jueves, 15 de enero de 2015

Una tarde en nunca jamás.



Al estilo de un corredor la terraza multiusos: en ocasiones miradero otras cafetería ora cenador;  se extendía a lo largo de toda la fachada este del edificio. Artificializado el entorno en plena naturaleza lo ennoblecieron a base de maderos, forja, y piedra tratada;  los trofeos de caza, las antiguas alfombras; daban un falso aspecto de residencia de campo señorial a la estancia mantenida  al margen del tiempo, diría también que del lugar; pero con un sosegado resultado final acogedor.   

La disposición de las mesas nos hacía  mirar inevitablemente al jardín verde no de allí, especies no autóctonas,  piscina, césped, duchas, salvavidas y al  fondo la sierra originaria;  los gamos acostumbrados acudían para comer cuscurros de pan que el mozo de cocina les arrojaba desde la ventana; fresca como ajoblanco, la conversación… Quisimos robar la tarde aquella al tiempo y a lo que la vida nos negó, nada habría ocurrido de no haber estado, nadie nos hubiera notado ausentes allí…furtivos en nunca jamás.  Pero los gamos y las hamacas saben;  el robot limpiafondos de la piscina y el cromatismo de las advenedizas plantas, el absurdo postre nupcial que nos ofrecieron… son cómplices nuestros… sucedió.

-  Tienes la misma mirada, una poco más triste quizá y tu ojo derecho tiende a cerrarse  solo -  la miré sonriendo. El camarero recogió el servicio - ¿Número de habitación? -  Pregunto.

 © f. buendía.





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