martes, 7 de octubre de 2014

Cinco membrillos podridos.


En días como hoy, me pasa, se me va el santo al cielo y ya no distingo con claridad lo malo de lo bueno, pero es así ¡tan difícil tener criterio¡ Abatido entonces y sin remedio dado al asueto, mi cabeza me traiciona y trae a la memoria como si fuera el presente, un recuerdo. He recordado frente a San Pablo, cuando tenía allí el estudio Marcelo; nunca he sido demasiado seguidor de su obra pero de alguna manera  siempre lo tuve cerca y siempre pensé que su arte le superaba. Es jodido:  o se tiene el don sin saberlo, o se conoce y sabe, pero el oficio no acompaña; sublime armonizar don, oficio y genio.  Entré invitado por una amiga mía y sobrina suya al taller, pequeño pero sabroso: A una casona antigua se le había limpiado toda la tabiquería dejando un espacio diáfano de suelo empedrado y techo alto, la galería con acceso de escalera ancha y baranda noble, establecía una segunda altura para la mitad del estudio; oscuro y fresco en la entrada y generoso a la luz en el fondo; la claridad provenía de la cristalera grande, abierta a lo que debió ser el corral, ahora patio ¡Caray¡ no olvidaré jamás aquel lugar. Nos saludo paleta ensartada en el pulgar,  pincel en la otra mano y vestido tal que un dandy campechano.

Sobre el olor rancio a maderas antiguas, paredes de cal y piedras humedecidas; resaltaba el ácido tufo de unos membrillos podridos que encima de  la mesa le servían como modelo. Cuando pude, rodeé el espacio y sin estorbar me coloqué a la espalda del artista ¡carajo¡ una calcomanía se estampaba sobre el lienzo, sencillo: Dejados en una insignificante  mesa de madera oscura y delante de un fondo blanco roto, casi gris, desconchado;  aparecían los cinco membrillos podridos, nada más, ni una ramita, nada, ni un plato; solo un pequeño paño claro, apuntillado en los filos y puesto de esquina a modo de tapete que empapaba el jugo ocre…  sobrecogedores vistos en el cuadro - ¿Qué es esto? Le pregunté – Na, que ha pasado Tomás con el carro pa la plaza de abastos, llevaba  frutas y le he dicho, deja esos podridos aquí que los voy a pintar – respondió.  

He estado buscando información del paradero de este cuadro y no encuentro nada, a saber donde lo vendió y quien lo compró, de alguna manera echo de menos y reivindico un espacio físico, virtual si acaso, donde encontrar toda la obra de Góngora. Pero estoy seguro de que es exacto a la imagen que hoy me trae este recuerdo y de que él con su obsesión por el paso del tiempo, pinto cinco membrillos podridos que aún eran sin ya servir...  recordándonos que ayer lo fueron todo… pero que mañana no serán nada. 
 
La Nebulosa - © F. Buendía. 





lunes, 29 de septiembre de 2014

La Tasquita

Sopla viento de levante, el calor difumina el horizonte y la mar está picada. El olor a pescaíto frito sube desde la Punta de San Marcos hasta la puerta de la iglesia de San Felipe. Dos zagales del barrio de San Eufrasio me atienden las mesas de la calle y me llevan las cuentas, son gente cabal.

       Mi mujer está en la cocina, yo atiendo en la barra, con los finitos, el jamoncito en los papeles bien cortao y los camarones de la isla. Entre copita y copita, me paro un rato y me lo pienso. Me salen letrillas sueltas, con soniquetes, a compás, con talento. Y ya, cuando me viene el ángel, suelto los nudillos sobre la barra y me salen a borbotones alegrías, tanguillos y bulerías a mi aire. Y otras veces, algunas, cuando la cosa viene desde dentro -como un ardor que te quema y de la boca te sale fuego- coplillas con mucho sentimiento me vienen a menudo a la cabeza; cosas que improviso y que me salen como a retales, de otras miles de cosas que les he sentío a los grandes, y que poco más o menos dicen así:

                  La fatiguita que llevo por dentro,
                  No se la deseo yo a naide,
       Por las calenturas pareciera enfermedad
       Pero no hay doctor que me la sane.

           Luego me las entiendo conmigo mismo, en silencio, sin compaña, más que con una copita de fino palillo en la mano; mientras de la cocina no paran de salir, recién hechas, las acedías fritas y las tortillitas de camarones.

La Nebulosa – ©Leandro Bastón.




sábado, 20 de septiembre de 2014

Un hotel de carretera



Llovía, era la una de la madrugada, el control de crucero mantenía la velocidad del vehículo y, después de cinco horas al volante, la monotonía y el agotamiento hacían que mi concentración no fuera la mejor del mundo. Vi aparecer el neón y pensé: “Un pequeño hotel de carretera, es un buen lugar para descansar un rato. Mañana, estaré en casa”.

Baje del coche y me cubrí con la chaqueta tratando de evitar la lluvia. Al entrar, me tope de bruces con una vieja y enlutada señora, que parecía que hubiera estado esperándome.

