miércoles, 27 de marzo de 2013

Losing My Religion - El hombre sin mirada






   
Losing My Religion
         
            La deslealtad es algo que no deja a nadie satisfecho, al traicionado por razones obvias y al traidor porque siente vergüenza de su propio acto, de alguna manera cuando un individuo traiciona, se reconoce a sí mismo como un piojo.  Todos los días padecemos alguna traición pero también cada día somos piojos ¡capullos¡ pues a diario traicionamos a nuestros principios. Salí airado de su casa, me había pasado joder, pero es que me saca de quicio; él que había movido tanto, que nos hizo soñar… callado ahora, dejando que el tiempo pase, vencido… ¡Uhmm¡ renunciando ya a todo… Maldecía como un perro rabioso huyendo, renegando sin rumbo, colérico y desesperado porque no sabía si era yo el piojo o yo el traicionado. ¡Demonios¡ un tipo debe ser firme y coherente en lo que explica, fiel a quien contamina y generoso con quien cree en ti.

            Me sentía una rata por haberle dicho todo aquello y necesitaba un trago: No bebo desde la noche en que Irache me recogió deshecho de la calle y me llevo a su casa; después tuve que asistir mucho tiempo a ese puñetero programa. Fue cuando llegue de Londres, digamos que los doce años en esta ciudad no sentaron bien a mi salud. Ahora vivo con Irache y su marido, tienen una niña pequeña y me encuentro bien allí. Siempre he tenido buena mano para buscarme la vida, aunque realmente no sé hacer nada, mi facilidad con el inglés me dota de cierta utilidad para los demás. De esta manera conseguí trabajo en el centro de negocios de la Gran Vía, donde llevo un par de años; aunque no sé muy bien cuál es mi puesto real allí y me tratan como una pelandusca de aquí para allá todo el tiempo; pero al menos pagan puntualmente, no tengo que hacer concesiones al sistema y me muevo a mi aire.

            La gente es la polla, menudos valores de mierda son sus referencias, los que nunca tuvieron luces, siguen sin tenerlas; con títulos universitarios más títulos a necios. Y los que las tuvieron, se han acomodado, cediendo a los placeres y al refinamiento, son anarco-burgueses ilustrados; ahora viajan como turistas por Europa y se alojan en hoteles de lujo, asisten a la opera con ropa sport de marca que cuesta más que un traje a medida y discuten en voz alta con los sumilleres en los restaurantes ¡Damn it¡ Pensamos que la cultura y el saber nos harían libres y mejores pero ¡¿Qué ha pasado?¡ Planteamos órganos educativos extremadamente academizados que se pierden en sus propios sistemas. Dotan, en el mejor de los casos, de ciertos conocimientos que en un disco duro adicional, almacenan los universitarios en algún lugar de sus cerebros, para simplemente usarlos después como herramientas especializadas; reduciendo así la razón a un mero instrumento profesional. Insertamos datos en los cerebros, pero no formamos almas totales y libres. De manera que el que tonto fue a la guerra, tonto vuelve de ella, pero con un poco más de RAM.

            Los tradicionalismos, las costumbres, las cofradías, peñas y clubes deportivos; la estupidez y el pádel, son las bibliotecas del futuro, las pinacotecas actuales. De intenso y transcendental te acusan si decides enfocar el tema desde la emoción, o si tu opinión nace del sentimiento... Sentado junto a la barra en estas estaba cuando llego y me dijo:

            ¿Qué pasa Leo ¿todo bien?
            Si tío, disculpa lo de antes en tu casa
            ¿Lo de cuándo? Y sonrió

            Todo sucedió muy deprisa, Román puso tres vasitos sobre la barra para brindar como antes, lo empuñe sin saber qué hacía, bebimos de un golpe subiendo mucho la cabeza… Y ¡joder¡ por mi garganta entro el diablo: Cerré fuerte el puño y mantuve el tipo mientras dos placas tectónicas crujían en mis entrañas, la de siempre dormida que empezaba a rugir y la de esta misma noche viva como piedra de mechero para la yesca; apreté los ojos para no despedir fuego por ellos… ¡rediós¡ - Se despidió

Hasta luego, cuídate Leo.

     Le respondí con algún gesto que no puedo recordar, desde la puerta se giró, para mirarme y volvió a sonreír. Quede solo, Román, perro viejo, quito la botella de la barra antes de respirar, y yo en erupción salí atropellado del bar, doble la esquina como pude y estrellé mi puño aún cerrado contra la pared, más tarde supe que con el vaso todavía agarrado; comenzó a sangrarme la mano y la refugié en el bolsillo de la sudadera. Anduve no sé cuánto ni hacia donde hasta terminar en un parque en el que había otros como yo, me senté y encendí un pitillo; la sangre me hervía, rebusque en los bolsillos donde encontré algún dinero en billetes que miré sobre la mano temblorosa; mataba por una copa, los arrojé lejos hechos un arrugón y aparte enloquecido las hormigas que me corrían por la cara; saqué el cigarrillo de entre los labios y apreté con rabia su ascua contra mi tobillo desnudo, sujetándolo fuerte Allí... Como el choque de dos incendios que ahogan el oxígeno que les alimenta, se fue sofocando aquel infierno, las lágrimas apagaron mis ojos  y mi sangre se pudo  enfriar….

