miércoles, 7 de octubre de 2015

E ti vengo a cercare



MIS OJOS NO VIERON PORQUE AÚN NO HABÍAN NACIDO,
La blancura de la plaza y las flores rojas del miedo,
Que giraban en remolinos de avispas
Bailando danzas hipnóticas, tribales,
Al son del zumbido de sus alas de seda
Tocando música de réquiem
En un círculo de arena, 
Que no daba la hora, porque no está en un reloj.
Tubos de órgano corrían como pífanos, como pitos 
En manos de duendes que casi no habían nacido.
Uno de los más pequeños, le dio con una sonrisa
Un  tubo al uniforme con bigote,
Éste sonrió con su diente de oro
Y con fuerte golpe abrió en rosas 
su cabeza de rizos transparentes.
La mano se volvió sarmiento seco
Y su grito partió una rama del olivo grande
Que no se descerrajó con el rayo de la última tormenta.
Entre la menta y las jaras fragantes
Llevamos nuestro ángel a su morada de tiza.
Y la vela era la luna coronada de mirto. 
Y no vinieron los corazones enamorados
Porque entre las madreselvas se habían vuelto airados.
Y dejaron su carga preciosa 
donde se guardan los silencios y las oraciones,
allí, con sus sueños y sus mariposas blancas,
rodeado de signos de interrogación
y cenizas y flores de verano,
En la urna bendecida de lágrimas y besos
Con mucho amor y rosas rojas.
Luego no se preguntó nada,
Fue acabándose el dolor de huesos.
Los pasos se restablecieron sobre la hierbabuena
Y los cuerpos se vistieron
Y los relojes funcionaron
Y las flores de sangre roja
Como un símbolo fugaz, poco a poco,
Fueron borradas por las lluvias de la tarde triste
Que lloraban el perforado dolor
De los corazones desmayados.
Y yo no lo vi, porque aún no había nacido,
Aunque tal vez supe que sería así,
En el limbo de los pobres sin nacer.

PRIMERA VUELTA DE LUNA. Pero no fue el fin del anillo.
Aves blancas, de camisas blancas y cuello rojo,
Encontraron el bigote y el diente de oro.
Era tarde oscura de tormenta,
El cielo llameaba con sus relámpagos secos
Mientras las lagartijas se tapaban los ojos con sus patitas verdes
Y los camaleones, grises colores deslizaban por su piel.
Del brazo seco, tormentoso, fue agarrado.
Cayeron los velos de la tarde y de la noche uno tras otro.
Ojos que habían llorado cenizas, 
que habían enterrado aterradoramente la inocencia,
todas las estatuas, todos los anillos y los gatos
y el polvo danzante, y las culebras 
lloraban por los rincones,
y sus llantos iluminaban los velos
y las naranjas se masticaban solas
y los limones se encendían como candiles.
Del brazo sujeto, la boca abierta,
El brillante oro fue arrancado en un grito
Que nadie oyó en la tarde tormentosa.
Uno venenoso de cobre batido por las gitanas del Alcázar,
Le fue clavado en su lugar
Y la alegría de Dios fue grande, 
Y grande la lluvia que cayó después,
Borrando todas las sangres
Y lavando todas las manos para ser blancas,
Para ser nieve para ser puras
En la tormenta farragosa con olores de tierra, laurel y agua.
Los muertos están enterrados. Las cenizas aventadas.
El veneno inyectado trabajando.

SEGUNDA RONDA. Segunda luna.
Todo está en su lugar.
El dolor en los corazones doloridos, 
la ponzoña en el cuerpo, casi muerto, empozoñado,
la inocencia en las cajas y en los alfileres blancos.
Los muertos no están abandonados
Y crecen sus huesos en las flores de los campos
Y cantan enterrados,
Mientras las lluvias caen y los soles pasan.
Nadie vio nada, nadie escuchó nada, nadie supo
O nadie quiso ver, ni escuchar, ni saber.
Tiempo de silencio en las esquinas
Revueltas de pedazos de noche
Y crespones ardientes de músicas tristes.
Los abrazos se fundieron agonizando
Mientras el incienso cubría los velos,
Los lutos, los candiles de aceite derramándose
Por las astillas de los corazones leñosos
En la tarde aún sin florecer.
Las hogueras ardieron de amanecer a amanecer,
Antes o después de los balcones rotos.
Porque luego hubo más muerte de ojos espantados,
De caballos enjaezados con cintas y plata.

