La deslealtad es algo que no deja a nadie
satisfecho, al traicionado por razones obvias y al traidor porque siente
vergüenza de su propio acto, de alguna manera cuando un individuo traiciona, se
reconoce a sí mismo como un piojo. Todos
los días padecemos alguna traición pero también cada día somos piojos
¡capullos¡ pues a diario traicionamos a nuestros principios. Salí airado de su
casa, me había pasado joder, pero es que me saca de quicio; él que había movido
tanto, que nos hizo soñar… callado ahora, dejando que el tiempo pase, vencido…
¡Uhmm¡ renunciando ya a todo… Maldecía como un perro rabioso huyendo, renegando
sin rumbo, colérico y desesperado porque no sabía si era yo el piojo o yo el
traicionado. ¡Demonios¡ un tipo debe ser firme y coherente en lo que explica,
fiel a quien contamina y generoso con quien cree en ti.
Me sentía una rata por haberle dicho todo aquello y necesitaba un trago:
No bebo desde la noche en que Irache me recogió deshecho de la calle y me llevo
a su casa; después tuve que asistir mucho tiempo a ese puñetero programa. Fue
cuando llegue de Londres, digamos que los doce años en esta ciudad no sentaron
bien a mi salud. Ahora vivo con Irache y su marido, tienen una niña pequeña y
me encuentro bien allí. Siempre he tenido buena mano para buscarme la vida,
aunque realmente no sé hacer nada, mi facilidad con el inglés me dota de cierta
utilidad para los demás. De esta manera conseguí trabajo en el centro de
negocios de la Gran Vía, donde llevo un par de años; aunque no sé muy bien cuál
es mi puesto real allí y me tratan como una pelandusca de aquí para allá todo
el tiempo; pero al menos pagan puntualmente, no tengo que hacer concesiones al
sistema y me muevo a mi aire.
La gente es la polla, menudos valores de mierda son sus referencias, los
que nunca tuvieron luces, siguen sin tenerlas; con títulos universitarios más
títulos a necios. Y los que las tuvieron, se han acomodado, cediendo a los
placeres y al refinamiento, son anarco-burgueses ilustrados; ahora viajan como
turistas por Europa y se alojan en hoteles de lujo, asisten a la opera con ropa
sport de marca que cuesta más que un traje a medida y discuten en voz alta con
los sumilleres en los restaurantes ¡Damn it¡ Pensamos que la cultura y el saber
nos harían libres y mejores pero ¡¿Qué ha pasado?¡ Planteamos órganos
educativos extremadamente academizados que se pierden en sus propios sistemas.
Dotan, en el mejor de los casos, de ciertos conocimientos que en un disco duro
adicional, almacenan los universitarios en algún lugar de sus cerebros, para
simplemente usarlos después como herramientas especializadas; reduciendo así la
razón a un mero instrumento profesional. Insertamos datos en los cerebros, pero
no formamos almas totales y libres. De manera que el que tonto fue a la guerra,
tonto vuelve de ella, pero con un poco más de RAM.
Los tradicionalismos, las costumbres, las cofradías, peñas y clubes
deportivos; la estupidez y el pádel, son las bibliotecas del futuro, las
pinacotecas actuales. De intenso y transcendental te acusan si decides enfocar
el tema desde la emoción, o si tu opinión nace del sentimiento... Sentado junto
a la barra en estas estaba cuando llego y me dijo:
¿Qué
pasa Leo ¿todo bien?
Si
tío, disculpa lo de antes en tu casa
¿Lo
de cuándo? Y sonrió
Todo sucedió muy deprisa, Román puso tres vasitos sobre la barra para
brindar como antes, lo empuñe sin saber qué hacía, bebimos de un golpe subiendo
mucho la cabeza… Y ¡joder¡ por mi garganta entro el diablo: Cerré fuerte el
puño y mantuve el tipo mientras dos placas tectónicas crujían en mis entrañas,
la de siempre dormida que empezaba a rugir y la de esta misma noche viva como
piedra de mechero para la yesca; apreté los ojos para no despedir fuego por ellos…
¡rediós¡ - Se despidió
Hasta luego, cuídate Leo.
Le
respondí con algún gesto que no puedo recordar, desde la puerta se giró, para
mirarme y volvió a sonreír. Quede solo, Román, perro viejo, quito la botella de
la barra antes de respirar, y yo en erupción salí atropellado del bar, doble la
esquina como pude y estrellé mi puño aún cerrado contra la pared, más tarde
supe que con el vaso todavía agarrado; comenzó a sangrarme la mano y la refugié
en el bolsillo de la sudadera. Anduve no sé cuánto ni hacia donde hasta
terminar en un parque en el que había otros como yo, me senté y encendí un
pitillo; la sangre me hervía, rebusque en los bolsillos donde encontré algún
dinero en billetes que miré sobre la mano temblorosa; mataba por una copa, los
arrojé lejos hechos un arrugón y aparte enloquecido las hormigas que me corrían
por la cara; saqué el cigarrillo de entre los labios y apreté con rabia su
ascua contra mi tobillo desnudo, sujetándolo fuerte Allí... Como el choque de
dos incendios que ahogan el oxígeno que les alimenta, se fue sofocando aquel
infierno, las lágrimas apagaron mis ojos
y mi sangre se pudo enfriar….