     Irache bajo como loca las escaleras al oírme llegar en la madrugada, se abrazó a mí sin decir nada, quise apretarla con mis manos y las abrí, en la que hasta entonces había permanecido cerrada, encontré los trozos de cristal del vaso lacerando mi carne y el coraje de aquella noche que no olvidaré jamás.

            “Ahí estoy en la esquina
            Ese soy yo en el centro de atención,
            Perdiendo mi religión” 


© f. buendía.

Acompañamos con: "Losing My Religion" - R.E.M



sábado, 16 de marzo de 2013

Flashback - El hombre sin mirada





Flashback

            Me levante tarde, el único contacto que tuve aquél día con la creación, fue cuando salí para recoger el pan a la llamada del repartidor. Era uno de esos días, cortos e interiores, ignorados; que te sobran todo el tiempo pero que por fin al irte a la cama, sientes haber perdido. Cerré la puerta con brío más intenso que mi propia intención, y resonó  un crujido metálico como telón de acero entre el mundo y yo. Entonces dudé si subir al baño para mantener un acto de autocomplacencia delírica y salvaje o abrir “Crimen y Castigo” por la página 457, donde anoche solté exánime el separador, y cerré el libro mientras Raskolnikov se preguntaba: ¿Soy un piojo como todos los demás o soy un hombre extraordinario? -  Ni siquiera el ánimo me daba para resolver la triste encrucijada planteada por el joven cismático. Me recosté sobre  el respaldo del sofá y encendí el quinto cigarrillo.

Los pasos de ella, ya con tacones, resonaban ágiles en el piso de arriba… demasiado ligera, demasiado autosuficiente… ¡Carajo! era una tormenta. Cuando hablaba, con una dicción exquisita y la mejor técnica vocal;  usaba todos los resonadores naturales posibles y cada uno de ellos en el momento más adecuado. Su voz clara se convertía en una cansina letanía  que mi cabeza no soportaba. Su naturalidad, su efectividad, esa efervescente resolución capaz de superar cualquier obstáculo con súbitas maniobras irrefrenables… apabullaba mi tremenda indolencia. Julia siempre hacia todas esas cosas que yo nunca necesitaba pero…  que en su ausencia,   tanto añoré.

Con la cabeza reposada sobre el respaldo del sofá y el cigarrillo entre  los acecinados corazón  e índice, mitad cigarrillo mitad ceniza, fui perdiendo el sentido de la realidad y terciándome hacia ese duermevela donde, cada vez más débil la banda sonora de mi vida que ella siempre interpretaba, se  desvanecía dulce y lejana… en favor de una complaciente sensación; de luz primero, luego temperatura, mas tarde  olor y.... ya estaba allí.  Real, verdadero ¡tan preciso¡  sin imágenes, sin caras, sin nombres y sin nadie, solo sentidos… el sentido de vivir por un instante todos aquellos años atrás; intenso como un Déjá vu que apenas dura… Esta grieta en lo material, este pequeño doblez en el tiempo, me asomó vertiginosamente a ese entonces que hoy recuerdo como la felicidad... Cierto como un sueño, efímero como la verdad. 

Noté una leve presión húmeda en la frente y despegué apenas los ojos para ver el rostro de Julia:

– Vuelvo tarde, hoy tengo jornada de puertas abiertas, adiós.

El teléfono sonó pero no lo descolgué. Quise regresar a mi letargo para recuperar de nuevo el extraordinario episodio y decidí tomar las riendas del asunto. Arrogante y empírico, presumí que todo suceso es gobernable, de manera que cerré los ojos dispuesto a volver al trance. Encendí otro cigarrillo mientras me reclinaba forzando la relajación, procuré concentrarme para dejar la mente en blanco… pero no pudo ser. Obnubilado entendí que todo lo extraordinario lo es, porque no lo podemos dominar. Desde entonces, el día menos pensado, quizá cuando el azar quiere, por un momento, casi siempre en la modorra de la sobremesa… vuelvo a sentir la felicidad sentado en mi salón. Mientras tanto, espero por si sucede y me afano obsesivamente buscando sensaciones parecidas: Repaso viejos escritos, miro fotografías antiguas, llamo a los amigos de antes… más nada ni nadie me brinda una copita del puñetero elixir de aquel entonces.  