TERCERA LUNA. Venganza y sangre. 
Las tapias del cementerio caían a pedazos
Asaltadas por flores negras y rojas
Y los gusanos huían con los ojos cerrados.
Volcaban su carga las langostas traqueteantes,
Voraces, insaciables con sus pechos azules.
Y lloraban los muertos levantados
Y los huesos y las cenizas y las lechuzas impasibles,
La luna de flores marchitas, 
olvidado el mirto, también lloraba.
Y bailaba la muerte con los muertos 
En macabro espectáculo esperpéntico
Y la sangre en gotas a chorro,  a borbotones
por la cruz de la entrada corría
agarrándose también en un baile
de incestos y manzanas rojas.
¡Qué largo aquel verano y aquel otoño!,
Con las manos rojas, pegajosas de venganza.
Conducían los hombres, las mujeres, los chicos, las chicas,
Pastores con incensario y guadaña de filo de plata,
Para segar, para saciar la roja herida de la venganza podrida,
Cruzándose con los muertos
Y condenándose como demonios que solo piden sangre,
Que solo quieren sangre, sangre…
Mientras las mariposas cubren las heridas infringidas
Y vuelven sus alas blancas en alas rojas de martirio e inocencia.
Treinta monedas pagaron a Judas por la vida de Jesús.
¿Cuántas monedas por la vida de un hermano, 
de un hijo de una madre?.
No verán su cara en el espejo, 
verán serpientes y escorpiones,
más piadosos que sus manos y sus ojos.
No hay urnas para todos ni ataúdes.
Todos juntos, promiscuamente revueltos
En la misma  fosa.
Las ratas dan la espalda y se van despavoridas,
Las luciérnagas y los grillos desde lejos
Lloran e iluminan los lechos vacíos,
Los vasos vacíos, los abrigos vacíos.
Paisajes sin líneas, sin colores, sin sonidos,
De alma seca y brisa oscura. 
Las manzanas son rojas por dentro.

ÚLTIMA LUNA. El cansancio y el miedo.
Las escaleras están húmedas de ruedas, 
de cocodrilos de fauces abiertas 
y dientes como martillos de plomo.
Los muertos se quejan en aullido interminable, 
Los perros acuden a su llamada
Y aúllan desde los tejados de las casas en ruinas.
Venas abiertas vertiendo como fuentes,
Estrellas apagadas y besos amarillos
Dados sin boca ni lengua lacerada. 
Ha caído el cielo azotado por la rabia
De las calaveras del sueño que ya no sueña.
Nadie duerme, nadie deja ver su dentadura.
Los pájaros tiritan y no pueden volar,
Abandonado todo en el mundo, 
ahogado en la sangre derramada,
abusada de locura, de desquite, de odio,
de dientes y de uñas que sujetan cálices blasfemos.
Veneno bajo la luna, musgo bajo la luna, 
Llagas encendidas, ardientes, incurables
En los corazones ordeñados de sentimientos.
Años de venganza, años de rencores.
No hay reconciliación posible de cuerpos blancos,
Cadáveres blancos, lavados, entregados en sueños,
En pesadillas de eterna eternidad.
Pasarán las nubes, las tormentas y los juicios
Con el sol apagado de sombras y lágrimas.
Nadie pagará nada, solo engendrará rencores.
Naves de velas triangulares que envolverán
Los gritos y las cuchillas herrumbrosas
Para enterrarlas en lo alto de las torres, 
en los uniformes de hombros desnudos, 
en laberintos imposibles perdidos sin destino.
Los relojes vuelven a dar la hora, más despacio,
Faltan muchos, seguirán faltando más,
Pero el cristal ha sustituido al ojo y la piedra al corazón.
Y el roble, y el olivo y las abejas han maldecido
A los asesinos dementes portadores del mal y la venganza.
Han sido malditos. Sus lechos estarán vacíos,
Aunque alguien acompañe sus pechos secos,
Su barba se poblará de pulgón.
Estáis malditos.
Os maldice la vida y la muerte, harta de la carncería,
Os maldice la tierra, las raíces, la leche, el pan
La vida de puntillas os maldice.
Malditos todos. No a lugar a la reconciliación.

