la compañía, que con
paso lento pero inequívoco porfía en el esfuerzo; y pujan, y desarrollan…
Hasta que salen de las angosturas a ruta más desahogada. Avanzan finalmente sobre la
llanura aluvial, y con paso igual de plúmbeo se pierden en lontananza. A lo lejos,
se oye el canto del urogallo dándoles la bienvenida. No se demorarán los
vecinos que, ávidos de nuevas y provisiones, como de costumbre, escoltarán al séquito desde el bosquecillo de manzanos silvestres hasta la plazuela.
Mi hermano no sabía bien que estaba pasando, papá y mamá ya no estaban, la guerra lo había cambiado todo y ahora éramos él y yo solos; sobrevivíamos a nuestra manera, obteniendo cosas de aquí y de allá. Recuerdo que solía tranquilizarle diciéndo: – No tengas miedo Niko, yo siempre estaré a tu lado–. Y, de algún modo, era consciente de que le estaba mintiendo.
Esta tarde, fui a visitar una muestra itinerante de fotografías de la Gran Guerra que por estos días se exhibe en mi ciudad. De repente, me quede petrificado; en una de aquellas instantaneas aparecíamos Nikolai y yo. ¡Eramos nostros, no había duda! Pude reconocernos enseguida. Niko llevaba puesto mi abrigo con capucha color gris que tanto me gustaba, mientras yo, marchaba a su lado asiéndole por los hombros de forma protectora. Caminábamos por delante de un edificio de vecinos de la calle Freta, cerca de la plaza del mercado de la vieja Varsovia.
Pobre Niko, al final consiguieron separarnos. Debió ser, solo unos días después de que se tomara esta foto. Aún puedo verme, llorando y pataleando de impotencia mientras me arrastraban lejos de él, que no paraba de gritar mi nombre. Desde aquel día, no he dejado de buscarlo. Mi corazón ya es viejo y, sin embargo, la pena no se ha abreviado un ápice. Imagino que tiene que ser así, a mis 78 años no perderé la esperanza.
En
el rincón de la calle Los Molinos, tras la puerta, el miedo no era mayor que la
curiosidad. Mis hermanas y yo, tentábamos la madera hirviente del grueso
portón; el jaleo que llegaba de afuera
nos hacia cosquillear por dentro como si hormigas miles subieran alegres por
nuestras piernas; imparables bullíamos hasta que empezamos a entender la
gravedad de lo que acontecía: la preocupación en el rostro de Papá y el abuelo,
el desamparo de mamá, los gritos en la callé… todo aquello configuraba para
nosotras una excitante aventura; aunque mucho mas tarde entendimos que esta
noche cambiaría para siempre la realidad de nuestras vidas. Mariana subió al
piso superior y nos chisto desde arriba, subimos de inmediato y a través del
pequeño ventanuco, apretadas las tres, pudimos ver la lonja de enfrente ¡una enorme hoguera se
levantaba en ella! Más alta que las casas, más alta que la iglesia… los hombres
saltaban endiablados arrojando a las llamas santos, cruces, ornamentos y ropas
eclesiástica; exaltados, parecían disfrutar como en una fiesta. Las mujeres de
las cuevas huían de allí con canastos abarrotados de lo que creyeron poseía
algún valor y, de repente, se escucharon tiros. Papa nos aparto de un puñado y
atranco la ventanucha mientras le decía
a madre - Juana llévate a las chiquillas al corral,
mételas en el retrete y no hagáis ruido,
cerrad la puerta y callad; si entran, les diré que estamos el abuelo y yo
solos, que la familia está en al campo y hemos subido a coger viandas para mañana.