Sonó de nuevo el teléfono y lo descolgué rápido para ahogar el timbre, al otro lado Diego me habló demasiado rápido, quería que repasáramos el proyecto de iluminación con el que andábamos ocupados. Le dije que no era día para iluminar nada y colgué mientras aún terminaba una frase…

– Mañana Diego, mañana…



©  f. buendía


Acompañamos con: Time de Pink Floid





jueves, 14 de marzo de 2013

El hombre analógico (2ª entrega)




¡Mec!, ¡mec!, ¡mec!… ¡Atención! ¡Sellando dispositivos de acceso! Por favor, diríjanse a sus asientos de maniobra. ¡Mec!, ¡mec!, ¡mec!… ¡Atención! ¡Sellando dispositivos de acceso! Por favor, ocupen sus asientos de maniobra. ¡Mec!, ¡mec!, ¡mec!…

– ¡Bienvenidos a la Galactic Voyager! El comandante y toda la tripulación les damos las gracias por elegir la Aguirre Enterprise para este vuelo interestelar con destino al planeta Génova. La duración estimada del vuelo será de 29 horas, 15 minutos, y viajaremos a una velocidad de un millón de veces la velocidad de la luz, que alcanzaremos gracias a nuestro reactor de materia oscura de última generación. No tengan cuidado, ustedes no advertirán la más mínima turbulencia. Por motivos de seguridad, les recordamos que los dispositivos electrónicos portátiles deberán permanecer desconectados desde el cierre de puertas, hasta su apertura en la terminal de destino. Ahora, ¡por favor!, abróchense el cinturón y permanezcan sentados en sus asientos hasta que nos hallemos en gravedad artificial. Disculpen las molestias, gracias por su atención y feliz vuelo.

Nada más posarse en el planeta Génova, la Galactic Voyager abrió su compuerta de desembarco y dio comienzo una actividad frenética; paquetería, equipajes, aparejos, maquinaria pesada, suministros, víveres, pasajeros, etc., todo era conducido de un lugar a otro con una sincronía perfecta y asombrosa organización. Autómatas, androides, ciborg y computadoras llevaban a cabo la tarea con total eficacia. Ramiro aprovecho la agitación para dejar su escondite y escabullirse por entre los dispositivos de la plataforma; encontró un lugar velado tras unos contenedores de suministro y decidió esperar acontecimientos. Desde allí, la visión de cuanto ocurría en la terminal de pasajeros era completa, y lo sospechado no tardó en llegar. Tras unos minutos de espera, el mismo Aguirre y su séquito, irrumpían charlando de forma distendida al fondo del portal de desembarco reservado para el personal de la corporación.

– ¡Caramba!, el Capo en persona –no se le escapó que la chica iba con ellos–. ¡Linda! –pudo confirmar nuevamente.

– ¡Alarma, intruso! ¡Atención! ¡Alarma, intruso! Hay un descontado oculto tras los contenedores de suministro...

Inoportunamente, justo detrás de él, una voz metálica y aflautada alertaba de su presencia. Se trataba de un CNP-ONE que estaba haciendo la ronda.

– ¡Me cago en… to!  –maldecía Ramiro para sus adentros, mientras maquinaba con urgencia como sortear el marronazo.

– ¡Escúcheme! ¡Atención descontado! ¡Atienda mis instrucciones! Levántese lentamente, y salga con las manos en alto. –instaba el androide.

Al llegar, Ramiro había tenido que apartar una pequeña botella de oxígeno que sobresalía por debajo del fondo del contenedor donde se encontraba agazapado. Se trataba de un cilindro de repuesto de un equipo de respiración autónomo que alguien debió dejar olvidado. Lo agarro con disimulo, y comenzó a incorporarse con mucha corrección.

– ¡Está bien! ¡Está bien! Tranquilo…, ya me levanto. ¡No pasa nada, mos! ¡No estaba haciendo nada malo! Solo necesitaba aliviarme un poco, ya sabes… me meaba espantosamente y… en fin. ¿Quién es el guapo que es capaz de llegar hasta la cabina de eliminación de residuos en estas condiciones, verdad? Ya sé que esto no es lo más correcto, pero vamos, que…

Elocuencia y palabrería con la que Ramiro, de forma socarrona, trataba de relajar la atención del androide. De repente, sin decir siquiera agua va, se giró cilindro en mano y le dio una hostia que le arranco la cabeza.

– ¡Laminilla! –musito–, mientras el CNP-ONE chisporroteaba tirado en el suelo.

–Y ahora… ¿Cómo hacemos, tron? –se interpelaba vacilante; el factor sorpresa se había roto y, una vez más, todo se precipitaba cuesta abajo–. Pues… ¡Con dos cojones! –prorrumpió insuflándose valor, mientras ponía rumbo a la comitiva.

– ¡Eh! ¡Cabezas de bote! –increpo tirando de cacharra.

En un suspiro, los tres CNP-ONE y el Leonardo que acompañaban a la comitiva, yacían en el suelo reducidos a un aparatoso montón de chatarra.

– ¡Coooño! –alucinaba. El primer sorprendido era él–. ¡Y sin despeinarme! Esta escupidora es acojonante.