Irache
bajo como loca las escaleras al oírme llegar en la madrugada, se abrazó a mí
sin decir nada, quise apretarla con mis manos y las abrí, en la que hasta
entonces había permanecido cerrada, encontré los trozos de cristal del vaso
lacerando mi carne y el coraje de aquella noche que no olvidaré jamás.
Me levante tarde, el único contacto
que tuve aquél día con la creación, fue cuando salí para recoger el pan a la
llamada del repartidor. Era uno de esos días, cortos e interiores, ignorados;
que te sobran todo el tiempo pero que por fin al irte a la cama, sientes haber
perdido. Cerré la puerta con brío más intenso que mi propia intención, y resonó
un crujido metálico como telón de acero
entre el mundo y yo. Entonces dudé si subir al baño para mantener un acto
de autocomplacencia delírica y salvaje o abrir “Crimen y Castigo” por la página
457, donde anoche solté exánime el separador, y cerré el libro mientras
Raskolnikov se preguntaba: ¿Soy un piojo como todos los demás o soy un hombre
extraordinario? - Ni siquiera el ánimo me daba para resolver la triste
encrucijada planteada por el joven cismático. Me recosté sobre el
respaldo del sofá y encendí el quinto cigarrillo.
Los pasos de ella, ya con tacones, resonaban ágiles en el
piso de arriba… demasiado ligera, demasiado autosuficiente… ¡Carajo! era una
tormenta. Cuando hablaba, con una dicción exquisita y la mejor técnica vocal;
usaba todos los resonadores naturales posibles y cada uno de ellos en el
momento más adecuado. Su voz clara se convertía en una cansina letanía que mi cabeza no soportaba. Su naturalidad, su
efectividad, esa efervescente resolución capaz de superar cualquier
obstáculo con súbitas maniobras irrefrenables… apabullaba mi tremenda
indolencia. Julia siempre hacia todas esas cosas que yo nunca necesitaba pero… que en su ausencia, tanto añoré.
Con la cabeza reposada sobre el respaldo del sofá y el
cigarrillo entre los acecinados corazón e índice, mitad cigarrillo mitad ceniza, fui
perdiendo el sentido de la realidad y terciándome hacia ese duermevela donde,
cada vez más débil la banda sonora de mi vida que ella siempre interpretaba,
se desvanecía dulce y lejana… en favor de una complaciente sensación; de
luz primero, luego temperatura, mas tarde olor y.... ya estaba allí. Real, verdadero ¡tan preciso¡ sin imágenes, sin caras, sin nombres y sin
nadie, solo sentidos… el sentido de vivir por un instante todos aquellos años
atrás; intenso como un Déjá vu que apenas dura… Esta grieta en lo material,
este pequeño doblez en el tiempo, me asomó vertiginosamente a ese entonces que
hoy recuerdo como la felicidad... Cierto como un sueño, efímero como la
verdad.
Noté una leve presión húmeda en la frente y despegué apenas
los ojos para ver el rostro de Julia:
– Vuelvo tarde, hoy tengo jornada de puertas abiertas,
adiós.
El teléfono sonó pero no lo descolgué. Quise regresar a mi
letargo para recuperar de nuevo el extraordinario episodio y decidí tomar las
riendas del asunto. Arrogante y empírico, presumí que todo suceso es
gobernable, de manera que cerré los ojos dispuesto a volver al trance. Encendí
otro cigarrillo mientras me reclinaba forzando la relajación, procuré
concentrarme para dejar la mente en blanco… pero no pudo ser. Obnubilado
entendí que todo lo extraordinario lo es, porque no lo podemos dominar. Desde
entonces, el día menos pensado, quizá cuando el azar quiere, por un momento,
casi siempre en la modorra de la sobremesa… vuelvo a sentir la felicidad sentado
en mi salón. Mientras tanto, espero por si sucede y me afano obsesivamente
buscando sensaciones parecidas: Repaso viejos escritos, miro fotografías
antiguas, llamo a los amigos de antes… más nada ni nadie me brinda una copita
del puñetero elixir de aquel entonces.