RECUENTO DE CADÁVERES. “Miserere nobis”.
Piedad por los ríos de piedras rojas y aguas rojas,
Por el bautismo rojo que bautiza el sol.
Todo es una consumación que brota del infierno,
Que arde con el infierno en ascuas.
Todo es causa de dolor, de sangre , de venganza.
Ahíto está el monstruo de su matanza y duerme complacido.
Cientos de días de mieses dobladas, arrasadas, abandonadas
En la vorágine de los vuelos de las guadañas,
De las cuerdas, las balas traicioneras, el tiro en la nuca.
Y ciegos no veían los ángeles llorar y cubrirse con sus alas 
para no ver la barbarie de la vida masacrada.
Muerte, muerte, muerte,
Terror, terror, terror.
Se retiran los esqueletos sin lágrimas ni abrigos
A sus moradas blasfemadas.
Los grillos de patitas verdes montan la guardia.
MISERERE NOBIS por miles de hijos que ya no son,
Por los ruiseñores encadenados,
Por la tarde y la tapia rojas sin crepúsculo,
Por las lunas de mármol blanco que temblaban,
Por las lágrimas calientes  y los dientes blancos
Como colmillos de elefantes arrodillados.
Trenes de sueños vencidos llorando por las chimeneas,
Flotar de lonas en los mares benévolos
Que sueñan sueños puros de liberación.
Puentes que cruzar, muertos que dejar, amigos, 
familias que abandonar, marcas en los cuerpos desnudos,
escolta de pájaros de ojos tristes y lenguas vencidas.
Suena todo como un río, borbotea como un río de silencios
Y bocas silenciosas bajo el agua.
La agonía llamando a lomos de un caballito de mar
que detiene la muerte y ofrece un lirio y una camelia
de la selva de sangre, del campo de las cruces.
Del Monte Gólgota salgo con un sol de gasolina
Y las ruedas de un carro de madera florecida.

MISERERE NOBIS por el último sentimiento de humanidad,
Por la incertidumbre del camino abierto,
De máquinas, de misterios, de recuerdos,
De puertos verdes, de miradas sin fiebre,
De pájaros que tienen lengua y cantan.
Pobres de nosotros condenados a ser  tortugas,
A danzar en los desvanes,
A coronarnos de laurel para sentir la luna,
A dormir sangrando sueños y cálices,
A esperar un ángel con una vela que nos vele.
El exilio.
El desconocido.
Abren sus manos de nieblas, de sarmientos y racimos
Para acogernos, para abrazarnos, para tragarnos,
Para asimilarnos como una madre de cuero,
Como una yegua de lengua triste que anda sin espuelas
Y lleva corona de mariposas y de crisantemos.
Exilio de espigas marchitas, de olvidos y recuerdos. Refugio.

