Anoche vino a verme un espíritu celeste.
¡Increíble el tipo! Yo andaba con “Gambling Bar Room Blues” de Jimmie Rodgers. Se
acercó y me dijo:
- "¡Oh, pobre mentecato, digno de
lástima! ¡Horrible y espantable estado el tuyo! Piensa en el calabozo abrasador
que te preparas por toda la eternidad y a donde te lleva el camino que sigues.”
Emergiendo de la abstracción,
me levante, deposite la guitarra sobre el asiento, y escrute los bolsillos del
pantalón en busca de un paquete de Ducados rubio que había comprado por la mañana.
Apareció, lamentablemente vacío.
¿Somos sensaciones? ¿instinto? ¿intuición?...
Organizamos continuamente nuestros actos y dirigimos la actitud, corregimos
malas costumbres; nos autogobernamos en un proceso interminable de disciplinas
y voluntades estrictas. Pero sin embargo me pregunto ¿por qué
respondemos en ocasiones esenciales a estímulos reflejos dejándonos llevar por
lo que no dominamos? ¿cómo elegimos nuestro color preferido? ¿La pintura
que nos fascina y la música que tanto nos gusta? ¿cuándo y de quién enamorarnos? ¿lo planificamos? …Podemos prohibir todo lo que nos parece extravagante,
no racional; pero no evitarlo. Podremos hacer proyectos, delinear horarios...
mas necesitamos oler para ir, notar para estar, sentir para
decidir.
Un día, hace ya tiempo de esto, en el museo Peggy
Guggenheim, sentado en la terraza reflexionaba sobre un cuadro del borracho
Pollock “Ojos en el Calor” lo acababa de ver dentro, entre
muchos otros y necesité salir afuera, darme una tregua para recapacitarlo
¡Diablos¡ que gracia tienen a veces las cosas, alguien se movió detrás de mi y giré la cabeza instintivamente, una chica que me recordó a ti salía
del recinto, solo vi su espalda, quise abordarla para saber si eras tú, de
hecho corrí tras de ella… tras de ti… no la alcancé, se me perdió pronto entre
las callejuelas de aquel babel y no conseguí ver su cara. Volví a la terraza
con los ojos perdidos y apoyándome en la balaustrada escupí con rabia al canal
pero el canal no lo notó, siguió su curso sereno meciendo sobre el manto gris a
la multicolor floresta de nenúfares, formada por innumerables
embarcaciones: rojas y negras, también
amarillo ocre, salpicada en ocasiones
por azules y verdes; y golpeando
incesantes sus bordes contra la cimentación de los palacetes ¡chasclaspss¡ ¡chasclaspss…¡
Peggy, Pollock, tu y yo no nos separamos ya en aquel viaje.
De donde la necesidad de hacer material un sentimiento,
una emoción… del alma a las manos… de ahí el arte. Retorcer entre los dedos un
alambre, tejer una idea, esculpir la inspiración, componer la nada, ser de
barro la musa, cimentar el espacio, dibujar el polvo, el aire... "cuando
yo me muera, enterradme si queréis en una vela"
Después de tantos años,
una larga conversación alrededor de un velador junto al bulevar.
Recuerdo que me escuchaba y que miraba mi espalda cuando iba yo al aseo
intentando dentro de mí, a mí alrededor,
reconocer lo que fue y en que me había convertido; desbordada por la
ternura y por la curiosidad; era un
momento irresistible de los que casi nunca pasan, pero sucedió. Allí estábamos
¡al frente¡ ¿qué de ti, qué de mí? No sé bien de qué hablamos pero hablamos,
mis ojos discretos sin querer pronunciarse indiscretos la miraban y la sentía
en mi como algo de siempre, ineludible en mi existencia... no ajeno después de
tanto... me gustaba escucharla que verla y explorarla... verla ¡dios¡ tanto me
gustaba mirarla. Nos sirvieron algo de picar, no recuerdo qué pero debió ser
gustoso. Aprendí de aquella tarde que las berenjenas han de ser buenas para que estén
bien con miel de caña, porque de la miel ya todo
lo sabemos y que el tiempo es impreciso pues no nos conoce nunca, él no sabe
quien somos ni que nos ha pasado,
nosotros lo medimos a él... Cuando salimos, las calles mojadas olían a agradecimiento.