Sonó de nuevo el teléfono y lo descolgué rápido para ahogar
el timbre, al otro lado Diego me habló demasiado rápido, quería que repasáramos
el proyecto de iluminación con el que andábamos ocupados. Le dije que no era
día para iluminar nada y colgué mientras aún terminaba una frase…
¡Mec!, ¡mec!, ¡mec!… ¡Atención! ¡Sellando
dispositivos de acceso! Por favor, diríjanse a sus asientos de maniobra. ¡Mec!,
¡mec!, ¡mec!… ¡Atención! ¡Sellando dispositivos de acceso! Por favor, ocupen
sus asientos de maniobra. ¡Mec!, ¡mec!, ¡mec!…
–¡Bienvenidos a la
Galactic Voyager! El comandantey toda la tripulación les damos las gracias
por elegir la Aguirre
Enterprise para este vuelo
interestelar con destino al planeta
Génova. La duración estimada del vuelo será de 29 horas, 15 minutos, y viajaremos
a una velocidad de un millón de veces la velocidad de la luz, que alcanzaremos gracias
a nuestro reactor de materia oscura de última generación. No tengan cuidado,
ustedes no advertirán la más mínima turbulencia. Por motivos de seguridad, les
recordamos que los dispositivos electrónicos portátiles deberán permanecer
desconectados desde el cierre de puertas, hasta su apertura en la terminal de
destino. Ahora, ¡por favor!, abróchense el cinturón y permanezcan sentados en sus
asientos hasta que nos hallemos en gravedad artificial. Disculpen
las molestias, gracias por su atención y feliz vuelo.
Nada más posarse en el planeta Génova, la Galactic Voyager abrió su
compuerta de desembarco y dio comienzo una actividad frenética; paquetería,
equipajes, aparejos, maquinaria pesada, suministros, víveres, pasajeros, etc.,
todo era conducido de un lugar a otro con una sincronía perfecta y asombrosa
organización. Autómatas, androides, ciborg y computadoras llevaban a cabo la
tarea con total eficacia. Ramiro aprovecho la agitación para dejar su escondite
y escabullirse por entre los dispositivos de la plataforma; encontró un lugar velado
tras unos contenedores de suministro y decidió esperar acontecimientos. Desde
allí, la visión de cuanto ocurría en la terminal de pasajeros era completa, y lo
sospechado no tardó en llegar. Tras unos minutos de espera, el mismo Aguirre y
su séquito, irrumpían charlando de forma distendida al fondo del portal de
desembarco reservado para el personal de la corporación.
– ¡Caramba!, el Capo en persona –no se le escapó que la
chica iba con ellos–. ¡Linda! –pudo confirmar nuevamente.
– ¡Alarma, intruso! ¡Atención! ¡Alarma, intruso! Hay un descontado oculto
tras los contenedores de suministro...
Inoportunamente, justo detrás de él, una voz metálica y aflautada alertaba
de su presencia. Se trataba de un CNP-ONE que estaba haciendo la ronda.
– ¡Me cago en… to! –maldecía Ramiro
para sus adentros, mientras maquinaba con urgencia como sortear el marronazo.
– ¡Escúcheme! ¡Atención descontado! ¡Atienda mis instrucciones! Levántese lentamente, y
salga con las manos en alto. –instaba el androide.
Al llegar, Ramiro había tenido que apartar una pequeña botella de oxígeno
que sobresalía por debajo del fondo del contenedor donde se encontraba agazapado.
Se trataba de un cilindro de repuesto de un equipo de respiración autónomo que
alguien debió dejar olvidado. Lo agarro con disimulo, y comenzó a incorporarse con mucha
corrección.
– ¡Está
bien! ¡Está bien! Tranquilo…, ya me levanto. ¡No pasa nada, mos! ¡No estaba
haciendo nada malo! Solo necesitaba aliviarme un poco, ya sabes… me meaba
espantosamente y… en fin. ¿Quién es el guapo que es capaz de llegar hasta la cabina de
eliminación de residuos en estas condiciones, verdad? Ya sé que esto no es lo más correcto, pero vamos, que…
Elocuencia
y palabrería con la que Ramiro, de forma socarrona, trataba de relajar la atención del androide. De repente, sin decir siquiera agua va,
se giró cilindro en mano y le dio una hostia que le arranco la cabeza.
– ¡Laminilla! –musito–, mientras el CNP-ONE chisporroteaba
tirado en el suelo.
–Y ahora… ¿Cómo hacemos, tron? –se interpelaba vacilante; el factor
sorpresa se había roto y, una vez más, todo se precipitaba cuesta abajo–. Pues… ¡Con
dos cojones! –prorrumpió insuflándose valor, mientras ponía rumbo a la comitiva.
– ¡Eh! ¡Cabezas de bote! –increpo tirando de cacharra.
En un suspiro, los tres CNP-ONE y el Leonardo que acompañaban a la
comitiva, yacían en el suelo reducidos a un aparatoso montón de chatarra.
– ¡Coooño! –alucinaba. El primer sorprendido era él–. ¡Y sin despeinarme!
Esta escupidora es acojonante.