Cuando despertamos seguíamos las
tres en el retrete abrazadas a mamá, la luz del día se colaba por las rendijas
de la tosca portezuela obligándonos a apretar los ojos; era uno de esos días radiantes
y cálidos en los que se hace difícil prever que algo grave pueda suceder. Sin
embargo durante la noche pasada, que ahora me parecía un sueño, se había
iniciado todo; los milicianos rojos contrariados y enardecidos, ofuscados por
las noticias que llegaban sobre el levantamiento fascista, se hicieron a las
calles, encarcelaron a los ricos nacionalistas, quemaron sus iglesias y les
despojaron de sus propiedades. De repente el pueblo se había dividido en dos
mitades, ¿de qué parte era yo? ¿y mis padres? ¿y mis hermanas? ¿podíamos
elegirlo?... Por el aspecto de los nacionales, se diría que mi familia y yo no
pertenecíamos a ese bando. Tardamos en salir a la vista de la calle, primero
abrimos con miedo el ventanillo y contemplamos la gran montaña de rescoldos
humeantes, después salió mi padre y hablo con los vecinos, le siguió el abuelo
y así fuimos recobrando la confianza para volver a este espacio tan cotidiano,
donde tantas veces jugamos y que ahora se nos hacía ajeno ¿Cuándo dejo de
pertenecernos? Asombrada, los ojos se me iban a las estrellas
que relucían entre las cenizas de la hoguera, dorados y platas brillaban en la
negra carbonilla. Las puertas de par en par en la iglesia, el desorden dentro,
el humo, la plaza desolada, abandonada por los que la devastaron, temida ya por
el resto…Nunca antes había entendido
ese lugar extraño, ni el misterio que se guarecía dentro, detrás de la pesada
puerta; tan oscuro y frío, por donde pasabangentes que dentro no parecían lo que eran fuera. Y no pensé jamás que
ese aciago edificio pudiera vomitar algún díaun infierno sobre la lonja de la calle de Los Molinos, frente a mi casa,
en mi pueblo… Ni que las estrellas que brillaban entre la bazofia, me pudieran
atraer de esa manera.
El
tiempo y la confianza se apoderaron de la bestia, los días pasaban y las tardes
las echábamos los niños escarbando en
los restos de la hoguera, expoliándola codiciosamente de sus pequeños tesoros.
La normalidad es una referencia mucho mas variable de lo que creemos pues nos
adaptamos al cambio con gran facilidad; así, lo que ayer nos parecía un abismo
hoy es nuestro valle ideal y al año justo de caer en el infierno, somos capaces
de montar un festín para celebrar el aniversario de nuestra llegada. El caos en
las calle se había instalado de una manera igualmente cotidiana, exaltados y
despavoridos convivían con plena naturalidad…
Las escenas más esperpénticas se vivían con absoluta llaneza de a
diario: el trasiego en las casas de los señores abiertas de par en par y de
donde sabanas, vajillas, ropas y muebles, salían desfilando aceras arriba en
manos de las familias más humildes; las cuadrillas de milicianos gritando sus
máximas, las noticias en las radios, el odio, la sed de violencia en espiral
creciente… La mayoría fuimos meros
espectadores que pretendíamos
estúpidamente pasar desapercibidos, como no queriendo tomar el aire en medio
del huracán.
Luego
pasaron muchas cosas y al final los vencedores se ensañaron en una despiadada represalia pero hoy este es mi recuerdo, en mi memoria
habita desde entonces, es una de esas imágenes que viajan conmigo sin ser mala
compañera. Lo he contado miles de veces
a mis hijos, ellos callan siempre y escuchan como si fuera la primera vez que
lo cuento; sabemos que es así como nos
gusta, como si fuera la primera vez... Maldita sea, una a esa edad no puede
entender que necesidad había de todo aquello, es ahora cuando trato de comprender
la situación y que el cansancio, el hambre, la injusticia y la sin razón,
provocaron el enfrentamiento; más siempre, cuando termino de plantearme este
argumento que me ayuda a entender al ser humano y que en extremas
circunstancias podemos caer en la barbarie;
acuden a mi memoria el rostro de mi padre y de mi abuelo y pienso en
cuantos grandes hombres se pierden por ser prudentes, pues teniendo mejor
criterio callan.
