jueves, 10 de abril de 2014

Un adusto invitado


      Regreso a casa como cada noche y observo sorprendido que alguien espera al otro lado de la calle, alguien que me mira fijamente. ¡Pijo, …en Dios! –mastico sobresaltado–. El me mira y yo le miro, y por alguna extraña razón, me resulta del todo imposible apartar la mirada. Su estatismo me traspasa, me advierte y me estremece; hace que en mi cabeza se disparen todas las alarmas. Sin embargo, sigo inmóvil como un pedrusco, paralizado. Debería correr y ponerme a salvo –no dejo de repetirme–, pero mi cuerpo no obedece y mis pies, pesados como el plomo, se adhieren incomprensiblemente al asfalto ¡No puedo moverme! Comprendo que es imposible escapar, algo extraño me retiene. Reparo de nuevo en mi adusto invitado, y el tipo no se ha movido un ápice. “El pasado siempre vuelve” – evoco resignado–, y sé que, de forma inminente, algo va a ocurrir; se precipitara sobre mí y me descerrajara dos tiros rapidos o, tal vez me hunda repetidas veces su navaja. ¡Ahí viene, Dios!

La Nebulosa - © Edy

Acompañamos con:  Shots - Neil Young 


domingo, 9 de marzo de 2014

Roll-on


          Todo eso que a ti te parece esencial a mí me parecen gilipolleces, asistir esta noche a esa cena, la reunión de los sábados, la escuela bilingüe de los chicos, la casa residencial a cuya hipoteca no puedes hacer frente, el coche nuevo, tu puto trabajo y las tetas de tu mujer; para mí no son nada. Antaño tus naderías me provocaron desasosiego y más tarde resignación, ahora ya nada, si acaso lasitud y la certeza de entender que nada quedará de mí en ti más que esa barbilla heredada y que como un estigma llevaras para siempre. Eres un estúpido y no has entendido nada, venderás al trapero todos los libros que hay en mi biblioteca cuando yo muera y aunque apenas cubrirás el sepelio con lo que te den, los venderás porque te estorban, porque no sabes lo que valen, porque necesitas el espacio que ocupan. Yo traté de darte lo que no tuve y tú entendiste que lo merecías, por encima de ti, por encima de tu esfuerzo. 

          Hoy miro a mi alrededor y veo que poco importa y lo que importa no está cerca y lo cercano es baldío. Todas las cosas que me gustan le gustan a pocos y lo que le gusta a todos poco me importa a mí. Más no creo en la reencarnación y en mi hijo nada quedará de mí, salvo esa ridícula barbilla. Limpio cada mañana los dientes que me quedan frente al espejo y miro a quien hay allí, levanto los brazos y miro… y encuentro el mundo en mi axila, como un roll-on que trata de paliar su mal olor. 


La Nebulosa - © F. Buendía.

Acompañamos con: Dust In The Wind - Kansas



domingo, 23 de febrero de 2014

Un domingo cualquiera


          Sencilla y entusiasta privanza, la que nos convocaba domingo sí, domingo no, en Chalamera, ¿recuerdas? Una vez Don Julián, daba  por finalizada su incendiaria homilía. Nosotros, entonces jóvenes y entusiastas, no encontrábamos tiempo para escabullirnos prestos a encaramarnos tras la vieja tapia. Según íbamos llegando, íbamos asaltando los mejores sitios; esta era la única premisa. ¡Despreocupada liturgia! Durante los minutos previos todo era bulla, guasas, cigarrillos… pero amigo, una vez iniciada la contienda, la emoción secuestraba la atención de los concurrentes y, cada uno en su lugar, seguía sin pestañear las evoluciones de aquellos tipos extraordinarios. Era nuestra verdadera religión; el estado de ánimo podía pasar de la alegría a la tristeza y luego otra vez a la alegría y nuevamente a la tristeza en cuestión de segundos, mientras permanecíamos allí parapetados y sobreexcitados en un frenesí estoico maravilloso.

          Luego, si todo había ido bien, una cuartilla de vino a escote en la taberna del “Tizne”, donde revivíamos con verdadera pasión, y algo exaltados también según se iba apurando el morapio, los más destacados momentos del choque, y a casa. ¡Cuánta inocente verdad había en aquellas dos espléndidas horas!

A Cecilio.