Los asesores y consejeros que constituían el séquito, aterrados no eran
capaces de articular palabra. La chica, paralizada, no salía de su asombro. La
plataforma entera se estremeció con el estruendo de los disparos. La actividad
se interrumpió y, durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse. Un
espeluznante silencio se adueñó del lugar, solo Aguirre era capaz de mantener
la compostura. Ante tan indecorosa escena, el protegido, que siempre acompañaba
a su mentor, miraba a derecha e izquierda con gravedad y un poco angustiado –es
que nadie va a hacer nada–, parecía reclamar con la mirada. Finalmente, resignado,
trago saliva y dio un tímido paso adelante.
– ¡Mala hora, pimpollo! –Entonó Ramiro enardecido, y le partió la nariz
de un culatazo–. ¿Alguien más quiere hacerse el héroe…?
Súbitamente, comenzaron a sonar las alarmas. El molesto y desagradable
silbido, acabo de inmediato con la quietud y la atmosfera gélida de la escena
anterior. Ramiro fue derribado por un cañón de ondas sónicas que le dejo medio lerdo y un palmo de lengua y, en menos que canta un gallo, los
ciborg se habían hecho con la situación. Como si tal cosa, la plataforma reinicio
su maquinal movimiento.
El iracundo desafío, además de amedrentar y dejar pasmados a los
presentes, derivó en sorprendentes resultados. Aguirre, conocido popularmente
como “El implacable”, que en semejantes circunstancias no habría dejado títere
con cabeza, en esta
ocasión, insólitamente, prefirió dejarlo estar. Lo que de facto, equivalía a una autorización
expresa para salvar el pellejo. Asimismo, instantes antes de ser abatido, Ramiro
quiso ver una sutil complacencia en el rostro diáfano de la muchacha.
– ¡Maldita se a mi estampa! –fueron sus últimas palabras.
En esto continuaba su atolondrada cabeza, cuando volvía en sí en brazos
de un Leonardo irreverente, que le cacheteaba intentando traerlo de regreso.
– ¡Esta bien, está bien…! ¡Ya basta, joder! ¡Ya!, ¡yaaaa! –el Leonardo le
dejo caer de malas maneras y Ramiro se golpeó la cabeza contra el suelo–. ¡Puto
pendejo de mierda! –refunfuño.
– Desarmadlo, higienizadlo y, finalizada la cena, escoltadlo hasta mi
despacho –decreto Aguirre con urgencia, luego se giró y continúo camino.
Tras la cena, Ramiro fue conducido ante el sátrapa tal y como este había
ordenado. Había tenido la oportunidad de comer, hacía más de 48 horas que no
probaba bocado; había sido fumigado y esterilizado y, como colofón, había sido
embutido en un grotesco y apretado traje de color banana y butano, emblema y signo
de la compañía.
Al entrar, una sala diáfana, fría, de compelidas aristas y relumbrante
iluminación, sobrecogió a Ramiro que tuvo que entrecerrar los ojos para no ser deslumbrado. Sin embargo, tras el desconcierto inicial, con equilibrio y picardía pudo echar una rápida mirada al frente, espalda y ambos lados, haciendose una esmerada composición del lugar: Aguirre, ligeramente recostado sobre su asiento, ocupaba el lado principal y
más alejado de una mesa ovalada de cristal de roca gigantesca. A su derecha, nariz
vendada, ligero hematoma ocular y cara de pocos amigos, el favorito. Cinco de sus asesores les flanqueaban; tres por la derecha y dos por la
izquierda. Todos ellos, acomodados sobre confortables sillones de microfibras de carbono, iban ataviados de impecable indumentaria inteligente “Digital Pullwear” color gris. El vestuario inteligente, de
rabiosa actualidad entre lo más cult de la jet planetaria, equipaba sensores,
GPS, microcámaras, micrófonos, y otros dispositivos, tan pequeños como
poderosos, que suministraban información, a tiempo real, basada en el contexto
físico y virtual del individuo que lo portaba: ¿se te olvido el nombre del
último conocido? ¡No problem! Aparecerá acompañado de otros datos de interés sobre
esa persona, en la pantalla habilitada para tal efecto en el cristal de tus
gafas. Un poco más cerca en la distancia, y escorada un tanto al lado izquierdo
de la habitación; ¡la Bella!, que engalanada con un largo y ajustado vestido de
color blanco, emergía rutilante, posada apenas, sobre un dilatado sillón de
tafetán rojo. Para finalizar, un robot domestico tipo Dynamics, hacía las veces de
asistente atendiendo las necesidades de los invitados, y dos unidades CNP-ONE bloqueaban
la entrada.
– ¡Disculpad Amigos…! Clin, clin, clin… ¡Silencio, por favor! –interrumpió
Aguirre, golpeando su copa con una cucharilla de café–. ¡Ha llegado nuestro bravo
invitado! Gracias, eso es todo, pueden retirarse –dijo, dirigiéndose a las
unidades CNP-ONE que le acompañaban–. Pero… ¡Pase, hombre de Dios! Pase y tome
asiento... –Ramiro se acercó con prudencia–
¿Le apetecería tomar alguna cosa?