No
trata de pintar nada ni de decir quizá Pollock con este cuadro, es una obra
desde dentro un vomito, un escupitajo tal vez, como yo escupí impotente al
canal encendido de vida... que seguiría siendo vida como la corriente, pasara lo que nos pasara ¡chasclaspss¡ ¡chasclaspss…¡ nada le importaría. Cuentan que el pintor,
continuamente borracho, gustaba cuando sentía necesidad, de salir a mear a la
calle, nunca al baño. Salpicando con su chorrito sobre las calles y la tierra,
tal como pintaba, sobre el suelo en horizontal, directamente del tubo al
lienzo, goteando sobre la tela nada que ver, si no sus ojos abrasados en ella.
Cada noche era lo mismo; regresaba a casa, y mientras se lavaba las manos manchadas de sangre, se miraba en el espejo complacido.
– Era realmente hermosa, ¿sabes? Primero corte sus tendones de Aquiles, más tarde pase varias veces con el cortacésped sobre su cuerpo y, finalmente, le arranque las tripas. Te habría gustado estar allí.
– ¿De veras lo piensas?
– ¡Si, maldito bastardo! No eres más que un comedido presuntuoso con el cerebro conectado al culo que se cree mejor que el resto. ¡Mírame con atención! Te verás a ti mismo. Entonces… ¿No me vas decir tu nombre?
Había fabricado una máquina para viajar en el tiempo. ¡Jodido perfeccionista! Nunca estuvo a gusto dentro de su propia corteza.
Una mañana, tras sus acostumbradas tostadas de pan de molde empapado en leche condensada y gratinado al horno, subió a la máquina lleno de energía. Estaba decidido a hacer un recorrido en retrospectiva por su vida. La idea era encontrar un punto de inflexión esencial, un lugar, a partir del cual, reiniciarse. Pero fue incapaz de resolver, y entre titubeos e indecisiones, llego al momento mismo de su nacimiento.
– ¡Vaya! –exclamo contrariado– pues, tendré que empezar de nuevo.
Cuando ocurrió, estaba fuera de casa. El aviso le llego como un ladrillazo en la cabeza; se dio cuenta que cada día le parecía más y más a su padre y comenzó a notar que le faltaba el aire. Un frío gélido recorrió su garganta. Entonces, cogió el teléfono e hizo una llamada. - ¡La morgue, dígame! - Hola, creo que estoy muerto.
Como un Juancaballo hambriento vago entre olivares por las
huertas de la ladera. Me resisto a volver a la caja de los recuerdos y lanzo
dentelladas al viento sin hallar presa que pague mi ira ni clavo al que
quedarme sujeto… desespero.
Irremediablemente viajo sin denuedo camino inevitable
al olvido del recuerdo; encerrado en la
caja oscura con agujerito pequeño por el que a veces ella cuando que hacer no
tiene o un descuido indolente traiciona el
rigor de su voluntad tremenda, mira, huele y ve, lo que su alma codicia y su corazón querer no
quiere. Vuelvo a la oscuridad,
vuelvo al recuerdo… atormentado por haber hecho lo que no hacer no puede. Pero
aliviado en el consuelo de intentarlo siempre, porque entre el hacer y no hacerlo, la
diferencia es grande.
Calle Nueva ¿Fue una tarde? Yo, que
presumo de memoria no lo recuerdo ¿Qué pasó aquella tarde? ¿Qué lo cambió
todo? La respiración entrecortada, el miedo dentro,
desolación… pena. El mundo andaba a mí
alrededor, los relojes marcaban las horas, un escaparatista mudaba las ropas de
los maniquíes tras los cristales de algún comercio en la calle nueva, mis
pulmones persistían en su movimiento reflejo… Todo extrañamente permanecía estable, dentro de lo que estable
puede ser cada día la vida... mientras mi
corazón aturdido callaba encogido ¿qué fue mi vida?
Da igual cielo, algo nos confundió,
éramos jóvenes e inmortales y “nos dimos cuenta mucho más tarde que la vida iba
en serio” Pero ahora sé que ni la estupidez ni el pasar severo vencen a lo
cierto; que por encima de todos los genomas y estigmas animales, a pesar de las
torpezas; antes de nosotros y después, más allá de la muerte
insolente… aún sin apenas llegar nunca a verte; sobre la carne y el
tiempo… sobre el destino también… eternos... “hoy es siempre todavía”
No supe que decir, permanecí agarrada a la
baranda, encogida, ridículamente desorientada y sin auxilio; miré aquellos ojos que inesperadamente se
cruzaron conmigo, los que antes tanto había visto y no pude decir nada… perdida, quede callada. Mi juicio voló, los recuerdos de una memoria involuntaria se levantaron
en armas, como un ejército de viejos soldados revolucionarios organizaron la
revuelta y las manidas ideas tan guardadas renacieron insurrectas; subversiva
ya, giré la cabeza. Los mismos pasos ahora cansados se alejaban de mí una vez
más… Pude rescatarme del embeleso cuando apenas una lágrima que no consentí
asomó al talud de mis parpados nostálgicos… Y ya en mí, emprendí el camino de
regreso a casa.