Los asesores y consejeros que constituían el séquito, aterrados no eran capaces de articular palabra. La chica, paralizada, no salía de su asombro. La plataforma entera se estremeció con el estruendo de los disparos. La actividad se interrumpió y, durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse. Un espeluznante silencio se adueñó del lugar, solo Aguirre era capaz de mantener la compostura. Ante tan indecorosa escena, el protegido, que siempre acompañaba a su mentor, miraba a derecha e izquierda con gravedad y un poco angustiado –es que nadie va a hacer nada–, parecía reclamar con la mirada. Finalmente, resignado, trago saliva y dio un tímido paso adelante.

– ¡Mala hora, pimpollo! –Entonó Ramiro enardecido, y le partió la nariz de un culatazo–. ¿Alguien más quiere hacerse el héroe…?

Súbitamente, comenzaron a sonar las alarmas. El molesto y desagradable silbido, acabo de inmediato con la quietud y la atmosfera gélida de la escena anterior. Ramiro fue derribado por un cañón de ondas sónicas que le dejo medio lerdo y un palmo de lengua y, en menos que canta un gallo, los ciborg se habían hecho con la situación. Como si tal cosa, la plataforma reinicio su maquinal movimiento.

El iracundo desafío, además de amedrentar y dejar pasmados a los presentes, derivó en sorprendentes resultados. Aguirre, conocido popularmente como “El implacable”, que en semejantes circunstancias no habría dejado títere con cabeza, en esta ocasión, insólitamente, prefirió dejarlo estar. Lo que de facto, equivalía a una autorización expresa para salvar el pellejo. Asimismo, instantes antes de ser abatido, Ramiro quiso ver una sutil complacencia en el rostro diáfano de la muchacha.

– ¡Maldita se a mi estampa! –fueron sus últimas palabras.

En esto continuaba su atolondrada cabeza, cuando volvía en sí en brazos de un Leonardo irreverente, que le cacheteaba intentando traerlo de regreso.

– ¡Esta bien, está bien…! ¡Ya basta, joder! ¡Ya!, ¡yaaaa! –el Leonardo le dejo caer de malas maneras y Ramiro se golpeó la cabeza contra el suelo–. ¡Puto pendejo de mierda! –refunfuño. 

– Desarmadlo, higienizadlo y, finalizada la cena, escoltadlo hasta mi despacho –decreto Aguirre con urgencia, luego se giró y continúo camino.

Tras la cena, Ramiro fue conducido ante el sátrapa tal y como este había ordenado. Había tenido la oportunidad de comer, hacía más de 48 horas que no probaba bocado; había sido fumigado y esterilizado y, como colofón, había sido embutido en un grotesco y apretado traje de color banana y butano, emblema y signo de la compañía.


Al entrar, una sala diáfana, fría, de compelidas aristas y relumbrante iluminación, sobrecogió a Ramiro que tuvo que entrecerrar los ojos para no ser deslumbrado. Sin embargo, tras el desconcierto inicial, con equilibrio y picardía pudo echar una rápida mirada al frente, espalda y ambos lados, haciendose una esmerada composición del lugar: Aguirre, ligeramente recostado sobre su asiento, ocupaba el lado principal y más alejado de una mesa ovalada de cristal de roca gigantesca. A su derecha, nariz vendada, ligero hematoma ocular y cara de pocos amigos, el favorito. Cinco de sus asesores les flanqueaban; tres por la derecha y dos por la izquierda. Todos ellos, acomodados sobre confortables sillones de microfibras de carbono, iban ataviados de impecable indumentaria inteligente “Digital Pullwear” color gris. El vestuario inteligente, de rabiosa actualidad entre lo más cult de la jet planetaria, equipaba sensores, GPS, microcámaras, micrófonos, y otros dispositivos, tan pequeños como poderosos, que suministraban información, a tiempo real, basada en el contexto físico y virtual del individuo que lo portaba: ¿se te olvido el nombre del último conocido? ¡No problem! Aparecerá acompañado de otros datos de interés sobre esa persona, en la pantalla habilitada para tal efecto en el cristal de tus gafas. Un poco más cerca en la distancia, y escorada un tanto al lado izquierdo de la habitación; ¡la Bella!, que engalanada con un largo y ajustado vestido de color blanco, emergía rutilante, posada apenas, sobre un dilatado sillón de tafetán rojo. Para finalizar, un robot domestico tipo Dynamics, hacía las veces de asistente atendiendo las necesidades de los invitados, y dos unidades CNP-ONE bloqueaban la entrada.

– ¡Disculpad Amigos…! Clin, clin, clin… ¡Silencio, por favor! –interrumpió Aguirre, golpeando su copa con una cucharilla de café–. ¡Ha llegado nuestro bravo invitado! Gracias, eso es todo, pueden retirarse –dijo, dirigiéndose a las unidades CNP-ONE que le acompañaban–. Pero… ¡Pase, hombre de Dios! Pase y tome asiento...  –Ramiro se acercó con prudencia– ¿Le apetecería tomar alguna cosa? 