– ¡Oh! Hola, buenas noches, me gustaría…  

– No se preocupe, –me interrumpió– está todo preparado –he hizo que la siguiera a través de un oscuro y solitario pasillo–. Este es su cuarto –dijo, invitándome a pasar–. Esta noche, no hay nadie más hospedado, así que podrá descansar a sus anchas –aclaró, y se fue.

Mi cuerpo había desconectado hacía rato y parecía aflojarse. Así que, me quite los zapatos y me derrumbe sobre la cama. Podía oír el agua que goteaba desde el tejado, rebotando sobre las bromelias: plof… plof…; en un santiamén, me quede dormido. No debía haber pasado mucho tiempo, cuando unos golpes secos y poderosos me despertaron. ¡Joder con la tranquilidad! –balbucí–. Dándome cuenta de que, por alguna extraña razón, estaba tendido sobre el suelo, y un desagradable olor a podrido inundaba la estancia. Busque el móvil dentro del bolsillo y lo encendí para proporcionarme algo de luz…

– ¡Hostia puta! ¡¿Pero qué mierda es esto, joder?¡ –gritaba mientras, ayudándome de pies y manos, retrocedía espantado hasta dar con mi espalda en la pared.

De pronto, la habitación estaba vacía. Y como si de una broma macabra se tratara, del techo pendía el cuerpo de un tipo abierto en canal, mutilado y putrefacto. No tenía ojos, y de sus cuencas vacías, no paraban de brotar oleadas de larvas y moscas que, un poco más allá, devoraban con avidez lo que parecía ser restos de vísceras y tripas dentro de un cubo de plástico. Entonces, un susurro débil y apagado me llego con un pequeño aliento:

– Huye, corre… corre… –me decía.

– Me volví y ¡Hostias! La vieja decrepita de la recepción estaba allí, hablándome al oído.

Di un manotazo, me levante y salí por patas. Al abrir la puerta, una especie de hálito fúnebre secundado por un coro de voces cadavéricas me sacudió. Corrí, y mientras corría, notaba que algo extraño penetraba entre mi ropa. Entonces corrí aún más, me cubrí la cabeza con los brazos y me arroje contra la puerta de madera y cristal que daba a la calle, rodé por las escaleras y choque contra el pavimento –debí golpearme en la rodilla, porque ahora me duele una barbaridad–, pero me incorpore y seguí corriendo hasta llegar a la carretera, donde me encontraste.

– Pero… ¿Qué me estás contando, Tron? Ese hotel lleva más de veinte años abandonado –sentencio el camionero.


La Nebulosa - © Jp del Río.





jueves, 11 de septiembre de 2014

Ducados


   En la cajetilla solo quedaba un ducados arrugado y aunque mi garganta hervía y no soportaba mas brasa, salí a comprar tabaco, pues desespera la idea de echarte a dormir sabiendo que sobre la mesilla no hay nada.   

  Los principios se me dan bien y los finales, pero me cuesta lo de en medio ¡demonios¡ el hígado me hervía como un cocido maragato y mi cabeza resoplaba cual una exprés desajustada ¡Pufm, Pufm, umf puf, pufm¡ el calor me asfixiaba  ¡plaf, plaf, punff¡ ¡¡Caray, abrid la ventana¡¡ Cuando a uno le pasa esto, le importa una mierda el mundo, no quisiera ni morirse, por tal de jugársela a la puta vida. Desesperado, quede dormido y cuando uno despierta después de haber claudicado de esta manera… Se despierta uno con sed, y enfadao; pero si no tienes a quien te vea…  da igual  ¿Dónde está mi cajetilla de ducados? Empuje la mesilla que cayome sobre el pié del que el dedo gordo ahora sangraba, pero callé tratando de no mojar el único sigarro que me quedaba y que encendí gruñendo de doloo mientras chupaba y las lagrimas se metieron en mis labios que empapaban la meca que yo chupaba; llorando, dolido, endiablado maldecía pero fumaba… fumaba ¡Caray¡ a uno no le importa ni el dolor que siente y que te quemes los pulmones te gusta, cuando te quieres quitar la pena de la vida…  ¡La vida da pena.

   ¡Nadie¡ nadie, era de día y yo estaba solo, como todos los muertos de los cementerios, soleados los días de sol y sin nadie…  todos muertos;  solo y callado como si no hubiera ninguno al lado o el que estuviera, fuera un muerto. La cajetilla vacía, mi dedo sangrando y yo como un muerto. Miré desde el balcón y lo vi todo más no  pude tomar nada, nada… todo claro pero mi mente nada alcanzaba, evidente pero ajeno, al otro lado del espejo. Mis dientes descarnados bailan por la desesperación de no ser más que viejos, solo viejos… amarillos y viejos, en el espejo;  asustan cuando rio pues solo me resta ser serio; nada cuido porque envejezco y envejezco descuidado, a veces fumando sonrío solo si estoy solo frente al espejo y solo envejezco. Muy bajito, ya nada se escucha, casi nada… todo en silencio… suena como una bendición,  bajito… sin nada, un velo entre la ausencia y el todo, como todos  los lugares adonde nos quisieran llevar  …suena bajito, calla, calla…


La Nebulosa - © F. Buendía 


                                       



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martes, 9 de septiembre de 2014

Señuelo




 ¡Tranquilícese señora Cadwell! Su marido está perfectamente, ha sido él quien ha insistido en que la llamáramos... No, usted lo que debe hacer es mantener la calma, nosotros sabemos hacer nuestro trabajo. Recoja lo que necesite, busque a alguien que pueda acompañarla, esta alterada y no conviene que coja el coche, y diríjanse directamente al departamento de urgencias del hospital comarcal... Sosiéguese, le estaremos esperando.