De mañana abrí
las cortinas de la ventana y entró la luz, calenté agua puse te y mojé una magdalena.
De aquella taza salió todo: los pasos yéndose,
los ojos claros, mis ideas, las ilusiones, la temperatura de entonces,
en el parque por otoño pisando las hojas… acerqué la cara para oler mejor su
aroma.
Va a
ser una noche fría, así que más vale que cojas tu abrigo, me dijo Luis. Luis es
de esta manera, directo y de las dos opciones posibles, siempre elije la más
tajante. Aún recuerdo aquella noche que apareció por casa en pijama, tendría
unos quince años, yo algunos más; acudió a la puerta y toco al timbre, cuando
abrí sonrió – mi padre, que me ha agarrao de una oreja y me ha echao a la calle
- no hablamos más del tema, no le dimos ninguna importancia, pero no lo he
olvidado jamás.
– ¿Me puedo quedar a dormir aquí?
– Claro que puedes pero vas a tener que acostarte
con mi hermano
– ¿Con el seco? ¡Ten cuidao seco! – y se
acercó al brasero.
Él sabía que nos habíamos quedado a estudiar mi hermano, Agu y yo. Era fin
de curso y como siempre íbamos tarde con todo; en aquel tiempo teníamos
demasiada vida, como para prestarle a los estudios la atención que necesitaban.
Luis, ahora se había convertido en un triunfador, tenía terminada una estupenda
carrera y los negocios le iban bien; separado de su primera mujer, aún
conservaba ese porte bien parecido y fanfarrón.
El
ascensor de bajada hacia la callé se convirtió en un féretro compartido donde
los más leves sonidos, los movimientos más ínfimos, las respiraciones, los
chasquidos de los zapatos rozando en el suelo, parecían salvajes y
ensordecedores. Ni una palabra, ni una sola mirada, ningún olor, tan solo la
emergencia de llegar y dar remate a aquella eternidad intimidada. La presión en
los talones y una tímida flexión de las rodillas me sirvieron para amortiguar el deseado frenazo final, mientras mis manos de azogue morían por empujar la
puñetera puerta metálica. Impacientes, mientras se deslizaban lentas, las
pequeñas hojas batientes de seguridad. Se adelantó Luis, casi chocamos,
torpemente intercambiamos algunos gruñidos balbuceando palabras cercanas a la
disculpa o al reproche, hasta que atarantado conseguí salir. Ya en plena calle
la noche efectivamente era fría, la más fría de mi vida. Si bien la sensación
térmica implica una combinación de la temperatura ambiental y la actitud
anímica con la que nos enfrentamos a ella, este frio que ahora sentía, era
sencillamente una forma de querer parar la existencia. Julia me saludo desde la
ventanilla del coche de Luis; uno, ante estas situaciones tiene la impresión de
reconocerlas, de saber de antemano qué va a suceder, y en adelante cualquier cosa
que hagas o disposición con la que te manejes, te parecerá falsa, como
cumpliendo un guión ya predefinido. Allí estábamos, mi mujer de toda la vida,
mi amigo de siempre y yo. ¡Carajo! Cualquier cosa que hiciera daría igual,
estaba jodido; tenía el cuerpo entumecido, la sonrisa cuajada y los dedos de
los pies bailando convulsivamente dentro de mis zapatos ¡¿Y yo?! ¿Dónde estaba
yo…? Me explicaron cómo había sido todo y cómo tendría que ser a partir de
ahora, donde tendría que quedarme yo y a dónde irían ellos, y bla, bla, bla… Arguyeron
todas las razones para terminar finalmente con un: ¿lo entiendes? Asentí y nos
despedimos. Dimos toda una lección de moderno civismo.