– ¡Un Gin Tonic estaría bien, gracias! –apuntó mientras ocupaba un sillón vacío a este lado de la mesa.

– ¡Perfecto! Uno también para mí. –dijo Aguirre dirigiéndose al Dynamics, que se puso manos a la obra.

– Bueno, bueno, bueno…, amigo. ¡Amigo, usted es… la hostia! ¡Usted es dinamita! ¡Explosivo! ¡Fascinante! –explicaba Aguirre con exagerados aspavientos y grandes dosis de sarcasmo–. ¡Oiga, amigo! –más aplacado– Con horizontalidad y franqueza. ¿Qué clase de persona es usted?

– ¿Perdón? –la saliva hacía rato que no corría por la garganta de Ramiro.

– Si, bueno… ¡Quiero decir! ¿Qué tipo osado y sin cerebro, es capaz de acometer semejante temeridad?; sortear los controles de embarque de una nave estelar, evadir los obligatorios controles epidemiológicos de una migración interplanetaria, desafiar a mí escolta personal de forma tan…, tan…

– ¿Temeraria, señor? –apunto un adelantado asesor situado a su izquierda.

– ¡Temeraria!, esta es la palabra. ¡Gracias González! Eliminarla brutalmente, ante mis propias narices, y… lo más importante. ¡Lo más importante, mire usted! ¿Por qué?, ¿por qué…?

– ¡Con todos los respetos, señor Aguirre! Permítame decirle que su sistema de seguridad es un poco… distraído. –objetó Ramiro intentando salir del aprieto.

– ¿Quiere decir… malo?

–  Malo no, ¡lo siguiente!

–  ¡Vaya…! ¡Un humorista! ¿Y eso lo dice…?

– ¡Spoleta señor! Ramiro Spoleta, alguien que sabe de lo que habla. –atajó tirándose un farol.

– ¡Fantástico…! ¡Fantástico! –dijo el otro recostándose sobre su asiento–. Eso me gusta, un tipo con recursos. Me di cuenta nada más verlo. ¡Señores! ¿No era esto lo que estábamos buscando?

De sobra era conocida la querencia que Aguirre profesaba a las preguntas retoricas. Por supuesto, nadie contesto.

– ¡Me cae usted bien! Ni que decir tiene que, de otra manera, ya no estaría aquí –acompaño esta última frase con una sutil elevación de la ceja izquierda–. ¿Lo comprende, verdad?

– ¡Siii, papa! –balbuceo Ramiro, asintiendo para sus adentros.

Aguirre hizo entonces una pausa cuidadosamente estudiada; se incorporó, apoyo ambos codos sobre la mesa y agarro el Gin Tonic que el robot Dynamics acababa de traerle. Con ensayada indiferencia, comenzó a juguetear empujando los cubitos de hielo con el dedo índice de la mano derecha. Hasta que, en un determinado momento, levanto la cabeza, y su mirada honda y escrutadora, busco clavarse inmisericorde en la mirada limpia y desahogada de nuestro amigo. Permanecieron así durante unos instantes, tan intensos, que parecieron interminables. La inacción era aterradora, el trance habría puesto el bello como escarpias al más templado. Sin embargo, Ramiro supo aguantar con empaque. Pasados 20 o 30 segundos, el Capo debió pensar que era suficiente y desistió. Los presentes relajaron sus esfínteres, y Aguirre entonces, elevo el vaso en un contenido gesto…  – ¡A tu salud! –, debería haber dicho, pero no lo hizo. Se lo acerco a los labios y bebió un largo trago. 

–Señor Spoleta, ¡usted y yo deberíamos hablar en serio!

Continuara…

Ilustración encabezado: Shigueru Komatsuzaki
La Nebulosa - © Edy  



Frontline - OMD








viernes, 15 de febrero de 2013

El Hombre Analógico (1ª entrega)




¡Maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!… Space jumper one enviando llamada de Socorro; ¡maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!… ¿Alguien puede escucharme…? ¿Hay alguien ahí…? ¡Maydey!, ¡maydey!, ¡maydey!… Space jumper one…

Ramiro era un tipo corriente y correoso, algo hermético quizás, pero un auténtico superviviente. Operario montador de propulsores de ondas gravitacionales en la Aguirre Enterprise con más de diez años de experiencia, fue uno de los últimos afectados por el ERE que llevo a cabo la compañía cinco años atrás. Hoy, es un reconvertido estibador de fortuna; un descontado y anacrónico habitante más de la evolucionada New World City del S. II, año 102, después del gran cataclismo.