MISERERE NOBIS.
Tiempo de alas negras y ropas grises.
Los que no tomaron los trenes, las velas, las carretas,
Aquellos que no habían sido voz, canción, bandera,
Pensaron estar a salvo. Miles y miles de desilusiones y pozos.
Todos se acostumbraron al silencio, al silencio siempre,
Fueron domesticados, amaestrados,
Fueron cajas de cartón, con lengua de cartón,
Con manos de cartón, como bueyes callados,
Como bestias de carga mudas.
Quebrados sus principios como huesos,
Quebrados en silencio.
Nadie habla, nadie dice, solo se obedece.
Alpargatas de cáñamo rotas,
Establos como dormitorios, como establo de Belén.
Obediencia de orejas sordas, 
de lenguas atrofiadas sin palabras,
de ojos marchitos que solo ven en blanco y negro.
Camas estrechas donde solo cabe un lirio,
En la silla de enea el libro muerto.
Tiempos duros como una tapia, una pared,
Como una cigüeña que quiere volver a su nido
Y entre las ruinas se enterró y ya no está.
La manta de silencio nos cubre,
Nos agobia, nos ahoga…, pero nos acostumbramos.
Agachamos las cabezas, guardamos los secretos.
La hierba creció y las flores y la parra y murieron,
Vertiendo su sangre incontenible,
Que ni la copa, ni el cáliz, ni la fuente
Pueden contener y se derraman en arroyos ingobernables
Hasta el dique de pata, hasta el sable asesino,
Hasta las cajas de cartón.
Y así vino un pueblo que había sido grande
A ser ahora desangrado esclavo.
Y vino el hambre, el hambre de años. 
De ubres secas, de campos yermos, de granos deshabitados.
Los niños lloraban, los pájaros caían de sus nidos.
Frutas de hojalata. Legumbres de tiza, de talco, de arcilla.
Cueros viejos. Laberinto de cenizas.
Hambre.
Los cielos y la tierra se secaron,
Con ellos la vida de miles de personas que como espectros,
Recorrían las calles llamando a la puerta de las casas.
Castigo para todos, sufrimiento del pobre.
El reloj concluyó los años y miles de muertos
Sobre miles de muertos.
¡Como llora el  cielo al ver las pilas de cadáveres!
Como tocan las campanas de bronce
Y las trompetas de los ángeles
y las cigüeñas crujen sus picos
y como ofrecen los olivos y laureles sus ramas
para fabricar coronas para los niños muertos.
Los perros tristes lamen las manos
Y queman con su lengua famélica.
Y llega la nieve y las hormigas se esconden
Y el caballo del hambre se aleja enseñando los dientes,
Los dientes amarillos, los dientes rojos.
Todo será cubierto por un paño negro de tierra.
Y no habrá lugar para la reconciliación.

VUELTA DE NIEBLA en horizontes desconocidos.
La esfera gira con el alba de otra tierra.
No mata la nostalgia la copa de coñac y el carajillo,
Las mesas de la baraja y el café de puchero.
Pasillos donde se quiebran las cinturas.
Las noches blancas con otras estrellas 
Dormidas en las camas y las almohadas,
La danza que danza errante,
La cerámica antigua fabricada con arcilla nueva,
Amanecidas de escacha y de gacelas blancas, 
búhos contando el tiempo en los almanaques.
Todos los muchachos son espías
Y todas las palomas son palomas mensajeras,
Más cruzar el océano y sus olas y sus espumas no pueden,
Y todas las noches crecen las espigas y el llanto.
En otras tierras, en otros horizontes aún desconocidos,
Lejos del sueño, se casarán los hijos y las hijas.
No habrán conocido los olores, ni la casa,
Ni la serranía y la clara luz de nuestro cielo,
Ni los arroyos de ranas espumantes
Que cantan con voces claras y ojos saltones,
Ni el color de las higueras y viñedos en verano de luces,
Ni los caballos sin espuelas,
Ni los toros que duermen en un sudario.
Lejos solo se espera, solo sabemos esperar.
Pero las tardes son lentas,
Los soles claros de recorrido despacioso,
Y todo reposa en la niebla del río
Cubierta de pañuelos y de adioses.
Queda llorar nombrando la tierra 
de carbones incendiada, de palomas brillantes 
llamando a los muertos por sus nombres,
en un correr de almendras amargas
y de lobos perseguidos por flechas encendidas,
envenenadas de luces equivocadas,
de nieves que gritan de frío.
El sueño por la noche de sueños
Recorre caminos presurosos de hojas de papel,
De cartas desenviadas manchadas de sal,
De procesiones de orugas tristes 
Que buscan un árbol deshabitado.
Cantan baladas gatos de ojos redondos
Mirando la luna que corona las terrazas.
Las semillas de los astros caen como agujas
Bordando los viejos nombres en las viejas tumbas 
Con sus viejos esqueletos y sus viejas historias y escrituras.

¿Y AHORA?
Después de la espera y los melocotones,
Después de las lluvias y las luciérnagas,
Después de tanto echar de menos.
¿QUÉ AHORA?
Consumatum est. Tempus return.
TODO SE HA CUMLIDO. ES HORA DE VOLVER. 
(tiempo de regreso)

 © Tobas.



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