El
humo del tubo de escape cosquilleo en mi nariz desadormeciéndome del arrecido
letargo, ya de vuelta a casa preferí subir por las escaleras a meterme de nuevo
en el desapacible ataúd metálico. ¿Por qué? De todos los proyectos que
emprendemos en la vida, el de compartirla con otra persona es probablemente el
más importante. Es realmente la vida en si misma; cómo vives, cómo sientes, con
quien duermes, a quien te confiesas. No son dos vidas juntas si no una vida en
común. O así lo entiendo yo, y creí que Julia también así lo entendía ¿Finiquitarla, no es un fracaso…? Señor y bestia
de la decadencia del tiempo, tú hiciste que yo no fuera ya mas su caballero; Dios
del desdén y artífice de la repetición el cansancio y el aburrimiento; malvado
brujo del pasar que mudas el brillo en los ojos de cada mañana por mezquindad y
esquivez cotidiana; ¿cuándo, sin avisar cociste en tu caldero la pócima que
acabó con la pasión, la seducción y el deseo? Puñetero devenir que por ansiar ser
nosotros para siempre nos acaba molidos del esfuerzo y por querer ir juntos
hasta el fin nos cansa de estar siempre tan cerca. ¡Oh, tú que con paciencia
todo lo rindes, vuelcas y cedes, maldita seas cruel duración, impávida y
cansina letanía de la existencia! ¿Por qué? ¿Porqué con Luis? ¿En qué se parece
a mí Luis? ¿No es la antítesis de lo que yo sería? No entiendo nada…
Empuje
la maneta del giradiscos y deje caer la aguja, Lohengrin comenzó a sonar con la delicada suavidad que precede a
todos los dramas del mundo. Me recosté en el sillón ciñendo alrededor de mi
cuello las solapas del abrigo que aún mantenía enfundado, pues el frio
persistía dentro de mi alma y hundí las manos en los bolsillos. En el derecho
encontré un encendedor, sorprendido me di cuenta entonces de que llevaba puesto
un viejo chamarro que torpemente cogí del ropero al salir; esto sirvió para
recordar que cuando deje de fumar hace años, reservé un paquete de tabaco
escondido sobre el armario, por si la voluntad me quebraba. De un brinco me
levante, corrí a buscarlo y allí lo encontré. Sople fuerte apartando el polvo a
la vez que mis manos lo abrían ansiosas y la llama del mechero urgente prendió
el primer pitillo. Aspiré profundo mientras los ojos sin apenas fuerza se me
iban entornando y poco a poco zozobré en la sórdida butaca. Heme aquí, nada que conservar, nada
que ocultar, pues nada me quedaba. El caballero del cisne huía con la dama
rescatada abriéndose paso sobre el lago ¿mantendrán su ideal para siempre? O, tal
vez con el paso del tiempo, un día Julia se volverá ajena para mirar el rostro
del caballero y extrañada formulará nuevamente la desconfiada pregunta,
rompiendo así el hechizo una vez más ¿Quién eres Luis?
Ya solo en casa, ardía de frío como los
metales de Wagner y fumaba mi ducados de siempre. ¡Suerte que cogí el abrigo!
El Real siempre ha sido una calle antigua, desde La Tienda del
paso, Lope, La Viuda, Baras, La
Espartería, Espadas o el Ideal Cinema, hasta el palacete de abajo, siempre
antigua y fría; pero si tuviera que escoger una de entre todas las de esta
ciudad, es esta la que elegiría. A pesar del dueño del palacio ¡Dios mío¡ lo he
visto solo una vez pero no olvidaré jamás esas cejas y su aspecto de noble
decimonónico anclado en una gloria más
antigua aún que él mismo. Me hace gracia y siempre que lo recuerdo pienso en
que si hubiéramos de personificar la idiosincrasia de esta ciudad medieval que
un día adquirió cierta relevancia en el conjunto del territorio que luego se
llamó España; la que hoy algunos se empeñan en mantener, trasnochada y absurda,
sin sentido y en un tiempo que no le corresponde; si necesitáramos elegir un símbolo: este sería el extemporáneo ricohombre amo del palacio de
abajo y su suntuosa vivienda barrocamente ornamentada, reminiscencia de una
clase elitista que de apoco fue perdiendo los fundamentos y ganando en mascara.
Que aprovechando los restos de nobleza
que quedaron adheridos a las piedras de sus palacios e iglesias, forjaron la
marca señorial y la vendieron tan a degüello que ha llegado como un estigma
hasta nuestros días.
Había quedado con Miguel Angel en el Paseo Mercao junto a la estatua, faltaríamos a clase
porque teníamos cosas más importantes que tratar. Ella bajaba también temprano
justo delante de mí Real abajo, ni nos miramos; la noche anterior habíamos
discutido. Somos así de estúpidos
narices y a veces el orgullo vence al deseo, en ocasiones incluso al destino.