© Juan Pedro del Río
Fotografía: Curiosity, Tomislav Peternek



martes, 28 de enero de 2014

Camino a Caín

           


            Por entre cañadas, veredas escarpadas y desfiladeros, con acostumbrado paso, se acerca el mulero a Caín. Su tarea consiste en proveer de suministros a los vecinos del retirado término (arroz, trigo, telas, algunos productos ciertamente exóticos y, por supuesto, el correo). Un hombre deslustrado y más bien chico, algo nervudo y saludable, conduce por sinuosa vereda, exigua recua de mulos y jumentos rebosantes de abastos y atavíos. La travesía comienza, una vez dejado atrás el robledal; el camino, carretero todavía, muere al pie del viejo murallón, se disipa en la planicie. En su lugar, emerge ahora una desangrada trocha. El grupo la toma y progresa con letanía, zigzagueando sobre los derrubios de piedemonte gana altura con prontitud. Abajo, en el barranco, acecha el río; bravo, helado y predispuesto, desde allí, nutrias, mirlos acuáticos, salmones y un Martín pescador, saludan largos a la comitiva. A veces, el mulero gira parvo la cabeza, y con oblicua mirada, corresponde a los concurrentes sin demorar en el ascenso.

            Las paredes de la garganta se elevan y estrechan según asciende el sendero, que discurre, una vez en lo alto, por reducido saliente a lo largo de la pared derecha; suerte de derrota indómita, hendida en el pedrusco años ha por el hierro del hombre, que se complace en travesear con los viajeros, en ocasiones, si se le antoja, haciendoles perder la huella. Desde arriba, un rebeco ensimismado contempla a la comitiva, que con paso lento pero inequívoco porfía en el esfuerzo; y pujan, y desarrollan… Hasta que salen de las angosturas a ruta más desahogada. Avanzan finalmente sobre la llanura aluvial, y con paso igual de plúmbeo, se pierden en lontananza. A lo lejos, se oye el canto del urogallo dándoles la bienvenida. No se demoraran los vecinos; que ávidos de nuevas y provisiones, como de costumbre, escoltaran a la comitiva desde el bosquecillo de manzanos silvestres, hasta la plazuela.


La Nebulosa - © Juan Pedro del Río

Acompañamos con: "Chalaneru" - Banda Gaites Llacín



jueves, 2 de enero de 2014

Ángel


Mi hermano no sabía bien que estaba pasando, papá y mamá ya no estaban, la guerra lo había cambiado todo y ahora éramos él y yo solos; sobrevivíamos a nuestra manera, obteniendo cosas de aquí y de allá. Recuerdo que solía tranquilizarle diciéndole: – No tengas miedo Niko, yo siempre estaré a tu lado–. Y, de algún modo, era consciente de que le estaba mintiendo.

Esta tarde, fui a visitar una muestra itinerante de fotografías de la Gran Guerra, que por estos días se exhibe en mi ciudad. De repente, me quede petrificado; en una de aquellas instantaneas aparecíamos Nikolai y yo. ¡No había duda, éramos nosotros! Pude reconocernos con absoluta certeza. Niko llevaba puesto mi abrigo con capucha color gris que tanto me gustaba, mientras yo, marchaba a su lado asiéndole por los hombros de forma protectora. Caminábamos por delante de un edificio de vecinos de la calle Freta, cerca de la plaza del mercado de la vieja Varsovia.

Pobre Niko, finalmente conseguirían separarnos. Debió ser, solo unos días después de que se tomara esta foto. Aún puedo verme, llorando y pataleando de impotencia mientras me arrastraban lejos de él, que no paraba de gritar mi nombre. Desde aquel día, no he dejado de buscarlo. Mi corazón ya es viejo y, sin embargo, la pena no se ha abreviado un ápice. Imagino que tiene que ser así, a mis 78 años no perderé la esperanza.


La Nebulosa - © Edy
Foto: David Peat

Acompañamos con: "Feel" - Robbie Williams


Estrellas en la hoguera


En el rincón de la calle Los Molinos, tras la puerta, el miedo no era mayor que la curiosidad. Mis hermanas y yo, tentábamos la madera hirviente del grueso portón; el jaleo que  llegaba de afuera nos hacia cosquillear por dentro como si hormigas miles subieran alegres por nuestras piernas; imparables bullíamos hasta que empezamos a entender la gravedad de lo que acontecía: la preocupación en el rostro de Papá y el abuelo, el desamparo de mamá, los gritos en la callé… todo aquello configuraba para nosotras una excitante aventura; aunque mucho mas tarde entendimos que esta noche cambiaría para siempre la realidad de nuestras vidas. Mariana subió al piso superior y nos chisto desde arriba, subimos de inmediato y a través del pequeño ventanuco, apretadas las tres, pudimos ver  la lonja de enfrente ¡una enorme hoguera se levantaba en ella! Más alta que las casas, más alta que la iglesia… los hombres saltaban endiablados arrojando a las llamas santos, cruces, ornamentos y ropas eclesiástica; exaltados, parecían disfrutar como en una fiesta. Las mujeres de las cuevas huían de allí con canastos abarrotados de lo que creyeron poseía algún valor y, de repente, se escucharon tiros. Papa nos aparto de un puñado y atranco la ventanucha  mientras le decía a madre  -  Juana llévate a las chiquillas al corral, mételas en  el retrete y no hagáis ruido, cerrad la puerta y callad; si entran, les diré que estamos el abuelo y yo solos, que la familia está en al campo y hemos subido a coger viandas para mañana.

