domingo, 31 de marzo de 2013

El Puente de Piedra



Mirando este río: pausado, turbio y sediento, paso todas mis tardes. Aquí, me siento a su orilla y espero el frescor dándole un instante a mis asuntos, esos que están anclados al pensamiento cuando éste es profundo y que tan solo en la soledad -y con la mirada malgastada en el horizonte- se dignan asomarse a la sala de máquinas de los sesos.

Pasan ramas y malas hierbas, enredadas, flotando. Van sin prisas, arremolinándose en lo turbio. Como pasan los días, también enredados, y como pasan por lo turbio las noches en ausencia de sueño. Me asomo para mirar aguas arriba, para ver si consigo atinarle con la vista al puente de piedra. Y no lo consigo. Por eso que me acerco apartando tarayes, cañas y aneas.

Son las horas vanas -las que esperan el anochecer entre dos luces en los días del estío- las que pierdo observando cómo bajan las aguas y qué tan turbias corren, y al puente de piedra. Allí, disimulado, clandestino y pudoroso. Entre la alameda y apartado de otras miradas por los carrizos, en dónde me inclino como soldado de infantería y quedo al acecho; cada tarde, todas las tardes, en espera de que alguien lo cruce con las alforjas llenas de cosas nuevas.

La Nebulosa - Leandro Bastón.


                             Acompañamos con: "My follish heart"- Bill Evans


2 comentarios:

  1. No sé porque me evoca la prosa poética de Platero y yo, es decir, no tiene nada que ver, pero El puente de Piedra es grande en un estilo que me resulta evocar al de Juan Ramón, muy bueno este relato.
    “El sol le da al niño en la cabeza; pero él, absorto en el agua, no lo siente. Echado en el suelo, tiene la mano bajo el chorro vivo, y el agua le pone en la palma un tembloroso palacio de frescura y de gracia que sus ojos negros contemplan arrobados. Habla solo, sorbe su nariz, se rasca aquí y allá entre sus harapos con la otra mano. El palacio, igual siempre y renovado a cada instante, vacila a veces. Y el niño se recoge entonces, se aprieta, se sume en sí, para que ni ese latido de la sangre que cambia, con un cristal movido solo, la imagen tan sensible de un calidoscopio, le robe al agua la sorprendida forma primera”
    Platero y yo - Juan Ramón Jiménez

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  2. Precioso relato y, sin duda recuerda a los grandes:

    Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba el de la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el césped traza el constante pisar de hombres y brutos, y subía sin cansancio por un cerro, en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guinderos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de España).
    (Perdido - Benito Pérez Galdós)

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