Por la tarde, en la Villa Alta me esperaban para ensayar los compañeros
y amigos de “En Un Tris Teatro”; por
entonces se nos ocurrió montar la obra maestra del absurdo y símbolo del
antihéroe femenino, la boba, débil y fea princesa burlada por el príncipe
aburrido “Yvonne Princesa de Borgoña” – Su presencia en la corte supone un
factor de descomposición en el orden establecido, lo que hace aflorar sin
comedimiento, las deficiencias, vicios, e indignidades propias de cada uno de
los personajes –. Llegué con un poco de
retrasado y sin mí, habían dado comienzo al ensayo. Alrededor de una larga mesa, simulada con algunos
tableros que de mala manera habían colocado, se sentaban los miembros de la
corte: Cecilio - El Rey contrariado, Barceló - La Reina histérica, Pedro - El Príncipe guasón, Agú - El sobreactuado y apuesto Chambelán, Paco M,
Beba, Manolo y otros pocos, el resto de cortesanos. Como los propios The Lord
Chamberlain's Men en The Globe, todos los personajes del reparto estaban
interpretados por actores, es decir, las actrices también eran hombres. Señor T
– Yvonne, se retorcía sobre la mesa con las manos agarradas al cuello; torpe,
agonizaba atragantada por una espina de
pescado atravesada en su frágil garganta ¡sublime¡ la fea cara de Señor T descompuesta, interpretando a la pávida
princesa. No hube de corregir nada, Gombrowicz no lo habría imaginado más
peripatético, lo grotesco superaba al esperpento. ¡Genial!
Miguel Angel es un tipo seco y directo,
intransigente con la ambigüedad, si estas, estas; si no ¿para qué has
venido? Nos vimos después de mi ensayo a
la puerta del Chinarrale, cuando abrió la puerta de la tasca el olor a tabaco y
alcohol fermentado suscitaba al Vómito y a la envidia por no haber estado la
noche anterior en este local tan de actualidad en plena transición; nido de
barbudos, artistas y comunistas. Miguel Ángel se ayudaba económicamente echando
unas horas los fines de semana poniendo copas en “El Chinarrale”, y yo portaba
el aparato de música con una flamante cassette crome para grabar la Jam Session
de la noche del viernes; un cantante local, que ahora sé que después tendría
mucho éxito, venia por la ciudad este finde y se esperaba, como siempre, tocata
en la tasca. Hoy me pregunto dónde está todo aquello ¡carajo! Nos comíamos el
mundo, íbamos a cambiarlo todo, y lo cambiamos…
Acomodados y exactos, perdimos fuelle y nos hemos dedicado a contar
nuestros sueldos, ahorros o beneficios hasta retornar a un lugar muy cercano al
que nos encontrábamos; profesionales de la política nos han usurpado.
Hay algo en la
política que tiene que ver con las desproporciones y la falta de armonía, justo
al contrario que en el arte. Es lo que me cautiva de uno de estos dos
axiomas y me exaspera en el otro
Regreso a casa como cada noche y observo sorprendido que
alguien espera al otro lado de la calle, alguien que me mira fijamente. ¡Pijo, …en
Dios! –mastico sobresaltado–. El me mira y yo le miro, y por alguna extraña
razón, me resulta del todo imposible apartar la mirada. Su estatismo me
traspasa, hace que en mi cabeza se disparen todas
las alarmas. Sin embargo, sigo inmóvil como un pedrusco, paralizado. Debería correr
y ponerme a salvo –no dejo de repetirme–, pero mi cuerpo no obedece y mis pies,
pesados como el plomo, se adhieren incomprensiblemente al asfalto. ¡No puedo
moverme! Comprendo que es imposible escapar, algo extraño me retiene. Reparo de
nuevo en mi adusto invitado, y el tipo no se ha movido un milímetro. “El pasado
siempre vuelve” – evoco resignado–, y sé que, de forma inminente, algo va a
ocurrir. Se precipitara sobre mí y me descerrajara dos tirosIpso facto o, me hundirá repetidas veces su navaja. ¡Ahí viene, Dios!
Todo eso que a ti te parece esencial a mí me parecen gilipolleces, asistir esta
noche a esa cena, la reunión de los sábados, la escuela bilingüe de los chicos,
la casa residencial a cuya hipoteca no puedes hacer frente, el coche nuevo, tu
puto trabajo y las tetas de tu mujer; para mí no son nada. Antaño tus naderías
me provocaron desasosiego y más tarde resignación, ahora ya nada, si acaso lasitud y la certeza de entender que nada quedará de mí en
ti más que esa barbilla heredada y que como un estigma llevaras para siempre.