            Cuando despertamos seguíamos las tres en el retrete abrazadas a mamá, la luz del día se colaba por las rendijas de la tosca portezuela obligándonos a apretar los ojos; era uno de esos días radiantes y cálidos en los que se hace difícil prever que algo grave pueda suceder. Sin embargo durante la noche pasada, que ahora me parecía un sueño, se había iniciado todo; los milicianos rojos contrariados y enardecidos, ofuscados por las noticias que llegaban sobre el levantamiento fascista, se hicieron a las calles, encarcelaron a los ricos nacionalistas, quemaron sus iglesias y les despojaron de sus propiedades. De repente el pueblo se había dividido en dos mitades, ¿de qué parte era yo? ¿y mis padres? ¿y mis hermanas? ¿podíamos elegirlo?... Por el aspecto de los nacionales, se diría que mi familia y yo no pertenecíamos a ese bando. Tardamos en salir a la vista de la calle, primero abrimos con miedo el ventanillo y contemplamos la gran montaña de rescoldos humeantes, después salió mi padre y hablo con los vecinos, le siguió el abuelo y así fuimos recobrando la confianza para volver a este espacio tan cotidiano, donde tantas veces jugamos y que ahora se nos hacía ajeno ¿Cuándo dejo de pertenecernos? Asombrada, los ojos se me iban a las estrellas que relucían entre las cenizas de la hoguera, dorados y platas brillaban en la negra carbonilla. Las puertas de par en par en la iglesia, el desorden dentro, el humo, la plaza desolada, abandonada por los que la devastaron, temida ya por el resto…  Nunca antes había entendido ese lugar extraño, ni el misterio que se guarecía dentro, detrás de la pesada puerta; tan oscuro y frío, por donde pasaban  gentes que dentro no parecían lo que eran fuera. Y no pensé jamás que ese aciago edificio pudiera vomitar algún día  un infierno sobre la lonja de la calle de Los Molinos, frente a mi casa, en mi pueblo… Ni que las estrellas que brillaban entre la bazofia, me pudieran atraer de esa manera.

El tiempo y la confianza se apoderaron de la bestia, los días pasaban y las tardes las echábamos  los niños escarbando en los restos de la hoguera, expoliándola codiciosamente de sus pequeños tesoros. La normalidad es una referencia mucho mas variable de lo que creemos pues nos adaptamos al cambio con gran facilidad; así, lo que ayer nos parecía un abismo hoy es nuestro valle ideal y al año justo de caer en el infierno, somos capaces de montar un festín para celebrar el aniversario de nuestra llegada. El caos en las calle se había instalado de una manera igualmente cotidiana, exaltados y despavoridos convivían con plena naturalidad…  Las escenas más esperpénticas se vivían con absoluta llaneza de a diario: el trasiego en las casas de los señores abiertas de par en par y de donde  sabanas, vajillas, ropas y  muebles, salían desfilando aceras arriba en manos de las familias más humildes; las cuadrillas de milicianos gritando sus máximas, las noticias en las radios, el odio, la sed de violencia en espiral creciente… La mayoría  fuimos meros espectadores que  pretendíamos estúpidamente pasar desapercibidos, como no queriendo tomar el aire en medio del huracán. 
      
Luego pasaron muchas cosas y al final los vencedores se ensañaron  en una despiadada represalia  pero hoy este es mi recuerdo, en mi memoria habita desde entonces, es una de esas imágenes que viajan conmigo sin ser mala compañera.  Lo he contado miles de veces a mis hijos, ellos callan siempre y escuchan como si fuera la primera vez que lo cuento;  sabemos que es así como nos gusta, como si fuera la primera vez... Maldita sea, una a esa edad no puede entender que necesidad había de todo aquello, es ahora cuando trato de comprender la situación y que el cansancio, el hambre, la injusticia y la sin razón, provocaron el enfrentamiento; más  siempre, cuando termino de plantearme este argumento que me ayuda a entender al ser humano y que en extremas circunstancias podemos caer en la barbarie;  acuden a mi memoria el rostro de mi padre y de mi abuelo y pienso en cuantos grandes hombres se pierden por ser prudentes, pues teniendo mejor criterio callan. 
 