Treinta minutos más tarde, un sedán Lexus LS 600, recorre el camino de la mansión Cadwell, en dirección a la carretera principal; las luces delatan su presencia desde lejos. Al llegar a la cancela que da acceso a la propiedad, el sedán detiene su marcha, su ventanilla izquierda se abre, y la puerta automatica se pone en marcha. Fuera, guarecidos tras los arbustos, dos tipos observan con detalle las evoluciones de los ocupantes:

 Cariño, tendrás que perdonarme  –se puede oír a la Sra. Cadwell, mientras manosea agitada la bragueta de su acompañante, te prometí una noche especial y fíjate que desastre.

  Míralo de este modo, querida –contesta el acompañante ¡Ojala ese cabrón palme sobre la mesa del quirófano! –la puerta completa su recorrido y el coche reanuda la marcha.

  Si, ese es el coche y, esos son ellos ¡Adelante con lo previsto! –confirma uno de los tipos surgiendo de la espesura.

Según se aleja por la carretera, el teléfono del Lexus comienza a sonar, la Sra. Cadwell descuelga y… ¡Boom! El coche salta por los aires hecho pedazos.

 ¡Lástima! –comenta el Sr. Cadwell desde la cancela, tenía unas tetas fantásticas.


La Nebulosa - © Jp del Río.




martes, 2 de septiembre de 2014

Abstracción

      

      Anoche vino a verme un espíritu celeste. ¡Increíble el tipo! Yo andaba con “Gambling Bar Room Blues” de Jimmie Rodgers. Se acercó y me dijo:

- "¡Oh, pobre mentecato, digno de lástima! ¡Horrible y espantable estado el tuyo! Piensa en el calabozo abrasador que te preparas por toda la eternidad y a donde te lleva el camino que sigues.”

       Emergiendo de la abstracción, me levante, deposite la guitarra sobre el asiento, y escrute los bolsillos del pantalón en busca de un paquete de Ducados rubio que había comprado por la mañana. Apareció, lamentablemente vacío.

-  Eh… ¿Un sigarrito no tendrás?


La Nebulosa - © Jp del Río. (Gracias a William Blake y su matrimonio del cielo y el infierno)
Imagen: portada del disco La rebelión de los hombres rana del Ultimo de la fila (versión de la anunciación de Fra Angélico)






domingo, 10 de agosto de 2014

Ojos en el Calor


¿Somos sensaciones? ¿instinto? ¿intuición?...  Organizamos continuamente nuestros actos, dirigimos la actitud, corregimos malas costumbres; nos autogobernamos en un proceso interminable de disciplinas y voluntades estrictas.  Pero sin embargo, me pregunto por qué respondemos en ocasiones esenciales a estímulos reflejos, dejándonos llevar por lo que no dominamos; ¿cómo elegimos nuestro  color preferido? ¿La pintura que nos fascina y la música que tanto nos gusta? cuándo y de quién enamorarse ¿lo planificamos?   …Podemos prohibir todo lo que nos parece extravagante, no racional;  pero no evitarlo. Hacer proyectos, delinear horarios...  mas necesitamos oler para ir, notar para estar, sentir para decidir.     

Un día, hace ya tiempo de esto, en el museo Peggy Guggenheim, sentado en la terraza reflexionaba sobre un cuadro del borracho Pollock  “Ojos en el Calor”   lo acababa de ver dentro, entre muchos otros y necesité salir afuera, darme una tregua para recapacitarlo  ¡Diablos¡ que gracia tienen a veces las cosas, alguien se movió a mi espalda y giré la cabeza instintivamente, una chica que me recordó a ti salía del recinto, solo vi su espalda, quise abordarla para saber si eras tú, de hecho corrí tras de ella… tras de ti… no la alcancé, se me perdió pronto entre las callejuelas de aquel babel y no conseguí ver su cara. Volví a la terraza con los ojos perdidos y apoyándome en la balaustrada escupí con rabia al canal pero el canal no lo notó, siguió su curso sereno meciendo sobre el manto gris a la multicolor floresta de nenúfares formada por innumerables embarcaciones y golpeando incesantes sus bordes contra la cimentación de los palacetes,  chasclaspss, chasclaspss…  

Peggy, Pollock, tu y yo no nos separamos ya en aquel viaje.

© f. buendía.