– ¡Un Gin Tonic estaría bien, gracias! –apuntó mientras ocupaba un sillón
vacío a este lado de la mesa.
– ¡Perfecto! Uno también para mí. –dijo Aguirre dirigiéndose al Dynamics, que se puso manos a la obra.
– Bueno, bueno, bueno…, amigo. ¡Amigo, usted es… la hostia! ¡Usted es dinamita! ¡Explosivo! ¡Fascinante! –explicaba Aguirre con exagerados aspavientos y grandes
dosis de sarcasmo–. ¡Oiga, amigo! –más aplacado– Con horizontalidad y franqueza. ¿Qué clase de persona es usted?
– ¿Perdón? –la saliva hacía rato que no corría por la garganta de Ramiro.
– Si, bueno… ¡Quiero decir! ¿Qué tipo osado y sin cerebro, es capaz de
acometer semejante temeridad?; sortear los controles de embarque de una nave
estelar, evadir los obligatorios controles epidemiológicos de una migración
interplanetaria, desafiar a mí escolta personal de forma tan…, tan…
– ¿Temeraria, señor? –apunto un adelantado asesor situado a su izquierda.
– ¡Temeraria!, esta es la palabra. ¡Gracias González! Eliminarla brutalmente,
ante mis propias narices, y… lo más importante. ¡Lo más importante, mire usted!
¿Por qué?, ¿por qué…?
– ¡Con todos los respetos, señor Aguirre! Permítame decirle que su sistema de
seguridad es un poco… distraído. –objetó Ramiro intentando salir del aprieto.
– ¿Quiere decir… malo?
–Malo no, ¡lo siguiente!
–¡Vaya…! ¡Un humorista! ¿Y eso lo
dice…?
– ¡Spoleta señor! Ramiro Spoleta, alguien que sabe de lo que habla. –atajó
tirándose un farol.
– ¡Fantástico…! ¡Fantástico! –dijo el otro recostándose sobre su asiento–. Eso me gusta, un tipo con recursos. Me di cuenta nada más verlo. ¡Señores! ¿No era esto lo que
estábamos buscando?
De sobra era conocida la querencia que Aguirre profesaba a las preguntas
retoricas. Por supuesto, nadie contesto.
– ¡Me cae usted bien! Ni que decir tiene que, de otra manera, ya no
estaría aquí –acompaño esta última frase con una sutil elevación de la ceja
izquierda–. ¿Lo comprende, verdad?
– ¡Siii,
papa! –balbuceo Ramiro, asintiendo para sus adentros. Aguirre hizo entonces una pausa cuidadosamente estudiada; se incorporó, apoyo ambos codos sobre la mesa y agarro el Gin Tonic que el robot Dynamics acababa de traerle. Con ensayada indiferencia, comenzó a juguetear empujando los cubitos de
hielo con el dedo índice de la mano derecha. Hasta que, en un determinado momento, levanto
la cabeza, y su mirada honda y escrutadora, busco clavarse inmisericorde en la
mirada limpia y desahogada de nuestro amigo. Permanecieron así durante unos instantes, tan intensos, que parecieron interminables. La inacción era aterradora, el trance habría puesto el bello como
escarpias al más templado. Sin embargo, Ramiro supo aguantar con empaque. Pasados 20 o 30 segundos, el Capo debió pensar que era suficiente y desistió. Los presentes
relajaron sus esfínteres, y Aguirre entonces, elevo el vaso en un contenido gesto…– ¡A tu salud! –, debería haber dicho, pero no lo hizo.
Se lo acerco a los labios y bebió un largo trago.
–Señor Spoleta, ¡usted y yo deberíamos hablar en serio!
¡Maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!…
Space jumper one enviando llamada de Socorro; ¡maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!…
¿Alguien puede escucharme…? ¿Hay alguien ahí…? ¡Maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!… Space
jumper one…
Ramiro era un tipo corriente
y correoso, algo hermético quizás, pero un auténtico superviviente. Operario
montador de propulsores de ondas gravitacionales en la Aguirre Enterprise con
más de diez años de experiencia, fue uno de los últimos afectados por el ERE que llevo a cabo la compañía cinco años atrás. Hoy, es un reconvertido estibador
de fortuna; un descontado y anacrónico habitante más de la evolucionada New
World City del S. II, año 102, después del gran cataclismo.