No
sabría explicar mejor el porqué, fue así, sin más nada “la libertad solo significaba, no tener nada
que perder” y en el aquel tiempo de las estrellas reluciendo dentro de las
hogueras, casi todo el mundo lo tenía ya todo perdido, de manera que buscaban a tiros su libertad.
La Nebulosa - F. Buendía
Acompañamos con: "Papá cuentame otra vez" - Ismael Serrano
Ocurrió una noche, que es cuando suelen tener lugar estas cosas; ella era la bella del lupanar de la esquina. Él, el guacho malevo del barrio viejo. Apenas necesitaron hablarse; la mujer acorto distancias, su saber y el perfume hicieron el resto. Caníbal, el amor que respiraba la alcoba y se dilató hasta bien entrada la mañana. Como a las nueve, dos milicos con pistola tumbaron la puerta y el cacho, ni de alcanzar los zapatos tuvo tiempo. Silencio, silencio, silencio… sobre la mesa unos pesos. – ¡Tengo un hijito, mi guapo! –acertó a gritar ella finalmente desde el balcón, mientras le sacaban esposado. – ¡Adiós bella Gala!
Se fueron todos… me quede un rato para
repasar mis cosas y sucedió. Nunca he sabido por qué el destino me buscó a mí que no soy nada, ni
por qué no lo supe aprovechar… El brillo
de la pantalla del ordenador portátil aturdía mis ojos agotados de un largo día de trabajo mientras su reflejo
azulado iluminaba mi cara; la penumbra fue ganando el espacio sin apenas darme
cuenta y el pitido incesante del teléfono cesó al final de la tarde; la
ausencia del resto… el silencio, yo… aquella habitación. Realmente me pilló
desprevenido este lunes otoñal, primero después del cambio horario en el fin de
semana. Odio este atraso de hora; si los otoños sirven para robarte el verano e
introducirte melancólicamente al invierno;
este lunes, de todos es el más traicionero, te empuja
desconsideradamente al frío y la oscuridad. Después encontraremos de estas
estaciones lúgubres sus encantos, pero espanta verlas llegar.
Pulsé
sobre inicio y apagué el equipo, apenas sin tiempo para encontrar el
interruptor de la luz junto a la puerta e irremediablemente el oscuro se hizo
más grande. Contrariado, me sentí por un momento perdido en el vacío… errante,
un cosmonauta a la deriva. Y… ¡buaaahi
¡demonios¡ sonó ahora la alarma programada en mi celular para indicar fin de jornada y que debía iniciar el camino
de regreso a casa. Sobresaltado giré la cabeza
y a lo lejos, como una estrella que marca el buen camino, su display iluminado
me sirvió de guía.
La
estela de mi estrella me llevó hasta el interruptor, encendí y recogí todo para
disponerme a salir, escuche entonces la voz de Siri advirtiéndome del mal
tiempo afuera, agradecido rodeé mi cuello con la bufanda y abotoné la chaqueta
hasta arriba. Le pregunté dónde podría encontrar un taxi y me dio el número de
la central; quise saber cómo llegar a casa sin atascos y me indico los nombres
de las calles por las que me debía dirigir, un lugar para pedir comida china,
saber si el dinero me alcanzaría hasta final de mes, el teléfono de Julia; y de
inmediato me conecto con su terminal
- Llegaré en un momento, no prepares nada de cena cielo
porque ya la he encargado yo, chao, chao
- colgué.