La mañana era una de esas mañanas húmedas, calurosas y grises, tan habituales en los últimos tiempos; la alta radiación infrarroja, producida por la práctica inexistencia de ozono en la atmósfera, el efecto invernadero y la creciente contaminación industrial, habían hecho de la tierra un lugar difícilmente habitable. Los humanos, antaño paradigma y esplendor de la evolución de las especies, eran hoy un extemporáneo vestigio biológico cada vez más diezmado e insignificante, en un universo despiadado y cruel, que no hacia concesiones. El cielo ya no era azul, ni transparente; el sol hacía años que no iluminaba la tierra, todo era bruma, una densa y soporífera niebla resplandeciente cubría el planeta. Como consecuencia, la cobertura vegetal estaba arruinada y las explotaciones agrícolas hidropónicas, habían sustituido a la agricultura tradicional. No era prudente exponerse de forma continuada al exterior. Es por esto, que las comunicaciones y la mayor parte de la vida se hacían “underground”: complejos industriales multi-factoriales, donde, cada día era más difícil encontrar una ocupación que los robots, ordenadores o autómatas, no estuvieran realizando ya; sórdidos y contaminantes vehículos y convoyes de transporte que se sucedían, sin solución de continuidad, en un infatigable movimiento pendular de ir y venir; paradas para transeúntes equipadas con elegantes y solícitos espacios lúdico-comerciales, capaces de recaudar hasta el último euro disponible que se atreviera a llegar a manos de la gente decente; también en casa, si se tenía la suerte de contar con una, o lo que era más frecuente: merodeando y rebuscando algo que llevarse a la boca, entre los residuos y los despojos que un mundo, exhausto y empobrecido, generaba profusamente.

Como todas las mañanas, Ramiro manejaba distraídamente su primitiva unidad eléctrica de desplazamiento personal, MTEO-POF camino de la plataforma de atraque de la Galáctica Express, cuando, de sopetón, como si de una aparición se tratase, tres androides tipo CNP-ONE capitaneados por una unidad directora Cyborg CSI-PO –humanos con implantes cibernéticos, más conocidos como “Leonardos”–, conduciendo a la más hermosa y delicada de las criaturas que Ramiro hubiera visto nunca, se le empotraron en el parabrisas. En un extraordinario alarde de habilidad y reflejos, Ramiro fue capaz de hacerse con el control del vehículo, minimizando los efectos de la colisión. Pero, así y todo, había sido imposible evitar aplastar la cabeza a una de las unidades CNP-ONE.

– ¡Mala hora, joder…! –Balbuceo Ramiro imaginando las consecuencias.

La unidad Cyborg, que estaba al mando del equipo, se acercó hasta él. Con una sola mano, lo agarró por el pecho y lo elevo como un metro sobre el suelo.

– ¿Qué crees que estás haciendo, descontado de mierda? –inquirió el Leonardo.

Y diciendo esto, le introdujo el dedo por el culo hasta el muñón. Ramiro gritaba, maldecía y pataleaba inútilmente, sentado a horcajadas sobre el apéndice del Leonardo, mientras se le caían dos lagrimones como dos puños. En realidad, el dolor físico era lo que menos le importaba. Su dignidad estaba siendo pisoteada… ¡El mismo aliento le dolía! Estaba siendo ultrajado y vilipendiado de forma humillante y arbitraria, por un pedazo de carne con escaso cerebro. Sin razonar, sin justificar, sin oportunidad de explicarse, ¿qué había pasado con los justos…? Y luego estaba ella.

Las unidades útiles CNP-ONE se pusieron en marcha. Su cometido no admitía demora. Apartaron a un lado de la calle a la unidad siniestrada y continuaron camino. Escoltaban a la chica hasta el acceso de pasajeros de la “Galactic Voyager” –conocida como “El Planeta Errante”–. la Galactic, era una gigantesca nave espacial tipo planetoide, completamente autónoma. Un transporte interestelar propiedad de la saga “Aguirre-Cacciatore”, a la sazón, parientes en grado lejano de la muy honrada y reverenciada Dorothea Kirchner, Varonesa y actual mandataria universal de la Organización de Planetas Unidos y Solventes (OPUS).

El Leonardo, que se había entretenido un par de minutos todavía, haciendo que Ramiro mordiera el polvo nuevamente, se encaminaba ahora hacia la plataforma de embarque siguiendo los pasos de sus gregarios.

Quebrantado, deshonrado y desesperadamente cabreado, Ramiro se dirigió de forma instintiva al receptáculo dispuesto bajo el asiento de su vehículo, allí guardaba una vieja Hudson Desert Eagle de 50 mm con cargador extraíble de siete cartuchos y algo de munición –una antigualla que había recibido como pago de un trabajo que no pudo cobrar, que guardaba ajustada y perfectamente engrasada–. Una pistola semiautomática de grueso calibre capaz de perforar una placa de acero de 12 mm, diseñada por Magnum y fabricada en Israel. Monto el arma y sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia el Leonardo que marchaba rezagado.

– ¡Eh, capullo…! –El ciborg, se giró con saboreada arrogancia, no podía imaginar que Ramiro, sin mediar palabra alguna, le metiera dos tiros en el pecho que le dejaran seco en el acto.