La mañana era una de esas
mañanas húmedas, calurosas y grises, tan habituales en los últimos tiempos; la
alta radiación infrarroja, producida por la práctica inexistencia de ozono en
la atmósfera, el efecto invernadero y la creciente contaminación industrial,
habían hecho de la tierra un lugar difícilmente habitable. Los humanos, antaño paradigma
y esplendor de la evolución de las especies, eran hoy un extemporáneo vestigio
biológico cada vez más diezmado e insignificante, en un universo despiadado y
cruel, que no hacia concesiones. El cielo ya no era azul, ni transparente; el
sol hacía años que no iluminaba la tierra, todo era bruma, una densa y
soporífera niebla resplandeciente cubría el planeta. Como consecuencia, la
cobertura vegetal estaba arruinada y las explotaciones agrícolas hidropónicas,
habían sustituido a la agricultura tradicional. No era prudente exponerse de
forma continuada al exterior. Es por esto, que las comunicaciones y la mayor
parte de la vida se hacían “underground”: complejos industriales
multi-factoriales, donde, cada día era más difícil encontrar una ocupación que
los robots, ordenadores o autómatas, no estuvieran realizando ya; sórdidos y
contaminantes vehículos y convoyes de transporte que se sucedían, sin solución
de continuidad, en un infatigable movimiento pendular de ir y venir; paradas
para transeúntes equipadas con elegantes y solícitos espacios lúdico-comerciales,
capaces de recaudar hasta el último euro disponible que se atreviera a llegar
a manos de la gente decente; también en casa, si se tenía la suerte de contar
con una, o lo que era más frecuente: merodeando y rebuscando algo que llevarse
a la boca, entre los residuos y los despojos que un mundo, exhausto y empobrecido, generaba profusamente.
Como todas las mañanas, Ramiro
manejaba distraídamente su primitiva unidad eléctrica de desplazamiento
personal, MTEO-POF camino de la plataforma de atraque de la Galáctica Express, cuando,
de sopetón, como si de una aparición se tratase, tres androides tipo CNP-ONE capitaneados
por una unidad directora Cyborg CSI-PO
–humanos con
implantes cibernéticos, más conocidos como “Leonardos”–, conduciendo a la más hermosa y delicada de las criaturas
que Ramiro hubiera visto nunca, se le empotraron en el parabrisas. En un extraordinario
alarde de habilidad y reflejos, Ramiro fue capaz de hacerse con el control del
vehículo, minimizando los efectos de la colisión. Pero, así y todo, había sido
imposible evitar aplastar la cabeza a una de las unidades CNP-ONE.
– ¡Mala
hora, joder…! –Balbuceo
Ramiro imaginando las consecuencias.
La unidad Cyborg, que
estaba al mando del equipo, se acercó hasta él. Con una sola mano, lo agarró por el pecho y lo elevo como un metro sobre el suelo.
– ¿Qué crees
que estás haciendo, descontado de mierda? –inquirió el Leonardo.
Y diciendo esto, le
introdujo el dedo por el culo hasta el muñón. Ramiro gritaba, maldecía y
pataleaba inútilmente, sentado a horcajadas sobre el apéndice del Leonardo, mientras
se le caían dos lagrimones como dos puños. En realidad, el dolor físico era lo
que menos le importaba. Su dignidad estaba siendo pisoteada… ¡El
mismo aliento le dolía! Estaba siendo ultrajado y vilipendiado de forma humillante y arbitraria,
por un pedazo de carne con escaso cerebro. Sin razonar, sin justificar, sin oportunidad
de explicarse, ¿qué había pasado con los justos…? Y luego estaba ella.
Las unidades útiles CNP-ONE
se pusieron en marcha. Su cometido no admitía demora. Apartaron a un lado de la
calle a la unidad siniestrada y continuaron camino. Escoltaban a la chica
hasta el acceso de pasajeros de la “Galactic Voyager” –conocida como “El Planeta Errante”–. la Galactic, era
una gigantesca nave espacial tipo planetoide, completamente autónoma. Un transporte interestelar
propiedad de la saga “Aguirre-Cacciatore”,
a la sazón, parientes en grado lejano de la muy honrada y reverenciada Dorothea
Kirchner, Varonesa y actual mandataria universal de la Organización de Planetas
Unidos y Solventes (OPUS).
El Leonardo, que se había
entretenido un par de minutos todavía, haciendo que Ramiro mordiera el polvo
nuevamente, se encaminaba ahora hacia la plataforma de embarque siguiendo los pasos
de sus gregarios.
Quebrantado, deshonrado y
desesperadamente cabreado, Ramiro se dirigió de forma instintiva al receptáculo
dispuesto bajo el asiento de su vehículo, allí guardaba una vieja Hudson Desert
Eagle de 50 mm con cargador extraíble de siete cartuchos y algo de munición –una antigualla que había recibido
como pago de un trabajo que no pudo cobrar, que guardaba ajustada y
perfectamente engrasada–. Una pistola semiautomática de grueso
calibre capaz de perforar una
placa de acero de 12 mm, diseñada por Magnum y fabricada en Israel. Monto el arma y sin pensarlo
dos veces, se dirigió hacia el Leonardo que marchaba rezagado.