Amable, la
voz irrumpió finalmente para despedirse deseándome una buena noche, sonreí y
antes de bloquear el aparato para guardarlo en la cartera, miré reflexivo
aquella luz… e inevitablemente pregunté
- Dime una cosa Siri, ¿cuál es
el sentido que tiene la vida? –
“A
veces me tiro de la cama a media noche y paro todos los relojes para escuchar
solo el silencio” planeo una hoguera en
el patio de casa donde quemar todo cacharro con pilas, cuerda o cualquier otro origen
que le provea de función autónoma alguna. Apago las luces y conecto la
aplicación… dejo que ella me hable, y le
hablo yo; descubro como con el paso del tiempo logra entender mis debilidades.
Mucho más joven que yo como la imagino Siri me guía.
Estúpidamente me fui sin despedirme de ti
esta mañana. No olvidé lavarme los dientes, incluso tome el café cotidiano;
recogí las llaves, el encendedor, el sombrero y acaricié a Napoleón antes de
salir a la calle... pero, estúpido de mí, me olvide de ti.
Ahora sé que tampoco tú has venido a verme
esta tarde.
Bonito día, no hace falta que ojees tanto a tu alrededor, ni que te quejes siempre del mal tiempo; ¡Mira este día, es espléndido! El gris uniforme y tu alma cayendo sobre la hierba mojada… cae sobre la tierra, es fascinante. Bonito día, ¿no lo ves? Tu alma cae y tú eres un puto pesimista, ¿no te das cuenta? ¡Es un día espléndido joder!
Miramos tu absurdo cuerpo sujetando ridículamente el paraguas vuelto y nos ruborizamos por tu mal gusto. ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿Caer desde ahí arriba…? Levantamos las cabezas firmes y orgullosos, nadie falsía nuestro abolengo. ¡Nadie cae de esa estúpida manera! Escupimos sobre tus despojos repudiando la sustancia que dejas, con nuestras gabardinas abiertas orinamos al viento, giramos bajo el indefectible paraguas negro y te abandonamos. ¡Es un día perfecto!
Juntos ocupamos montañas, unidos somos uno, medimos la distancia que nos separa y marchamos inmutables. Percibimos la turbación de los que nos ven pasar cerca y notamos como se apartan. ¡Aleluya, damos miedo! ¡Gris, gris…! como la sombra gris, del cielo gris y la mar… En lo más profundo del hombre; plomo gris, pesado y ácido, en tus ojos grises, luceros de la noche parda, que todo lo vuelven sombra; como tu alma… cayendo desocupada sobre la hierba, incapaz de ti.
Circunspectos seres que se dirigen con solemnidad artificial y mecánica; carne y sesos con sapiencia conquistada someten su autonomía a disciplinas articuladas; piezas de la bestia comunal, conocimiento programado, musculo adiestrado, herramienta colectiva. ¿Qué órdenes obedecemos, mi vida...? Es fácil si conoces tu tiempo y te organizan la tarea, es cómodo obedecer. Soy un hombre gris con gabardina gris que porta un imponente paraguas negro, ¿dónde está el tuyo?; miembro viejo en la cuna de los hombres grises, los que dan miedo, fuertes como el acero, como mi alma fría, gris… perdida.
Sobre la mesa con los brazos apoyados y la barbilla dejada caer en el envés de mis manos entrelazadas, observo la maestría con que mamá extiende la masa. El aroma a anís, el azúcar, la harina… Se acerca la navidad y prepara sus deliciosos rosquillos rajados, fritos en aceite de oliva y espolvoreados con azúcar. ¡Exquisitos, recién salidos de la sartén! Me da uno, y esconde fuentes repletas de ellos en las partes altas de los armarios; donde nadie pueda alcanzar, donde nadie pueda hurtarlos. Mamá me enseño así la grandeza de los momentos importantes, la ansiedad de esperarlos, la excitación de vivirlos… la resignación para no malgastarlos.
Ahora marcho bajo la lluvia, aunque no me reconozcas yo soy uno de ellos. Mis pasos son firmes y sé hacia donde camino; firme voy y sé a dónde me dirijo. Caminando cruzo el mundo, “como un cuadro en su pared pegado y que nada tiene que hacer salvo seguir colgado”.