– ¡Perro de mierda!  –imprecó Ramiro, y escupió sobre el cadáver.

Echo un vistazo en derredor y comprobó que no había nadie. Afortunadamente, nadie había advertido nada, –pensó–. Y sin saber muy bien por qué, resolvió seguir a los androides y a la chica hasta el interior de la nave.

No fue difícil eludir los controles de acceso de la nave interestelar, los CNP-ONE no destacaban por su sagacidad y eficiencia precisamente. Eso sí, una vez dentro, resultaba complicado saber qué hacer y dónde dirigirse. Decidido, pensó adentrarse en la bodega de carga; era uno de los lugares más desguarnecidos y seguros para refugiarse. Según iba avanzando, entre la negrura, le pareció reconocer una familiar forma que emergía de entre las sombras. Se acercó con cautela y, efectivamente. Aislada y un tanto descuidada, una veterana nave de avituallamiento tipo Serenity, reposaba sobre un dique de carena parcialmente desmantelada. Salto al interior y busco acomodo sobre uno de los asientos de la cabina.

– ¡Joooder! –dijo mientras se sentaba notablemente excitado, empezaba a tomar conciencia de lo ocurrido–. ¡Sosiégate, sosiegate...! Necesitas procesar lo que ha pasado.

Todo había transcurrido de forma tan absurda y vertiginosa que, como en otras ocasiones, se le había mudado el carácter y sin tiento ya para medir y calcular, el arrojo y la testosterona habían dispuesto sobre la lógica. Una cosa había llevado a la otra, y… el hecho es que era un "Crack" para complicarse la vida.

– ¿Por qué siempre, tienen que pasarme a mí estas cosas? ¡Mierda…!  ¡Joder! –dijo golpeando reiteradamente con el puño sobre el brazo del asiento.

Entonces trato de serenarse; respiro profundamente hasta en tres o cuatro ocasiones, descanso la cabeza sobre el respaldo del sillón, y sus mandíbulas se aflojaron. Cerró los ojos lentamente y sucumbió a un placentero silencio. Transcurridos unos minutos... abrió los ojos de nuevo y sentencio:

– ¡A la mierda! –en una urgente decisión que despachaba de una tacada, toda su desafortunada existencia–. ¡A cantar igual no aprendo, pero no voy a dejar de cantar por eso, joder! 

Continuara...

La Nebulosa - © Edy
Ilustraciones: Ian McQue y Frank Quitely



Acompañamos con: Space Oddity - David Bowie, 1969




Contra plano azul - El hombre sin mirada


Contra plano azul.

Se me hacía  tarde y llovía, llovía aquel martes. Desesperada, luchaba para avanzar entre la niebla que el viento movía a su antojo. Sesgada la lluvia, garreaba en mi contra, convirtiendo en una indómita fierecilla aquel puñetero paraguas azul imposible de gobernar. Mis ojos entornados, trataban de orientarse entre la nada, castigados por la intermitente luz amarillenta de un cartel que reflejada, sobre el brillante suelo mojado de la calle, ¡schweppes¡, ¡schweppes¡, camino del Lennon,

Lo vi nada más entrar, estaba junto a la ventana baboseando a aquella chiquilla morena, Luis  me saludo desde la barra y sonaba aquella manida canción. 

- ¿Por qué hemos quedado en este sitio Luis? Te dije que no me gusta, aquí no hay término medio o viejos o niños, la música es antigua y huele mal -saludé a Román-, zumo de piña, solo eso, gracias Román.

Tenía el pelo mojado, las medias empapadas y deshecha la pintura de la cara. ¡A la mierda las dos horas en casa arreglándome!, y además estaba histérica. A todos los hombres les gustan las mismas gilipolleces; garitos lúgubres, música espesa y venga hablar del ayer. 

Me lo tropecé cuando fui al baño para componerme un poco, ni siquiera se dio cuenta, iba como perdido, desencajado, tuve que apartarme para no ser atropellada. 

     ¡Caramba¡… una se pasa la adolescencia detrás del culo de un chico y la juventud pegada como una lapa a él, sin conseguir jamás la atención que necesitas, pero cuando por fin decides machar, resulta que no sabe vivir sin ti… “¿de qué nos sirve haber logrado nuestros deseos, si no alcanzamos placer ni reposo?” ¡Uff¡, la sangre me hervía. ¿Por qué quiso quedar allí el condenado Luis? y, ¿por qué yo acepté?. Soy un caso, trato de poner tierra de por medio, de dar fin a todo e iniciar un camino nuevo, pero vuelvo siempre al mismo lugar, ¿es así como somos?, ...damos vueltas en torno a nosotros mismos, siempre el mismo círculo, como seres endémicos... Yo quisiera una vida nueva en la que no representara una lacra mi vida anterior, un renacer, otra oportunidad; pero es tan difícil todo… ¡demonios¡ …solo hay un vivir y en evaluación continua, no podemos volver a empezar, debemos seguir: Y tal vez sea mejor así, solo un camino, un nuevo paso es posible gracias a todos los anteriores. 

