domingo, 10 de agosto de 2014

Ojos en el Calor


¿Somos sensaciones? ¿instinto? ¿intuición?. Me pregunto porque respondemos en ocasiones a estímulos reflejos que no dominamos;  organizamos nuestros actos, dirigimos la actitud, corregimos malas costumbres, nos autogobernamos en un proceso interminablemente disciplinante y de voluntades estrictas. Y sin embargo ¿cómo elegimos nuestro  color preferido? ¿La pintura que nos fascina y la música que tanto nos gusta? ¿de dónde nace el fundamental proyecto de vida? ¿cuándo y de quien me enamoro?  Podemos prohibir pero no evitar.   

Un día, hace ya tiempo de esto, en el museo Peggy Guggenheim, sentado en la terraza reflexionaba sobre un cuadro del borracho Pollock  “Ojos en el Calor”   lo acababa de ver dentro y necesité recapacitarlo un poco  ¡Diablos¡ que gracia tienen a veces las cosas, alguien se movió a mi espalda, giré la cabeza instintivamente, una chica que me recordó a ti salía del recinto, solo vi su espalda, quise abordarla para saber si eras tú, de hecho corrí tras de ella… tras de ti… no la alcancé, se me perdió pronto entre las callejuelas de aquel babel y no conseguí ver su cara. Volví a la terraza con los ojos perdidos y apoyándome en la balaustrada escupí con rabia al canal pero el canal no lo notó, siguió su curso sereno meciendo sobre su manto gris a la multicolor floresta de nenúfares formada por innumerables embarcaciones y golpeando incesantes sus borde contra la cimentación de los palacetes,  chasclaspss, chasclaspss…  

Peggy, Pollock, tu y yo no nos separamos ya en aquel viaje.



© F. Buendía. 

jueves, 7 de agosto de 2014




Cada noche era lo mismo; regresaba a casa y, mientras se lavaba las manos manchadas de sangre, se miraba en el espejo complacido. 

– Era realmente hermosa, ¿sabes? Primero corte sus tendones de Aquiles, más tarde pase varias veces con el cortacésped sobre su cuerpo y, finalmente, le arranque las tripas. Te habría gustado verlo.

– ¿De veras lo piensas?

– ¡Si, maldito bastardo! No eres más que un comedido presuntuoso con el cerebro conectado al culo que se cree mejor que el resto. ¡Mírame con atención!, te verás a ti mismo. Entonces… ¿No me vas decir tu nombre?

– No, ya sabes que no me gustas.

La Nebulosa - © Edy
Imagen: de la pelicula  "Halley", de Sebastián Hofmann






Había fabricado una máquina para viajar en el tiempo. ¡Jodido perfeccionista! Nunca estuvo a gusto dentro de su propia corteza. 

Una mañana, tras sus acostumbradas tostadas de pan de molde empapado en leche condensada y gratinado al horno, subió a la máquina lleno de energía. Estaba decidido a hacer un recorrido en retrospectiva por su vida; la idea era encontrar un punto de inflexión esencial, un lugar, a partir del cual, reiniciarse. Pero fue incapaz de resolver, y entre titubeos e indecisiones, llego al momento mismo de su nacimiento. 

– ¡Vaya! –exclamo contrariado– pues, tendré que comenzar de nuevo.

La Nebulosa - © Edy




Cuando ocurrió, estaba fuera de casa. El aviso le llego como un ladrillazo en la cabeza; se dio cuenta que cada día le parecía más y más a su padre y comenzó a notar que le faltaba el aire. Un frío gélido recorrió su garganta. Entonces, cogió el teléfono e hizo una llamada.


- ¡La morgue, dígame!
- Hola, creo que estoy muerto.


La Nebulosa - © Edy




miércoles, 2 de julio de 2014

entreolivares vago


entreolivares vago

     Como un Juancaballo hambriento vago entre olivares por las huertas de la ladera. Me resisto a volver a la caja de los recuerdos y lanzo dentelladas al viento sin hallar presa que pague mi ira ni clavo al que quedarme sujeto… desespero.

     Irremediablemente viajo sin denuedo camino inevitable al olvido del recuerdo;  encerrado en la caja oscura con agujerito pequeño por el que a veces ella cuando que hacer no tiene o un descuido indolente  traiciona el rigor de su voluntad tremenda, mira, huele y ve,  lo que su alma codicia y su corazón querer no quiere.  Vuelvo a la oscuridad, vuelvo al recuerdo… atormentado por haber hecho lo que no hacer no puede. Pero aliviado en el consuelo de intentarlo siempre,  porque entre el hacer y no hacerlo, la diferencia es grande. 


© F. Buendía 


                                          mi unicornio azul - se me ha perdido ayer - se fue...

viernes, 27 de junio de 2014

Irreversible.



Irreversible. 

¿Fue una tarde? Yo, que presumo de memoria no lo recuerdo ¿Qué pasó aquella tarde? ¿Qué lo cambió todo? La respiración entrecortada, el miedo dentro, desolación… pena. El mundo andaba a mí alrededor, los relojes marcaban las horas, un escaparatísta mudaba las ropas de los maniquíes en cualquier escaparate de la calle nueva, mis pulmones persistían en su movimiento reflejo, todo extrañamente permanecía mientras mi corazón aturdido callaba ¿qué fue mi vida? 

Da igual cielo, algo nos confundió, éramos jóvenes e inmortales “nos dimos cuenta mucho mas tarde que la vida iba en serio” Ahora sé que ni la estupidez ni el pasar vence a lo que es cierto. Por encima de todos los genomas y estigmas animales, de nuestras propias torpezas, antes de nosotros y más allá de la muerte insolente; sin necesidad de vernos, venciendo a la carne y al tiempo… el destino está escrito “hoy es siempre todavía” 

© F, Buendía
Citas de: Jaime Gil de Biedma y Antonio Machado.

lunes, 12 de mayo de 2014

Insurrección



     No supe que decir, permanecí agarrada a la baranda, encogida, ridículamente desorientada y sin auxilio; miré aquellos ojos que inesperadamente se cruzaron conmigo, los que antes tanto había visto y no pude decir nada… perdida, quede callada. Mi juicio voló, los recuerdos de una memoria involuntaria se levantaron en armas, como un ejército de viejos soldados revolucionarios organizaron la revuelta y las manidas ideas tan guardadas renacieron insurrectas; subversiva ya, giré la cabeza. Los mismos pasos ahora cansados se alejaban de mí una vez más… Pude rescatarme del embeleso cuando apenas una lágrima que no consentí asomó al talud de mis parpados nostálgicos… Y ya en mí, emprendí el camino de regreso a casa.

          De mañana abrí las cortinas de la ventana y entró la luz, calenté agua puse te y mojé una magdalena. De aquella taza salió todo: los pasos yéndose,  los ojos claros, mis ideas, las ilusiones, la temperatura de entonces, en el parque por otoño pisando las hojas… acerqué la cara para oler mejor su aroma.


© F. Buendía     -   y gracias a  Proust