– ¡Eh, capullo…! –El ciborg, se giró con saboreada arrogancia,
no podía imaginar que Ramiro, sin mediar palabra alguna, le metiera dos tiros
en el pecho que le dejaran seco en el acto.
– ¡Perro de
mierda! –imprecó Ramiro, y escupió sobre el cadáver.
Echo un vistazo en derredor y comprobó que no había nadie. Afortunadamente, nadie había advertido nada,
–pensó–. Y sin saber muy bien por qué, resolvió seguir a los androides y a la chica
hasta el interior de la nave.
No fue difícil eludir los controles
de acceso de la nave interestelar, los CNP-ONE no destacaban por su sagacidad y
eficiencia precisamente. Eso sí, una vez dentro, resultaba complicado saber qué
hacer y dónde dirigirse. Decidido, pensó adentrarse en la bodega de carga; era
uno de los lugares más desguarnecidos y seguros para refugiarse. Según iba avanzando,
entre la negrura, le pareció reconocer una familiar forma que emergía de entre las
sombras. Se acercó con cautela y, efectivamente. Aislada y un tanto descuidada,
una veterana nave de avituallamiento tipo Serenity, reposaba sobre un
dique de carena parcialmente desmantelada. Salto al interior y busco acomodo sobre
uno de los asientos de la cabina.
– ¡Joooder! –dijo
mientras se sentaba notablemente excitado,
empezaba a tomar conciencia
de lo ocurrido–.¡Sosiégate, sosiegate...!Necesitas procesar lo que ha pasado.
Todo había transcurrido
de forma tan absurda y vertiginosa que, como en otras ocasiones, se le había
mudado el carácter y sin tiento ya para medir y calcular, el arrojo y la
testosterona habían dispuesto sobre la lógica. Una cosa había llevado a la
otra, y… el hecho es que era un "Crack" para complicarse la vida.
– ¿Por qué siempre, tienen
que pasarme a mí estas cosas? ¡Mierda…! ¡Joder! –dijo golpeando
reiteradamente con el puño sobre el brazo del asiento.
Entonces trato de serenarse; respiro profundamente hasta en tres o cuatro
ocasiones, descanso la cabeza sobre el respaldo del sillón, y sus mandíbulas se
aflojaron. Cerró los ojos lentamente y sucumbió a un placentero silencio. Transcurridos unos minutos... abrió los ojos de nuevo y sentencio: – ¡A la mierda! –en
una urgente decisión que despachaba
de una tacada, toda su desafortunada existencia–. ¡A cantar igual no aprendo, pero no voy
a dejar de cantar por eso, joder!
Se me hacía tarde y llovía, llovía aquel martes. Desesperada, luchaba para avanzar entre la niebla que el viento movía a su
antojo. Sesgada la lluvia, garreaba en mi
contra, convirtiendo en una indómita
fierecilla aquel puñetero paraguas azul imposible de gobernar. Mis ojos
entornados, trataban de orientarse entre la nada, castigados por la
intermitente luz amarillenta de un
cartel que reflejada, sobre el brillante suelo mojado de la calle,
¡schweppes¡, ¡schweppes¡, camino del Lennon,
Lo vi nada más entrar, estaba junto a la ventana baboseando a aquella chiquilla morena, Luis me saludo desde la barra y sonaba aquella manida
canción.
- ¿Por qué hemos quedado en este sitio Luis? Te dije que no me gusta,
aquí no hay término medio o viejos o niños, la música es antigua y huele mal -saludé a Román-, zumo de piña, solo eso, gracias Román.
Tenía el pelo mojado,
las medias empapadas y deshecha la pintura de la cara. ¡A la mierda las dos
horas en casa arreglándome!, y además estaba histérica. A todos los hombres les
gustan las mismas gilipolleces; garitos lúgubres, música espesa y venga hablar
del ayer.
Me lo tropecé cuando fui al baño para componerme un poco, ni siquiera
se dio cuenta, iba como perdido, desencajado, tuve que apartarme para no ser
atropellada. ¡Caramba¡… una se pasa la adolescencia detrás del culo de un chico y la juventud pegada como una lapa a él, sin conseguir jamás la atención que necesitas, pero cuando por fin decides machar, resulta que no sabe vivir sin ti… “¿de qué nos sirve haber logrado nuestros deseos, si no alcanzamos placer ni reposo?” ¡Uff¡, la sangre me hervía. ¿Por qué quiso quedar allí el condenado Luis? y, ¿por qué yo acepté?. Soy un caso, trato de poner tierra de por medio, de dar fin a todo e iniciar un camino nuevo, pero vuelvo siempre al mismo lugar, ¿es así como somos?, ...damos vueltas en torno a nosotros mismos, siempre el mismo círculo, como seres endémicos... Yo quisiera una vida nueva en la que no representara una lacra mi vida anterior, un renacer, otra oportunidad; pero es tan difícil todo… ¡demonios¡ …solo hay un vivir y en evaluación continua, no podemos volver a empezar, debemos seguir: Y tal vez sea mejor así, solo un camino, un nuevo paso es posible gracias a todos los anteriores.