Nos fuimos. Sin saber a dónde, no me encontraba a gusto allí, mire y vi como se tambaleaba camino de la barra, también vi que por fin me vio, cruzamos la puerta y abrí el paraguas bajo la lluvia. Hacía una noche de perros entre la que comenzamos a andar calle adelante alejándonos del Lennon. ¡Schweppes¡, ¡schweppes¡, ¡schweppes¡, …amarillo como el azufre.“Las Brujas me salieron al encuentro… su ciencia es superior a la de los mortales, quise preguntarles más, pero se deshicieron en la niebla”…  Supe entonces que me observaba desde la ventana, mantuve el paso firme, no miré atrás, me partía el corazón que se lo pudiera partir a él, sonreí y agarre el brazo de Luis. 

(c) f. buendía


Acompañamos con:  Love's away (El amor esta lejos) Ben webster







martes, 5 de febrero de 2013

El paraguas azul - El hombre sin mirada


El paraguas azul.

     Como un inglés reivindicándose a si mismo andaba yo aquella tarde. Desganao  y harto de revolotear por  casa,  baje a tomar café. Gin tonic, un dedo de Gin, después del café y dispare los malditos dardos sobre el tablero de colores trapezoidales; ¡En mi vida había yo jugado al jodido juego y heme aquí!,  me volví a la barra y le dije a Román: uno más,  llena uno más, cortito de Gin, ya sabes Román y ponla otra vez, pon otra vez Rock ´n` Roll Suicide. Me senté junto a la ventana empañada, la restregué y observe el exterior del Lennon vacio aquel martes.

     “¡Oh no amor! no estás solo,
     no importa qué o quién hayas sido,
     no importa cuando o donde has sido visto,
     todos los cuchillos parecen lacerar tu cerebro….”


     Llovía a mares ¡joder! y estaba oscureciendo, la calle gris se percibía distorsionada, irisada en amarillo por  el reflejo  de la intermitente  luz de  un cartel, ¡schweppes¡, ¡schweppes¡...  sobresaltado, me volví porque alguien a mi espalda  inquiría ¿tiene usted fuego?,  ¡¿perdón?¡,  una jovencísima chica morena me miraba muy cerca sujetando un cigarrillo entre los dedos  que apoyaba sobre sus labios apretados, a la vez que  repetía entre dientes ¿Qué si tiene usted fuego?, rasgue rápido una cerilla y se la ofrecí , gracias me dijo; no pude respirar, tenía los ojos perdidos en el culo de la morocha irreverente que ahora se alejaba, hasta que las yemas de mis dedos me hicieron respingar castigadas por la llama del fósforo que había llegado a su fin. ¡¿tiene?!…. ¡¿usted?!…. ¡pero!, ¡¿Qué pasa?!, corrí al retrete para mirarme en el espejo, ¿me ve viejo?, ¿no soy de ellos?, ¿soy un intruso en mi propio garito de to la vida?. Me dieron ganas de quitarme la ropa y salir a gritar bajo la tempestad: ¿Hay alguien que me reconozca?,  ¿soy yo este?, ¿acaso no soy yo el que anda?, ¿quién os habla?, ¿tenéis abiertos los ojos?, ¿alguien puede decirme quién soy?.... En cambio me giré hacia la barra, dame ese bourbon que por siete veces me he negado esta tarde, un Four Roses, grande, Román.

     A aquel local, que ya se me hacía extraño, lleno hasta las trancas, no acudió nadie esa tarde, ni Agu, ni Leo, ni Diego… nadie y a nadie conocía de los que estaban allí, entendí entonces que las tardes de los viernes en las que nos reuníamos tradicionalmente todos en aquel sitio, nuestra segunda casa, tan solo eran nuestras tardes de los viernes, nada más, el Lennon acogía a más moradores y Román el anfitrión, nuestro barman particular, cómplice, sonreía a otros también. ¿Todo bien? Me pregunto aquel tránsfuga cuando tropecé camino de la barra para pedir más hielos; Si, todo controlao, respondí;  y en este giro, que mis ojos, acompasando el movimiento de mi cabeza, necesitaron producir para recomponer el equilibrio, note un gesto familiar entre el tumulto que poco a poco desalojaba el bar, aquellos hombros que cruzaban la puerta colocándose el abrigo, esa decidida forma de andar que no he olvidado, el gesto de su cuello ladeando ligeramente la cabeza…  corrí a la ventana para mirar…   si, era Julia esa turbia figura  que bajo un paraguas azul, iba del brazo de otro que no era yo.  
   
     ¡Oh no amor! No estás solo. 
     Te juzgas a ti mismo, pero eres tan injusto...

(c) f. buendía


Para acompañar: David Bowie - Rock ´n` Roll Suicide