Eres un estúpido y no has entendido nada, venderás al trapero todos los libros
que hay en mi biblioteca cuando yo muera y aunque apenas cubrirás el sepelio
con lo que te den, los venderás porque te estorban, porque no sabes lo que
valen, porque necesitas el espacio que ocupan. Yo traté de darte lo que no tuve
y tú entendiste que lo merecías, por encima de ti, por encima de tu
esfuerzo.
Hoy miro a mi alrededor y veo que poco importa y lo que importa no está
cerca y lo cercano es baldío. Todas las cosas que me gustan le gustan a pocos y
lo que le gusta a todos poco me importa a mí. Más no creo en la reencarnación y
en mi hijo nada quedará de mí, salvo esa ridícula barbilla. Limpio cada mañana
los dientes que me quedan frente al espejo y miro a quien hay allí, levanto los
brazos y miro… y encuentro el mundo en mi axila, como un roll-on que trata de
paliar su mal olor.
Sencilla y entusiasta privanza, la que nos convocaba
domingo sí, domingo no, en Chalamera, ¿recuerdas? Una vez Don Julián, daba por finalizada su incendiaria homilía. Nosotros,
entonces jóvenes y entusiastas, no encontrábamos tiempo para escabullirnos prestos
a encaramarnos tras la vieja tapia. Según íbamos llegando, íbamos asaltando los
mejores sitios; esta era la única premisa. ¡Despreocupada liturgia! Durante los minutos previos todo era
bulla, guasas, cigarrillos… pero amigo, una vez iniciada la contienda, la
emoción secuestraba la atención de los concurrentes y, cada uno en su lugar, seguía
sin pestañear las evoluciones de aquellos tipos extraordinarios. Era
nuestra verdadera religión; el estado de ánimo podía pasar de la alegría a la
tristeza y luego otra vez a la alegría y nuevamente a la tristeza en cuestión
de segundos, mientras permanecíamos allí parapetados y sobreexcitados en un frenesí
estoico maravilloso.
Luego, si todo había ido bien, una cuartilla de
vino a escote en la taberna del “Tizne”, donde revivíamos con verdadera pasión, y algo exaltados también según se iba apurando el morapio, los más destacados momentos
del choque, y a casa. ¡Cuánta inocente verdad había en aquellas dos espléndidas horas!
Por entre
cañadas, veredas escarpadas y desfiladeros, con acostumbrado paso, se acerca el
mulero a Caín. Su tarea consiste en proveer de suministros a los vecinos del retirado
término (arroz, trigo, telas, algunos productos ciertamente exóticos y, por
supuesto, el correo). Un hombre deslustrado y más bien chico, algo nervudo y
saludable, conduce por sinuosa vereda exigua recua de mulos y jumentos rebosantes
de abastos y atavíos. La travesía comienza una vez dejado atrás el robledal; el
camino, carretero todavía, muere al pie del viejo murallón, se disipa en la planicie. En su lugar, emerge ahora una desangrada trocha. El grupo la toma y
progresa con letanía; zigzagueando sobre los derrubios de piedemonte gana altura con
prontitud. Abajo, en el barranco, acecha el río; bravo, helado y predispuesto... Desde allí, nutrias, mirlos acuáticos, salmones y un Martín pescador, saludan largos a
la comitiva. A veces, sin demorar en el ascenso, el mulero gira parvo la cabeza y, con oblicua mirada,
corresponde a los concurrentes.
Las paredes
de la garganta se elevan y estrechan según asciende el sendero, que discurre, una vez en lo alto, por reducido saliente a lo largo de la pared izquierda: suerte de derrota
indómita, hendida en el pedrusco años ha por el hierro del hombre, que se
complace en travesear con los viajeros. En ocasiones, si se le antoja, haciéndoles perder
la huella... Más arriba, un rebeco ensimismado contempla a la compañía, que con
paso lento pero inequívoco porfía en el esfuerzo; y pujan, y desarrollan…
Hasta que salen de las angosturas a ruta más desahogada. Avanzan finalmente sobre la
llanura aluvial, y con paso igual de plúmbeo se pierden en lontananza. A lo lejos,
se oye el canto del urogallo dándoles la bienvenida. No se demorarán los
vecinos que, ávidos de nuevas y provisiones, como de costumbre, escoltarán al séquito desde el bosquecillo de manzanos silvestres hasta la plazuela.