Nos fuimos. Sin saber
a dónde, no me encontraba a gusto allí, mire y vi como se tambaleaba camino
de la barra, también vi que por fin me vio, cruzamos la puerta y abrí el paraguas bajo
la lluvia. Hacía una noche de perros entre la que comenzamos a andar calle adelante alejándonos del Lennon. ¡Schweppes¡, ¡schweppes¡, ¡schweppes¡, …amarillo como el azufre.“Las Brujas me salieron al encuentro… su
ciencia es superior a la de los mortales, quise preguntarles más, pero se
deshicieron en la niebla”… Supe entonces
que me observaba desde la ventana, mantuve el paso firme, no miré atrás, me partía el corazón que se lo pudiera partir
a él, sonreí y agarre el brazo de Luis. (c) f. buendía Acompañamos con: Love's away (El amor esta lejos) Ben webster
Como un
inglés reivindicándose a si mismo andaba yo aquella tarde. Desganao y harto de revolotear por casa,
baje a tomar café. Gin tonic, un dedo de Gin, después del café y dispare
los malditos dardos sobre el tablero de colores trapezoidales; ¡En mi vida
había yo jugado al jodido juego y heme aquí!, me volví a la barra y le dije a Román: uno más,
llena uno más, cortito de Gin, ya sabes
Román y ponla otra vez, pon otra vez Rock ´n` Roll Suicide. Me senté junto a la
ventana empañada, la restregué y observe el exterior del Lennon vacio aquel
martes.
“¡Oh no amor! no estás solo,
no importa qué o quién
hayas sido,
no importa cuando o
donde has sido visto,
todos los cuchillos
parecen lacerar tu cerebro….”
Llovía a
mares ¡joder! y estaba oscureciendo, la calle gris se percibía distorsionada,
irisada en amarillo por el reflejo de la intermitente luz
de un cartel, ¡schweppes¡, ¡schweppes¡... sobresaltado,
me volví porque alguien a mi espalda inquiría ¿tiene ustedfuego?, ¡¿perdón?¡, una jovencísima chica morena me miraba
muy cerca sujetando uncigarrillo entre los dedos que apoyaba
sobre sus labios apretados, a la vez que repetía entredientes ¿Qué si tiene usted fuego?, rasgue rápido una cerilla y se la
ofrecí , gracias me dijo; nopude respirar, tenía los ojos
perdidos en el culo de la morocha irreverente que ahora sealejaba, hasta que
las yemas de mis dedos me hicieron respingar castigadas por la llama delfósforo que
había llegado a su fin. ¡¿tiene?!…. ¡¿usted?!…. ¡pero!, ¡¿Qué pasa?!,
corrí alretrete para mirarme en el espejo, ¿me ve viejo?, ¿no soy de ellos?,
¿soy un intruso en mipropio garito de to la vida?. Me dieron ganas de quitarme la ropa y
salir a gritar bajo latempestad: ¿Hay alguien que me reconozca?, ¿soy yo este?, ¿acaso no soy yo
el que anda?,¿quién os habla?, ¿tenéis abiertos los ojos?,
¿alguien puede decirme quién soy?.... En cambiome giré hacia la barra, dame ese bourbon que por
siete veces me he negado esta tarde, unFour Roses, grande, Román.
A aquel local, que ya
se me hacía extraño, lleno hasta las trancas, no acudió nadie esa tarde, ni
Agu, ni Leo, ni Diego… nadie y a nadie conocía de los que estaban allí, entendí
entonces que las tardes de los viernes en las que nos reuníamos
tradicionalmente todos en aquel sitio, nuestra segunda casa, tan solo eran
nuestras tardes de los viernes, nada más, el Lennon acogía a más moradores y
Román el anfitrión, nuestro barman particular, cómplice, sonreía a otros
también. ¿Todo bien? Me pregunto aquel tránsfuga cuando tropecé camino de la
barra para pedir más hielos; Si, todo controlao, respondí; y en este giro, que mis ojos, acompasando el
movimiento de mi cabeza, necesitaron producir para recomponer el equilibrio,
note un gesto familiar entre el tumulto que poco a poco desalojaba el bar,
aquellos hombros que cruzaban la puerta colocándose el abrigo, esa decidida forma
de andar que no he olvidado, el gesto de su cuello ladeando ligeramente la
cabeza… corrí a la ventana para
mirar… si, era Julia esa turbia
figura que bajo un paraguas azul, iba
del brazo de otro que no era yo.
¡Oh no amor! No estás solo.
Te juzgas a ti mismo, pero eres tan injusto...
(c) f. buendía
Para acompañar: David Bowie - Rock ´n` Roll
Suicide