No sabría explicar mejor el porqué, fue así, sin más nada  “la libertad solo significaba, no tener nada que perder” y en el aquel tiempo de las estrellas reluciendo dentro de las hogueras, casi todo el mundo lo tenía ya todo perdido, de manera  que buscaban a tiros su libertad. 


La Nebulosa - F. Buendía

Acompañamos con: "Papá cuentame otra vez" - Ismael Serrano







jueves, 12 de diciembre de 2013

Mi cabeza no para.

Bajo la tapa del arca, sal para la salazón y al lado mi cama. Tras la cabecera tengo la ventana, la calle y los pinos; sobre mí, el tejado y los nidos. Abajo está la cocina a la que voy ligero, dejo a un lado el cuchitril de los trastos y atravieso el salón rozando las cortinas que enmarcan concertadamente la entrada a los cuartos y que, como si de un palacio colonial se tratará, están absurdamente estampadas con motivos de caza. Paso el pequeño pasillo y la oscura alacena, evito tropezar con la pila en el rincón donde se lava, y entro.

Sobre la mesa con los brazos apoyados y la barbilla dejada caer en el envés de mis manos entrelazadas, observo  la maestría con  que mama extiende la argamasa. El aroma a anís, el azúcar, la harina…  Se acerca la navidad y prepara sus deliciosos rosquillos rajados, fritos en aceite de oliva y espolvoreados con azúcar nada más salir de la sartén. Me da uno y esconde grandes fuentes en las partes altas de los armarios, donde nadie pueda llegar, donde nadie pueda hurtarlos. Mamá me enseñó así la grandeza de los momentos grandes; la ansiedad de esperarlos, la excitación de vivirlos, la…. resignación para reservarlos.

No es una gran cocinera pero como para todo se da buena maña. Con los ojos perdidos, obnubilados y mi rosquillo entre el pulgar y el índice muy cerca de la boca, espero lo que me resta por comer mientras mastico lo mordido y salgo a la calle. En invierno anochece tan pronto en el campo… puedo moverme porque conozco como mi propia mano las inmediaciones de casa, busco el melocotonero donde sé que hay una piedra para sentarme, me siento y miro. Veo lo que hay porque sé que está y veo lo que quiero porque lo tengo dentro… mi cabeza no para.

Noto el frescor del rio, y oigo el ruido del agua arrastrándose entre las piedras; desde lejos, a mi espalda, llega el ronquido producido por el agua que alivia el embalse a través de sus compuertas, que deben estar abiertas; y leve, muy cerca, pero incesante; el zumbido de los cables de electricidad que entran y salen de la caseta transformadora; los grillos, los pájaros, alguna rana; todo suena a la vez y yo lo oigo. Me gustaría saber a dónde conduce el camino que pasa por casa, se pierde entre el olivar cuando llega a la falda de los cerros. Esta noche de luna llena deja ver en sus crestas dos pueblos lejanos, uno extiende a la derecha su hilera luces, el otro solo es una línea en el cielo, con una torre alta a la izquierda que lo remata ¿Quién vive allí?  …El mundo que estudiamos en la escuela debe ser grande. 

Ahora miro desde la cresta hacia el sitio donde aquella noche estuve sentado rosquillo en mano y, con la espalda pegada a la torre de la iglesia, que antes observaba desde el otro lado, imagino aquel viejo lugar y lo echo de menos. Ya sé a dónde lleva el camino…  -Sigo buscando, desfilo bajo la lluvia, aunque no me identifiques yo soy uno de ellos, mis pasos son firmes y sé hacia donde camino, firme voy y sé hacia dónde. Caminando, caminando cruzo el mundo… hasta que cansado caigo-.

 “Vencido por mi propia guerra, me quedé como un cuadro  en su pared  pegado,  que nada tiene que hacer salvo seguir colgado”

          Esta noche mondo naranjas y sus peladuras vierto en mi sartén repleta de aceite de oliva virgen, que así desahúmo y aromatizo; preparo viejos rosquillos fritos y espolvoreados en azúcar, mientras la niña me mira y su madre la mira a ella. Le doy uno y guardo el resto, la observo mientras come… me gustaría explicarle a donde se dirige el camino que pasa por casa y descubrirle los misterios que aquella torre oscura esconde. Quisiera evitarle el llanto… pero no digo nada. La veo salir rosco en mano y su mirada perdida en la lejanía, mientras mastica el bocado…  su cabeza no para.


La Nebulosa - F. Buendía 


                                                                                      Acompañamos con: Guadalquivir - Guadalquivir